El trabajo doméstico, el trabajo que no conmemora el 1 de mayo

Por Marianela Hidalgo y Arrebol

Mi hija se casó, pero duró un año no más, después se separó. Ella puede [separarse], tiene un buen trabajo. No como una”.

Ana María, Población Los Boldos. Temuco

Nuestra cultura, tiende a ser olvidadiza con todo lo que refiera a recuperar nuestra identidad de clase trabajadora, explotada y oprimida. Ejemplo de esto es la conmemoración del 1 de Mayo, Día Internacional de los Trabajadores. En la actualidad, durante este día, parte de la clase trabajadora más consciente marcha en distintas ciudades en el marco de esta conmemoración, pero la mayoría aún solo aprovecha el feriado y se encierra en sus casas frente al televisor. Lo que no saben, es que ese día se origina en 1886 a partir de las luchas y reivindicaciones de obreros que se movilizaron exigiendo la reducción de la jornada laboral. Sin embargo, el sistema híbrido patriarcal y capitalista actual, no solo oculta los hechos que dan origen a la conmemoración del Día del Trabajador, sino que también encubre el trabajo doméstico, donde se agudiza el carácter de explotación y opresión, en este caso hacia la mujer y en mayor medida a las mujeres pobres e indígenas. Esta invisibilización y desvalorización del trabajo doméstico creemos que abarca y se reproduce al menos en dos ámbitos: uno a nivel económico y otro desde el plano de las subjetividades.

Desde el plano económico, reconocemos que existe una relación directa entre del trabajo doméstico con el sistema capitalista, y su papel en la subordinación de las mujeres. Lo que históricamente se ha naturalizado e impuesto socialmente como labores o deberes femeninos, es en realidad hoy en día trabajo invisibilizado, obligatorio y no remunerado, al servicio de la reproducción de la fuerza de trabajo (mayoritariamente masculina) para el Capital. No solo se usa la fuerza de trabajo sin valor de cambio, sino que también, se explota el cuerpo de las mujeres como espacio del desgaste laboral doméstico. Al mismo tiempo, es una forma de recluirlas en el ámbito doméstico, lo que las vuelve económicamente dependientes de sus maridos y conlleva al mismo tiempo tolerar situaciones de violencia en distintos niveles.

En el plano de las subjetividades, el trabajo doméstico históricamente se ha desvalorizado por creerse “labores de mujeres”. Sin embargo, estas percepciones no son excluyentes de las personas con formación crítica sobre el tema. Justamente, movimientos feministas reproducen significados negativos al referirse de manera peyorativa a la realización de labores de cuidado y mantenimiento del hogar y crianza de hijos, lo que nos puede llevar a admitir con dificultad este tema, como algo incómodo, o llevarnos a plantear afirmaciones equivocadas y que profundizan la desvalorización del trabajo doméstico, levantando consignas del tipo: “Mujer agarra calle que la casa embrutece y nadie te lo agradece”. De acuerdo a lo que expone Mary Goldsmith existe una resistencia a identificarse como tales, dado el estatus tan desvalorizado de la trabajadora doméstica (…) ¿Cómo se puede revalorar el trabajo doméstico si tanto se desprecia?”.

El problema no es el trabajo doméstico como tal, sino, su desvalorización económica y subjetiva y su asignación como responsabilidad exclusiva de la mujer que impide su desarrollo social, cultural, etc. En este ámbito de cosas, el horizonte de los movimientos feministas debe apuntar a la colectivización de las tareas domésticas, a sacar dichas tareas del ámbito exclusivamente privado o reducido a la familia como núcleo de la sociedad patriarcal. Por supuesto, esta no es una tarea fácil y será un proceso de largo aliento, en el cual habrá que ir ensayando formas de auto-organización, buscando nuevos caminos, construyendo experiencias y, por sobre todo, desatando la creatividad.

En este sentido, podemos imaginar al menos, dos aproximaciones a un horizonte de colectivización del trabajo doméstico, que tienen distintos antecedentes y experiencias en América Latina: (i) por una parte, podemos ir pre-figurando organizaciones populares que se hagan de cierta infraestructura que les permita resolver, al menos parcialmente, algunas cuestiones que hasta hoy constituyen “lo doméstico”, a saber, la cocina-alimentación, el lavado, la crianza y el cuidado. Con infraestructura, nos referimos fundamentalmente a espacios físicos auto-gestionados y los instrumentos e implementación necesarios para desarrollar estos trabajos, de tal forma que puedan dar lugar a comedores, jardines, y/o lavanderías populares. Lo anterior, permitiría a las mujeres luchadoras que se organicen, disponer de otros tiempos y asumir otros roles en el espacio público y la lucha social; (ii) por otra parte, podemos suponer que la colectivización de las tareas domésticas tiene como punto de partida o como antecedente, otras formas cooperativas de trabajo, apoyo mutuo, o grupos de mujeres reunidas en torno a múltiples temáticas, que les permiten a éstas mirarse a sí mismas reflejadas en otras y en definitiva, crear lazos significativos. En la medida que estos grupos desarrollen iniciativas que demandan tiempo y trabajo, esto entra en contradicción con el rol impuesto a la mujer relativo al desarrollo exclusivo de las tareas domésticas, por lo que la colectivización de dichas tareas, de alguna manera se transforma en necesidad.

Por supuesto, que las aproximaciones descritas no son excluyentes ni aseguran necesariamente el logro de los grandes objetivos, sino que forman parte de lo que hemos denominado como ensayos de auto-organización, y habrán de irse desarrollando combinada y creativamente en la propia práctica, a la vez que se cruzarán con la necesidad de luchar también por otras transformaciones en los ámbitos productivos, educativos, y por cambios en la conciencia y subjetividad colectiva.

En fin, lo que se trata de decir, es que un feminismo con una perspectiva de clase, se irá forjando en la medida que se desarrollen iniciativas diversas con dicho contenido y que pongan como protagonistas a las mujeres proletarias, a las mujeres populares, a las cientos y miles de jóvenes y viejas que trabajan por cuenta propia o realizan trabajos informales en las poblaciones, a las mujeres campesinas, mapuche y pequeñas productoras. Un feminismo con una perspectiva de clase, que necesita de menos escritorio, y de una práctica más apegada al pueblo.

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