Chantal Mouffe y el populismo de izquierda como alternativa en Europa

En el marco de la Universidad de Podemos realizada entre los días 22 al 25 de octubre del presente año en la Universidad Complutense de Madrid, la reconocida profesora Chantal Mouffe expuso su visión sobre el populismo como alternativa en Europa. Estas notas se redactaron a partir de dicha exposición.

Para Chantal Mouffe el populismo es una forma de construcción de una frontera política a partir de un “ellos” y “nosotros”: los de arriba y los de abajo. No es una ideología y sería compatible con distintas fórmulas institucionales.

¿Qué significa una hipótesis populista hoy en Europa? Maquiavelo dice que para un análisis político hay que partir de la verita effettuale della cosa: hay que partir del estado de verdad de la cosa. Para Althusser, esta frase significaría que debe pensarse desde la coyuntura y para Maquiavelo la coyuntura era la constitución de una Italia como Estado-Nación. En este sentido, Chantal Mouffe considera que se debe analizar la coyuntura actual en Europa, la cual podría denominarse como un estado de postdemocracia. Ante dicha coyuntura, las preguntas serían cómo restablecer la democracia y cómo recuperar la soberanía popular. En tanto que su análisis de coyuntura es sobre Europa, reconoce que su hipótesis no aplicaría de igual forma a América Latina.

Para entender el concepto de postdemocracia, primero debe entenderse el concepto de democracia. Más allá de su significado etimológico del gobierno del demos o pueblo, la democracia siempre existe en circunstancias específicas. En Europa cuando se dice democracia se está hablando de la democracia occidental, que es un modelo originado a partir de la articulación de la tradición del liberalismo político (separación de poderes, libertades individuales, derechos del hombre y el ciudadano y pluralismo) y de la tradición democrática (igualdad ante la ley y soberanía popular).

En el libro titulado “La Democracia Liberal y su época”, el profesor canadiense de Ciencias Políticas C.B. Macpherson, relata la construcción de la democracia occidental a lo largo de la historia. Su origen sería contingente y se enmarca dentro de las luchas de liberales y demócratas en contra del absolutismo.

La alianza entre liberalismo y democracia no sería “natural”. Por ejemplo, Carl Schmitt sostiene que la democracia liberal (representativa, constitucional, moderna, pluralista, etc.) es un régimen inviable por que la democracia niega al liberalismo y el liberalismo niega la democracia. Inevitablemente esta situación termina en crisis. Por el contrario, Jürgen Habermas dice que hay cooriginalidad entre democracia y liberalismo, por lo cual no serían contradictorios.

Para Chantal Mouffe, en cambio, no existiría una perfecta igualdad entre liberalismo (asociado al principio de libertad) y democracia (asociado al principio de igualdad). Siempre habría una tensión entre estos dos principios, lo cual permitiría el pluralismo. Esta tensión sería agonista: no hay posibilidad de reconciliación, pero sí habría una negociación hegemónica (en la cual uno de los principios predominaría), lo cual hace posible que ninguno de los principios aniquile al otro. Bajo estos supuestos, la democracia sería la apertura o posibilidad de tener una lucha entre estos dos principios: igualdad y libertad.

La situación postdemocrática significa que esa tensión entre igualdad y libertad ha desaparecido. Con el neoliberalismo la parte democrática ha desaparecido o está muy subordinada. En general, cuando se piensa en democracia se asocia a la idea de derechos humanos y no se asocia a soberanía popular, lo cual es un error académico. El neoliberalismo ha producido una dominación prácticamente total de la lógica liberal, tanto a nivel político como económico.

A nivel político estaríamos ante la postpolítica, denominada también “tercera vía” cuya manifestación teórica la encontramos en Anthony Giddens (destacando su libro Más allá de la izquierda y la derecha) y su manifestación política en los gobiernos de Tony Blair en Reino Unido y Bill Clinton en Estados Unidos. Para la tercera vía no habría izquierda ni derecha en conflicto. Los partidos otrora de izquierda pasarían a denominarse de “centro-izquierda” (vaya invento) y no tendrían ninguna diferencia con los partidos tradicionales de derecha. No existiría una alternativa a la hegemonía liberal y ya no se trataría de cambiar al neoliberalismo sino simplemente se reduciría la política a una cuestión de administración (management). Todo lo relacionado con soberanía popular se ha difuminado y los electores no tendrían capacidad de decisión. Esta situación se plasma muy bien en un lema de los indignados: “tenemos voto pero no tenemos voz”.

A nivel económico estaríamos ante la posteconomía, que ha significado un desarrollo exponencial de la desigualdad (lo cual comprobó Tomás Pikkety). A diferencia del contexto económico cuando gobernaba la socialdemocracia, actualmente existe una enorme separación entre los súper-ricos y las clases populares, entre las cuales se incluiría a las capas medias precarizadas. Esto ha significado una oligarquización de la economía. El principio de igualdad sería abandonado, dando paso al mero consumo y una supuesta capacidad de escoger.

Ante este escenario de postdemocracia, de postpolítica y de posteconomía, se necesitaría en Europa un movimiento político populista para restablecer la tensión entre igualdad y libertad. Las ideas de soberanía popular e igualdad deberían estar al centro del discurso. Hay que construir un demos, un pueblo: esto sería denominado el momento populista.

El pueblo concebido como categoría política no existe, sólo existiría población (que corresponde a una categoría sociológica). Hay varias maneras de construir el pueblo: lo que está en juego es la construcción de un nosotros, para lo cual es necesario construir un ellos.

En el libro Hegemonía y Estrategia Socialista escrito por Chantal Mouffe y Ernesto Laclau, hablan de establecer una cadena de equivalencia. Esto significa que el pueblo debe constituirse a partir de una serie de luchas democráticas, que no necesariamente convergen (incluso puedan estar en tensión), pero que se debe encontrar el mecanismo para federarlas y construir pueblo.

Pero esa no es la única manera de construir un nosotros. En Europa existen varios países que están adelantados al momento populista y han logrado construir un pueblo (o están en vías de hacerlo). Un ejemplo de esto es el Frente Nacional encabezado por Marine Le Penn en Francia cuyo lema es “en nombre del pueblo”. Están construyendo pueblo, es una construcción populista, pero de derecha. Es un pueblo que no incluye inmigrantes y estos han pasado a ser el ellos. Es un populismo que restringe la democracia. Estos movimientos no pueden ser reducidos al mero racismo y detrás esconden demandas legítimas, según Mouffe. Si todo el pueblo fuera fascista no se puede abandonarlo, como lo está haciendo actualmente la socialdemocracia europea, que ha restringido su discurso a inmigrantes y clases medias, abandonando a las clases populares.

Lo que se necesita es una ofensiva populista de izquierda que trate de ocupar ese terreno. La gente no vota por los populistas de derecha porque sean fascistas y/o racistas, sino porque se sienten abandonados: son los perdedores de la globalización y los responsables son los partidos socialdemócratas. Pero la izquierda tampoco ha estado a la altura por diversas causas. Una de ellas corresponde a problemas teóricos: no entienden que en la política existen fronteras, no hay consensos, sino negociación.

Para la constitución del pueblo (delimitación de fronteras políticas) los afectos tienen una importancia gravitante. La política necesita construir afectos comunes que compongan un nosotros. Se necesitan identificaciones que los constituyen como sujetos, que dan una imagen de sí mismos. El pueblo tendría una dimensión libidinal (en términos de freudianos) que es negado por la izquierda racionalista.

Según Chantal Mouffe, la izquierda racionalista le objetaría que en su aproximación teórica al populismo no puede diferenciar entre derecha e izquierda porque no contaría con un criterio teórico para realizar la distinción. Pero Chantal considera que su perspectiva es antiesencialista, es decir, no tiene criterios teóricos, sino que toma partido. Hablar de populismo de izquierda significa que la política debe ser partisana, se debe tomar posición. No se trata de populismo bueno ni malo, ni de populismo reaccionario ni progresista.

La distinción sería entre un populismo cuyo objetivo es restringir la democracia (populismo autoritario o de derecha) y otro cuyo objetivo es ampliar la democracia (populismo de izquierda). El concepto de izquierda, al igual que el de populismo, deben ser resignificados y no abandonados. Esta resignificación no pretende ser universal: sería sólo aplicable al contexto europeo, cuyo concepto se construye a partir de la Revolución Francesa y no sería aplicable a América Latina, por ejemplo.

En el populismo, la construcción del nosotros y del ellos dependerá de a quién pertenece a cada categoría. Existe un antagonismo entre el nosotros y el ellos: es un conflicto que no tiene resolución racional, por eso es política. Este antagonismo puede ser puesto de distintas formas: (i) la relación entre el nosotros y el ellos sería una relación entre amigo/enemigo lo cual se denomina como populismo antagonista, cuyo mayor ejemplo es la Revolución Francesa. En algunas situaciones es justificado, como en aquellos casos que se debe destruir un régimen dictatorial; (ii) en cambio, existiría un populismo agonista, en el cual el ellos no es un enemigo sino un adversario, lo cual correspondería a las necesidades actuales de Europa: no se busca destruir la democracia representativa ni el republicanismo democrático, por el contrario, se busca resignificar estas instituciones, radicalizándolas y poniéndolas al servicio del pueblo. Se trataría de la construcción de un republicanismo plebeyo, como lo denominaba Maquiavelo.

En definitiva, para Chantal Mouffe, en el actual contexto político que enfrenta Europa, una apuesta democrática debe ser populista de izquierda, pues sería la única manera de impedir un populismo de derecha.

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