Breves reflexiones sobre estrategia feminista

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Por Laura Dragnic, Mariela Hernández y Jessica Leguá

Después de varias decenas de femicidios, de millones de acosos callejeros, de violaciones, insultos e invisibilizaciones, la realidad ha vuelto indispensable la crítica feminista respecto al modo de hacer y pensar la política. Hacer, porque quien la lleva a cabo debe cuestionar no sólo si sus objetivos políticos son correctos, sino también debe evaluarse si la forma en que se realizan se corresponde con el establecimiento de los mismos. Pensar, porque no basta con practicar el feminismo en la individualidad, sino que hace necesario, a partir de esta, proyectar la construcción de una sociedad alternativa, que no sólo niegue el patriarcado, sino que se desenvuelva desde una matriz radicalmente diferente, sin clases sociales, donde el género, el color de piel y la pertenencia geográfica, sólo signifiquen un dato más y no elementos de dominación y opresión.

En este sentido, los feminismos y sus desarrollos ideológicos-políticos, sustentados en la tradición de lucha de mujeres principalmente contra un sistema hegemónico patriarcal-capitalista ha sido capaz de entregar aportes y propuestas fundamentales para la humanidad. Sin embargo, existe una pregunta fundamental que hasta el momento no está del todo resuelta dentro de las apuestas feministas: ¿cuál es la relación del feminismo con la pregunta por el poder? Esta pregunta es, a fin de cuentas, la pregunta por la estrategia, esto es, cómo accedemos al poder y, posteriormente, qué hacemos con él, en tanto se plantea la necesidad de pensar cómo hacer posible una orientación revolucionaria de nuestras acciones que tengan como resultado la posibilidad de disponer de éste. En este sentido, ¿por qué el feminismo debe plantearse estratégicamente? El feminismo es una teoría y práctica política que tiene como pretensión principal la subversión del orden patriarcal.

Los Feminismos han tratado de definir su quehacer respecto a las diferentes lecturas sobre el patriarcado y su relación con el capitalismo, es decir, ¿podrían considerarse un mismo sistema de dominación y explotación? ¿Son sistemas autónomos? ¿Uno tiene preponderancia por sobre el otro? ¿Cuáles son las contradicciones principales en cada uno de ellos? Estas preguntas son imprescindibles a la hora de identificar quién es/son “sujet@”, “actor@s” y “enemig@s”, cuestión fundamental para la constitución de proyectos emancipadores, a nuestro interés, el rol de la mujer y el feminismo en la construcción del horizonte comunista.

       

Primero, es necesario precisar que hemos concebido al patriarcado, a diferencia de otras feministas, como una relación social de dominación, que va más allá de una simple ideología de dominación pues tiene expresión material, que excede el modo de producción capitalista –aunque a su vez, es dialécticamente determinado por el capital-. Por ende hoy, cuando denunciamos la explotación de la mujer y el hombre, también debemos hacerlo sobre estas relaciones de dominación binaria hombre/mujer, masculino/femenino, adulto/NNA, etc.    

En un sentido estratégico revolucionario, su valor se puede identificar en su histórica crítica a las relaciones de dominación y explotación que se han constituido en sus raíces sobre la figura de lo masculino sobre lo femenino y la colonización, lo que complejiza la manera de comprender cómo se articula estructuralmente una sociedad-concreta económica, política, social y sus formas específicas, con aspiraciones de totalidad y no desde el androcentrismo; de esta manera podremos renovar y profundizar las concepciones del poder y sus expresiones, radicalizando la crítica de las formas de explotación, violencia y control. Respecto a un ámbito táctico, su realización material como política permite el fortalecimiento de la democracia, la participación y la organización político-social. Básicamente el feminismo es una herramienta de empoderamiento de un sector enorme de la población, es la emergencia de una nueva libertad que está conquistando una parte importante de la clase, una pérdida de miedo, una lucha por la autonomía que adquiere un carácter profundamente internacionalista debido a la propia forma en que operan los sistemas de dominación hegemónicos.

Dentro del feminismo es posible identificar al menos dos formas relevantes, a nuestro parecer, de comprender la estrategia que debe seguir la lucha feminista: por una parte, encontramos a organizaciones puramente feministas, esto es, espacios de reflexión y acción organizada donde se piensa y hace feminismo. Dichas organizaciones establecen al feminismo como principio orientador de su lucha, y a la vez, determinan ciertas condiciones mínimas para su constitución. Dentro de estas condiciones se encuentra la independencia de la organización con otro tipo de organizaciones y desarrollo institucional, y a su vez, la condición de ser mujer para ser parte de los espacios de organización. Esta estrategia suele recibir el nombre de feminismo autonomista.

Por otra parte, podemos identificar a organizaciones políticas que han integrado al feminismo como principio orientador de su quehacer político, tanto en ética militante como en su proyección política. Esta posibilidad estratégica -aunque por supuesto hay muchas posibles formas de apropiarla- no establece como necesario que sean sólo mujeres las que integran dicha organización, por el contrario, permite el ingreso a mujeres y hombres.

Ambas estrategias presentan virtudes y defectos. Por una parte, la estrategia autonomista reconoce firmemente el déficit que han tenido las organizaciones de izquierda a lo largo de la historia al relegar el feminismo a un segundo plano, comprendiendo que el patriarcado no es más que una consecuencia del capitalismo y, por lo tanto, no requiere de una acción revolucionaria en su contra. De esta forma, la estrategia autonomista se hace cargo de dicha crítica al establecer al feminismo como su lucha principal. Asimismo, identifica otra de las grandes carencias de las organizaciones de izquierda tradicionales: las mujeres han sido apartadas e invisibilizadas dentro de éstas, a pesar de la participación y lucha de las mujeres militantes, de manera que no se les ha permitido constituirse como actoras políticas relevantes dentro de sus organizaciones. De manera que al restringir la entrada de hombres a su organización, se permite el protagonismo y visibilización de las mujeres como agentes centrales del feminismo, y al mismo tiempo, les permite compartir en un ambiente seguro y sororo las violencias de carácter patriarcal que pueden producirse a la interna de las organizaciones. Es importante resaltar que, de forma determinante, este tipo de feminismos desconfía o confronta al feminismo institucional y construye de manera autónoma a las políticas de las instituciones económicas y políticas internacionales y nacionales.

Por otra parte, desde las organizaciones que orientan su quehacer político en torno al segundo tipo de estrategia, se parte de la premisa de que es posible que otros sujetos, no necesariamente mujeres, puedan constituirse como feministas sin necesariamente haber vivido en primera persona todas las contradicciones del sistema patriarcal. En este sentido se reconoce a los hombres en tanto cuerpos sexuados que se les atribuyen ciertas características entendidas como “masculinas”. Estas características funcionan de una manera tal que impiden la expresión de otras características entendidas como femeninas, por tanto, no se puede negar que una parte significativa de los hombres entendido como clase sexual, permiten la reproducción del sistema patriarcal. Sin embargo, hay que entender la dominación en términos históricos, en ese sentido, nada impide que los hombres puedan cuestionarse su posición de dominación, por esto se entiende como feminista cualquier sujeto o sujeta que es capaz de elaborar ideas y acciones que logren intervenir y alterar las asimetrías propias del sistema patriarcal.

Además de las posturas enunciadas que tienen su génesis entre mujeres blancas que logran hegemonizar los feminismos, de manera determinante otras actoras lo han puesto en jaque. De esta manera, el feminismo negro y el feminismo decolonial y latinoamericano-comunitario dialogan y entregan elementos que han sido incluidos en algunas experiencias de desarrollo de cada estrategia nombrada.

En este sentido, podemos reconocer que una de las posibles estrategias se ha traducido en la construcción de nuevas subjetividades feministas, al margen de la realidad actual; mientras que, por otro lado, el feminismo se ha adoptado como principio estratégico de lucha junto al anti-capitalismo con la pretensión de subvertir el orden patriarcal capitalista. Sin embargo, aún cuando la construcción de nuevas subjetividades feministas es un aspecto fundamental, la primera perspectiva no permite plantearse en serio la necesidad de transformar y re-educar a la sociedad, pues potencia un nuevo tipo de relaciones sociales solamente entre mujeres. El conflicto agudo y no resuelto al que nos enfrentamos aquí es la propia definición de mujer: ¿quién es la o las mujeres? ¿cómo se definen? ¿quién define?

A nuestro parecer, el desafío está en construir feminismo no separatista que tenga vocación de mayorías, con el fin de permitir la constitución popular y la relación estrecha de los sectores subalternos y movilizados que logren cuestionar y transformar los pilares básicos del sostén del patriarcado capitalista, como lo es la familia nuclear, el mercado, la religión y el régimen heteronormado.

Además, es necesario precisar que las estrategias feministas desarrolladas anteriormente tienen un origen en una concepción Moderna, euro-céntrica y colonizadora de la vida que se centraron en comprender las implicancias situadas del patriarcado capitalista obteniendo una hegemonía en el desarrollo de los feminismos.

Dada la hegemonía tal hegemonía, durante el desarrollo de los movimientos obreros entre las décadas del 60’ y 70’ en EEUU los feminismos negros dieron paso a lo que posteriormente se llamó “interseccionalidad” que responde a la necesidad de un análisis complejo de las diferentes expresiones de la dominación que devela que no basta sólo con plantear el problema del conflicto de clases o de “la mujer” en el sistema patriarcal capitalista, sino que devela el conflicto del racismo, pertenencia étnica, nacionalidad y disidencias sexuales, no existe sino con la clase burguesa sino que se encuentran dentro de los movimientos populares, por eso sus aportes han sido trascendentales  en la construcción de diferentes teorías y proyectos políticos como en los feminismos decoloniales y latinoamericanos exigiendo el reconocimiento de actor@s subalternos diferenciad@s.

Así mismo el aporte de los feminismos decoloniales, que nace en los procesos de liberaciones contemporáneas en África y Medio Oriente, como una crítica a la epistemología eurocéntrica que identifica los sistemas de raza, género, clase, sexualidad, geopolítica. Así, busca dar respuesta a la triangulación Modernidad, Colonialismo y Capitalismo global que se encuentra en plena construcción.

En ese sentido, hace el llamado a una relectura de la historia escrita por los invasores, validando las experiencias de sujetos y sujetas desde una perspectiva colectiva en la que se logre articular el feminismo con otros movimientos sociales en un amplio movimiento social contra el patriarcado y el capitalismo.

Los feminismos que se han construyen en américa latina, en su mayoría, lo han hecho de manera diferenciada y desde las críticas nombradas anteriormente a los feminismos hegemónicos respecto a la explotación y dominación de sus territorios como espacio de producción y reproducción de la vida política, social, económica y culturalmente en donde esos “territorios” son los cuerpos de los y las individuas como los espacios donde se ejercen la vida social.

De esta manera, los cuerpos son repensados en relación a las posibilidades de vivir individualmente y el cuerpo en relación a la soberanía territorial como un espacio social y colectivo. Esto permite pensar a las individuas libres con otras mujeres, pero en diálogo con una sociedad mixta y sus procesos.

Finalmente, nosotras creemos firmemente que la segunda estrategia en constitución dialéctica con el desarrollo de los elementos analíticos y de acción de los feminismos decoloniales y latinoamericanos nos permite construir pueblos organizados, en lucha, con posibilidades de ganar para construir una sociedad libre. Sin embargo, comprendemos la necesidad de integrar elementos del feminismo autónomo que nos permiten avanzar en esa misma dirección, como lo son su autonomía con la institucionalidad patriarcal burguesa; la necesidad de asumir políticamente espacios de empoderamiento de las mujeres (desde una concepción amplia) y disidencias sexuales como sujet@s polític@s; la comprensión de aquellas como las sujetas principales dentro de la lucha feminista y antipatriarcal; y, por otra parte, el comenzar a concebir esa estrategia desde nuestra realidad latinoamericana, mestiza/racializada, sexualizada y determinada geopolíticamente dentro de nuestra condición de clase en términos macrosociales como individuales o “personales” que nos permitan reconocernos en una posición de dominad@s pero también con privilegios entre actor@s de la clase con lógicas machistas, racistas y homófobas a los que se deben renunciar de manera consciente.

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