Movimientos Socioambientales en el Chile neoliberal: en defensa de la vida digna

Por Pablo Rivas

No es una novedad que tras la Cumbre Climática COP 21, y las nuevas evidencias científicas que dan cuenta de un cambio de época socio natural, los denominados “problemas ambientales” han devenido en un conflicto de índole social que, desde diversas espacialidades territoriales, organizaciones ecologistas, la academia y diversos actores subalternos, se ha venido levantando como una lucha de vital relevancia.

Partiendo por la caída del mito de que las problemática que afectaban la biodiversidad eran un mero asunto de los “ecologistas de siempre”, y la noción del progreso ilimitado con que los paladines del capital nos invitaban a su festín faustiano; hoy por hoy, como dijera Kenneth Bounlding, “quien crea que un crecimiento exponencial puede continuar hasta el infinito en un mundo finito, es un loco, o bien un economista”. Y ha sido en esa disyuntiva, que los pueblos del mundo, y muy especialmente en América Latina, han emprendido una lucha de proporciones contra la contaminación, la mega-minería, y sendos proyectos energéticos e industriales que poco a poco fueron convirtiendo nuestros espacios de vida, en zona de sacrificio. En ese sentido, cuando nos referimos a las organizaciones sociales de base que luchan contra la depredación del medio natural; hablamos en realidad de movimientos “socio”-ambientales; y es que el concepto y su vocación resultan hoy obvias: el problema de la conservación y sostenibilidad de nuestros territorios y sus bienes naturales, son un problema de los pueblos en su conjunto, y no de una elite de ecologistas, que inclusive ha tratado de seducir a grandes mayorías sociales con la idea de un “capitalismo verde” amigable. Y no hay una ideas más errónea y falaz que pensar que el capital como relación social, y también como forma de acumular riquezas a costa de la naturaleza, no tuviese otro objetivo, más que acrecentar su tasa de ganancia sin considerar los costos (“externalidad negativas” es el eufemismo que usan los economistas) sociales de degradación natural, daño cultural, a la salud, a las economías locales, y por que no decirlo, a la soberanía política de los pueblos de la periferia.

A nivel mundial, los datos sobre la mesa son alarmantes: al planeta Tierra le está costando 1,5 años regenerar aquello que la humanidad consume en uno; el aumento de la temperatura global debida a grandes cantidades de CO2 expulsadas a la atmósfera; retroceso de los glaciares; oceános que se vuelven cada más ácidos; extinción masiva de especies [1]; desertificación y degradación de los suelos; alteraciones en el ciclo del nitrógeno y el fósforo; contaminación química a gran escala y agotamiento de las fuentes de agua dulce.

A nivel continental y nacional, esta situación también tiene su correlato. A la apertura de un nuevo período político de protestas, revueltas y reclamos del Pueblo chileno; marcado principalmente por el estallido estudiantil de 2011, se han sumado nuevos actores, desde la verada de la lucha socioambiental y anti-extractivista. Tal es el caso de la movilización popular de los habitantes de Freirina en 2012 contra Agrosuper, exigiendo el cierre de la planta de cerdos por malos olores y afectaciones a la salud general; la masiva oposición callejera contra Hidroaysén y, recientemente, la lucha de Chiloé tras el desastre ambiental provocado por la industria salmonícola; todas ellas, expresiones de lucha con un repertorio radical (enfrentamientos policiales, bloqueo de caminos), masivo y que contó con el apoyo de miles de personas que pese a no ser directamente afectadas, solidarizaron con dichos conflictos.

Hoy podemos hablar en plural de la existencia de un actor múltiple, heterogéneo y que acciona colectivamente contra el Estado y el capital transnacional en defensa de sus espacios de vida: los movimientos socioambientales. La mayoría de ellos no se organizan sólo con ese único interés, es más; podríamos decir que son los mismos trabajadores y trabajadoras, la juventud, profesionales y pobladores, que desde sus identidades y arraigos locales levantan una lucha mayor: la lucha por una vida digna y sustentable para las futuras generaciones.

Tenemos el caso de los pobladores de Caimanes que se levantaron contra el tranque de relaves mineros de Andrónico Luksic, logrando que el mismo poder judicial se pronunciara a favor de estos. En otro escenario, pero nuevamente en la misma línea de conflicto, Luksic ha sido sindicado por diversas organizaciones de Santiago como el principal responsable de la crisis hídrica de la capital, además de las graves irregularidades en la construcción del proyecto hidroeléctrico Alto Maipo. Más al sur, el Gran Concepción (Penco, Tomé, Lirquén, Talcahuano, Bulnes) ha constituido coordinaciones intercomunales autónomas contra la instalación de Terminales de GNL para alimentar termoeléctricas al servicio del negociado energético [2]. La lista suma y sigue: centrales hidroeléctricas en el Wallmapu, el cultivo intensivo del monocultivo forestal de pino y eucaliptus, la mega-minería a tajo abierto, el saqueo de agua para uso industrial, y un largo etcétera que no hace sino acrecentar el prontuario del empresariado responsable de esta situación.

Las posibilidades de éxito en esta(s) lucha(s) contra el modelo extractivista [3] no sólo estará dada por sus discursos y su radicalidad, sino también por los grados de coordinación y unidad que puedan darse entre todos los espacios micro-territoriales que luchan por una alternativa al proyecto de vida que impone el capital. Construir redes de apoyo, de coordinación, y solidaridad permitirán a estos movimientos multiplicar su fuerza social, unificar criterios en cuanto a sus necesidades y a un programa o ideario que dinamice sus conflictos, entendiendo que no son problemas aislados, sino que poseen enemigos comunes, y reivindicaciones estructurales que es menester colocar en vitrina. Vayan algunas ideas para el debate público: 1) denunciar los recientes maquillajes legislativos al Código de Aguas, que no garantizan esta como un derecho humano sino como propiedad privada 2) fin al Código de Aguas de la dictadura, apostando a la gestión comunitaria y re-socialización de la misma a favor del consumo potable, la recreación, la producción de alimentos y la preservación de ecosistemas 3) salir al paso a la reforma al Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental [4] que favorecerá las inversión de megaproyectos, exigiendo la paralización de todo proyecto en trámite mientras no se abra a deliberación popular la necesidad y viabilidad de los mismos en cada territorio; 4) y, por lo tanto, frenar la agenda energética político-empresarial que impulsara el empleado de Luksic, Máximo Pacheco Matte; a fin de que sean los pueblos quienes decidan por una matriz de desarrollo sustentable. Se quedan muchos puntos en el tintero (obviamente), ya que este breve punteo de ideas es sólo eso. Es, por supuesto, la acción política de una amplia mayoría social la que determinará donde aprieta más el zapato.

Lo anterior será favorecido, en la medida que los diversos actores sociales demos una proyección política a esta problemática, es decir, de comprenderla como un conflicto contra la institucionalidad y la legislación ambiental hecha a la medida del empresariado; y una proyección multisectorial del conflicto. ¿Por qué multisectorial? Pues, quienes llevamos adelante esta lucha, debemos interrogar, interpelar y convocar a otros, a muchos/as ¿qué opinarán los estudiantes sobre el hecho de que en sus universidades, la extensión y la investigación se haya colonizado por forestales, mineras y empresas de dudosa reputación? ¿por qué los trabajadores debemos permitir que las AFP inviertan nuestros fondos de pensiones en el negocio de la energía y del daño ambiental? ¿por qué no mancomunamos esfuerzos de unidad y encuentro con los pueblos hermanos mapuche, aymara, lickanantai, diaguita, etc.? ¿qué tiene que decir y proponer el movimiento feminista sobre las relaciones humanidad-naturaleza?

No hace falta mucha imaginación para notar que un sistema de explotación de esta envergadura, sólo podría sostenerse con la barbarie de fuerzas en extremo violentas, excluyentes, predatorias e irracionales, sean los Estados lacayos de las potencias del norte, sea la misma burguesía virulenta e insaciable. Una crisis civilizatoria de proporciones hace su asomo en el teatro de operaciones de la Historia. Es de esperar que esta crisis vaya acompañada de una respuesta contundente gracias al empuje, la lucha irrestricta, la radicalidad y la claridad de un horizonte de desarrollo armónico en que sean los Pueblos sus protagonistas. Vida o muerte será la contradicción de nuestros tiempos.

Notas

[1] “Hoy la tasa de extinción de especies es del orden de 100 a 1.000 veces mayor que la considerada natural (Rockstrom et al., 2009). Así, durante el siglo XXI se prevé que más del 30% de todos los mamíferos, aves o anfibios estarán gravemente bajo amenaza de desaparecer […] Tomando en cuenta únicamente a la pérdida de especies como resultado de la deforestación tropical, algunos investigadores han pronosticado las tasas de extinción hasta en un 75% (Butler, 2007). Tomado de, Revista Construyendo, N° 4, Septiembre de 2011, Comunidades Militantes.

[2] Dicho sea de paso, a principios de año, la exportación de energía hacia Argentina, a través de GasAtacama en el norte del país, no vino sino a comprobar que el mito de la “crisis energética” era sólo eso: mito.

[3] Cuando hablamos de “Extractivismo” nos referimos a aquel modelo de desarrollo económico basado en la extracción intensiva de grandes cantidades de materia prima, que en condiciones de dudosa legalidad, permiten a grandes grupos económicos exportar-saquear riquezas con destino a los países imperialistas, con bajas tasas de tributación y la complicidad de políticos corruptos y legislaciones débiles y permisivas.

[4] Procedimiento administrativo que evalúa gran parte de los estudios y declaraciones de mega-proyectos invasores.

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