Pueblos indígenas y resistencia frente al extractivismo en Nuestra América

Por Javier Pineda

Nuestra América es un espacio rico en bienes comunes, llamados por el capitalismo como recursos naturales: agua, petróleo, gas, minerales estratégicos, biodiversidad, agricultura y ganadería. Esto ha generado que este territorio sea un campo en disputa para las potencias imperiales desde la invasión de América en 1492. Primero, serían los ingleses en el Norte y el Caribe, portugueses en Brasil y españoles en el resto de América, quienes mediante su saqueo permitieron la “acumulación originaria” en Europa. Luego de los periodos de Conquista y Colonización, pasaríamos a ser el patio trasero de Estados Unidos y ahora, estamos en disputa entre China y Estados Unidos.

Históricamente los bienes comunes de nuestros territorios se han explotado, sin embargo, desde la larga noche neoliberal estamos ante una sobreexplotación de estos bienes comunes, lo cual ha planteado como un problema de carácter estratégico la crisis ambiental que estamos sufriendo. El neoliberalismo “reprimarizó” las economías latinoamericanas, esto significó que la mayor parte de su crecimiento se debió a la inversión extranjera explotadora de los bienes naturales de nuestros territorios.

De continuar los niveles de sobreexplotación de bienes comunes tal como lo estamos haciendo, requeriremos de tres planetas tierras para mantener los niveles de “desarrollo” actuales. Esto plantea la necesidad de cambio del paradigma capitalista desarrollista por un sistema ecosocialista que permita garantizar la sostenibilidad del desarrollo de la vida en el planeta, alterando no sólo los patrones de producción y distribución, sino también los de consumo.

Uno de los aliados estratégicos en esta disputa en contra del capitalismo depredador han sido los pueblos indígenas de Nuestra América, quiénes sin declararse socialistas, tienen una cosmovisión que resulta antagónica al capitalismo. Asimismo, el control territorial que han desarrollados los pueblos indígenas ha permitido la protección de dichos ambientes, que hoy se ven amenazados en distintos países por la necesidad del capitalismo extractivista de seguir devorando todo a su paso.

Las resistencias de estos pueblos contra el capital recorren desde Alaska hasta Tierra del Fuego. En América del Norte anglosajona, encontramos la resistencia de los pueblos indígenas de Canadá en contra de los oleoductos y explotación petrolífera en British Columbia; luchas de la tribu Sioux contra la construcción de oleoductos en Dakota del Norte, Estados Unidos.

En México hay más de 300 conflictos socio-ambientales productos de megaproyectos energéticos, hidráulicos, mineros, urbanos e inclusive turísticos. La mayoría de ellos han encontrado resistencia en los pueblos indígenas, como ha sucedido en Oaxaca y Aguas Calientes contra la gran minería; en Michoacán, con la lucha del pueblo Purepecha en Cherán por la defensa de sus territorios; y en Chiapas, en la lucha de los pueblos mayas zapatistas en contra de proyectos hidroeléctricos y por el control de sus territorios. Existen cientos de indígenas y actividas socio-ambientales muertos y desaparecidos, a los cuales los hacen pasar como víctimas del narcotráfico.

En Centroamérica destaca la lucha del pueblo lenca en Honduras, quienes por medio de la CONAIE han tenido una férrea defensa de sus ríos y plantado resistencia a los proyectos hidroeléctricos. Estas resistencias hicieron conocida a la lideresa indígena, quien fue asesinada por órdenes del Estado Hondureño y la empresa que construía la Hidroeléctrica Agua Zarca hace un año atrás.

En Colombia destaca la resistencia indígena en contra de proyectos de la gran minería legal e ilegal, y por la defensa de sus aguas en contra de proyectos hidroeléctricos. Conocida es la lucha de los indígenas del Cauca, quienes no sólo defienden su territorio de los mega-proyectos mineros y energéticos, sino que también del narcotráfico y de los paramilitares que amenazan permanente con desplazarlos. En especial amenaza se encuentran hoy los territorios controlados anteriormente por las FARC, los cuales han quedado a la merced de capitalistas transnacionales asociados con el narcotráfico y paramilitares locales. Misma situación viven los indígenas de Perú, quienes han tenido grandes procesos de movilización indígena y de sociedad civil en contra de proyectos mineros, destacando las resistencias en Cajamarca (Mina Yanacocha y extracción aurífera Conga).

En la cuenca del Amazonas, que incluye territorio brasileño, colombiano, venezolano, ecuatoriano, peruano, boliviano y guyanés también existe una lucha de los pueblos y tribus indígenas en contra de la deforestación de bosques, extracción de hidrocarburos y minerales, y contaminación de las aguas. Los conflictos son cientos, por los cuales es imposibles enumerarlos en este texto.

En Chile y Argentina encontramos la resistencia del pueblo mapuche contra distintos proyectos hidroeléctricos, energéticos y mineros en ambos lados de la Cordillera de los Andes. Estos casos también han estado marcados por la represión e incluso asesinato de las personas en resistencia, como lo fue el caso de Macarena Valdés, quien resistía ante la construcción de infraestructura energética en territorios ancestrales en Tranguil, Panguipulli.

Todos estos conflictos socioambientales tienen características comunes. Empresas transnacionales, que en complicidad de políticos y empresarios nacionales, saquean los recursos naturales de un país para maximizar sus ganancias, destruyendo el medio ambiente y dejando en situaciones peores de las anteriores a los pueblos que habitaban los territorios explotados. Ganan los mismos y pierden las y los de siempre: los nadies. Asimismo, cabe agregar, que gran parte de estos proyectos son parte de un proyecto global denominado Iniciativa de Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (IIRSA), la cual no sólo afecta a los países mencionados anteriormente, sino también a los denominados gobiernos progresistas y/o bolivarianos.

La resistencia de los pueblos indígenas no sólo se da en los países gobernados por los defensores del capitalismo neoliberal, como son los países mencionados. También es un fenómeno que afecta a los países “bolivarianos” y “progresistas”, aunque el conflicto adquiere ribetes distintos, pues en muchos casos las resistencias legítimas de los pueblos indígenas son utilizadas por el imperialismo e intereses de las transnacionales para debilitar y desestabilizar a dichos países. En Bolivia encontramos la resistencia de los pueblos indígenas frente a la construcción de infraestructura vial como lo fue el TIPNIS o contra proyectos de hidrocarburos, como sucede en otras zonas. En Nicaragua existieron fuertes resistencias de población indígena ante la construcción del Canal de Nicaragua financiado por los chinos y en Ecuador encontramos el Proyecto Energético del Yasuní, que ante las negativas de las potencias occidentales de financiar su cuidado, el Gobierno de Rafael Correa decidió explotar, constituyendo una destrucción de la biodiversidad del Parque Nacional donde se encuentran los pozos petrolíferos.

En estos países, se ha interpuesto un clivaje entre los “pachamamistas”, que defienden una postura que privilegia el respeto a la Madre Tierra por encima de cualquier otra consideración, y por el otro lado, el “extractivismo”, que defiende la política de aprovechar la demanda que se origina en los principales países de la economía mundial y que potencia las exportaciones de bienes naturales. Así, tal como sostiene Atilio Borón, estamos ante una contradicción anteriormente inexistente que ahora plantea el dilema de: ¿cómo conciliar la necesidad de responder a las renovadas demandas de justicia distributiva – elevadas por poblaciones que han sufrido siglos de opresión y miseria – con la intangibilidad de la naturaleza?

Si bien en una perspectiva de corto plazo los ingresos provenientes del extractivismo sirven para solucionar algunos problemas sociales inmediatos, a mediano y largo plazo la política extractivista genera costos sociales y ambientales muchas veces irreversibles. En este sentido, es vital avanzar hacia una revolución internacional ecosocialista. El ecosocialismo significa una perspectiva crítica sobre la cuestión medioambiental que surge desde el marxismo, cuestionando el “productivismo prometeico”, basado en el dominio de la naturaleza simbolizado en la entrega del fuego a los hombres por Prometeo. Esto significa evidenciar también la contradicción entre el modo de producción capitalista y el medio ambiente y que la crisis ecológica sólo será posible mediante la superación histórica del capitalismo.

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