Trabajo, vida y política

(*)

Por Rafael Agacino (**)

Por más de tres décadas la teoría social, la historia y la política han dejado de considerar al trabajo humano como concepto clave y determinante en la configuración y dinámica de la sociedad, desplazándolo del lugar central que antes tenía en ellas. Paralelamente, la clase trabajadora, y en especial la clase obrera, ha desaparecido de la escena política e incluso de la propia producción. La derecha ha sustituido a esta clase por categorías como el “emprendedor” y el “consumidor”; la izquierda “progresista” por las categorías de “el ciudadano”, “las mujeres” y “las minorías sexuales”; y los tecnócratas de toda estirpe, en tanto objeto de políticas públicas, por “sectores vulnerables”, “pueblos originarios”, “pobres”, etc.

Este desplazamiento del trabajo y los trabajadores fue simultáneo a la emergencia del discurso de la diversidad y de la multiplicidad de sujetos sociales. Para las corrientes postmodernas más reaccionarias, tales sujetos finalmente se diluyen en una masa de subjetividades particulares (individuales) no susceptibles de aglutinar o responder a “lógica de equivalencia” alguna; tales subjetividades son inconmensurables y no dan siquiera para populismos; es el fin de la política y de todo valor universal. Otras, las menos conservadoras, reconocen la plausibilidad de la conjunción de intereses transindividuales y reponen la política pero solo como fenómeno episódico y transitorio, tanto como lo es una coyuntura particular. Para éstas, los conflictos pueden expresar una subjetividad colectiva pero por única e irrepetible vez; no hay lugar para la memoria colectiva ni para ningún presente que contenga en potencia un futuro colectivo; todo es contingente, ningún horizonte histórico, ninguna verdad y ninguna utopía, siquiera como idea reguladora o recurso movilizador. En oposición a éstas corrientes y en defensa de las promesas de la modernidad, más esperanzador ha resultado el esfuerzo de las teorías que relevan el rol de la acción comunicativa y la construcción de consensos sociales como campo de acción privilegiado de la política. Sin embargo, de todos modos, en la época del “giro lingüístico”, la centralidad del trabajo ha desaparecido de escena.

Estas corrientes teóricas han permeado fuertemente a las franjas políticas “ilustradas” de la sociedad. Progresistas de toda laya, haciéndose eco del monopolio ideológico que ostenta la concepción liberal de democracia, ha adoptado con toda naturalidad al “ciudadano” como el sujeto político por antonomasia; el citoyen criollo, que independiente de su lugar en la ciudad -y la producción- es el soberano del poder político de la nación. Se trata, nos dicen del ciudadano, del “hombre político”, aquel que realiza su libertad ejerciendo soberanía por medio de interacción lingüística en el espacio de lo público.

Sin embargo, sabemos que libertad formal no es igual a libertad sustantiva; la sola distinción vuelve pura retórica el “estatuto de ciudadano” en la medida en que develamos el límite insalvable que impone a este la sociedad de clases. A nadie escapa, por ejemplo, que aun cuando se eliminaran las limitaciones que impone al citoyen criollo la Constitución de Lagos-Pinochet, democratizando el régimen político, la mayor libertad política limitaría siempre con la férrea dictadura social del capital.

En las nuevas condiciones de funcionamiento del capitalismo, diferenciar libertad formal de libertad substantiva, permite captar el sustrato común entre las luchas clásicas por empleo y salarios y las de los movimientos sociales. Es útil para esto volver a una idea crucial de Marx: la centralidad del trabajo, de esa elemental actividad humana entendida como praxis social productiva y reproductiva.

El capitalismo del nuevo siglo ha extendido su lógica a casi todas las esferas de la vida social transformando en mercancía todo objeto tangible, intangible o virtual susceptible de vender y comprar; ha extendido por doquier las relaciones sociales capitalistas, y sometido al imperativo de la acumulación, los más diversos espacios personales y comunitarios. Esta extensión, correlativamente ha implicado, por una parte, que más actividades humanas se vuelvan trabajo, trabajo para el capital, y por otra, la emergencia de nuevos contingentes de trabajadores vinculados a la producción de esas mercancías. Sin embargo, en la medida en que tales contingentes y mercancías (especialmente las intangibles y virtuales) adoptan nuevas estéticas, se vuelven difíciles de reconocer por la vieja clase obrera y el sindicalismo clásico. Pero, si entendemos el capital como una relación social y no como una cosa o forma jurídica, entonces quienes producen “socialización”, “afectos”, “cuidados” o “conocimientos”, etc., si lo hacen bajo el control de una relación salarial, son también trabajadores, producen plusvalía y sirven a la acumulación de capital como aquellos asalariados que producen carbón, pan o zapatos, independientemente que lo crean o no y sean o no reconocidos como tales, es decir, como trabajadores explotados.

La izquierda tradicional y el sindicalismo clásico fetichizaron el trabajo así como el salario: respecto del trabajo, reduciéndolo a la forma material de la actividad o del producto resultante, y respecto del salario, a su forma monetaria. Quedó en la mente que solo es “productivo” el trabajo cuya actividad es material o que produce cosas materiales; y que solo importa obtener como pago más dinero. Esto les ha impedido comprender que en el capitalismo actual la clase trabajadora se ha extendido bajo nuevas formas y aumentado su peso relativo a pesar que los empleos en sectores extractivos, agrícolas e industriales, lo disminuyan, o incluso en algunas ramas observen disminuciones absolutas. Y todo esto sin contar los cientos de millones de trabajadores asiáticos y este-europeos incorporados en las últimas décadas a los circuitos de acumulación del capital mundial. Que grandes masas se integren al trabajo bajo control del capital ya es por sí mismo un argumento suficiente para recuperar la centralidad del trabajo. Sin embargo, el capitalismo actual nos entrega otras razones – quizás más importantes- pues ha desarrollado como nunca los aspectos cualitativos del mercado: las supuestas virtudes de las mercancías y la forma monetaria de la riqueza y el salario.

El capitalismo del nuevo siglo ha avanzado en otras direcciones. Un área clave ha sido la extensión y profundización de los mecanismos de control socio-culturales requeridos para resolver las contradicciones derivadas de una expansión sistemática y duradera de la productividad del trabajo, provocada ésta tanto por el cambio técnico duro – nuevo capital fijo y circulante- como por las sucesivas reorganizaciones de los procesos de producción y trabajo. Mucho antes de la crisis del patrón fordista en los países centrales, el capital extendió su esfera de preocupación desde la producción y circulación de mercancías a la esfera del propio consumo. En efecto, sostener una dinámica de producción creciente de mercancías obligaba generar una capacidad de absorción proporcional por el lado del gasto, pero no sólo como mera capacidad de compra sino como disposición a la compra, como disposición subjetiva al consumo. Esto no es trivial, pues si me doy a entender bien, no me refiero sólo a la expansión de la demanda – en parte garantizada por la regla fordista de aumentos reales del salario acordes con el aumento de la productividad- sino antes que eso, a la expansión de las necesidades como motor de la expansión de la demanda. Hablo, por tanto, de la administración “racional” de las subjetividades con el fin de inducir un crecimiento incesante de las necesidades y naturalizar así el consumo compulsivo e irracional, el consumo basura y el despilfarro, fenómeno que más recientemente se ha llamado “consumismo”. Esta manipulación de las necesidades, cuando se transforma en industria, en industria de la producción de subjetividad para el consumo, inaugura otro momento del capitalismo. De hecho, usando una categoría de Agnes Heller para caracterizar el estatalismo de los ex países socialistas europeos, podríamos afirmar que el capitalismo se ha vuelto hoy una “dictadura de las necesidades”, solo que a diferencia de tales regímenes, dicha dictadura opera bajo la apariencia de la libertad, “la libertad de elegir”, dirían los esposos Friedman.

Dicho esto, surge entonces una interrogante crucial: ¿Cuál es el verdadero carácter de esa escasez con la que se nos aterroriza cotidianamente? ¿Es ésta un límite malthusiano, es decir, un estado natural de desbalance entre población y recursos? ¿O por el contrario, se trata de un desbalance artificial, originado y sostenido sobre la base del modo de vida vigente?

No podemos desbrozar todas las implicancias que tiene una pregunta de este tipo, pero hay un aspecto que interesa resaltar aquí. Pensemos al revés. ¿Qué pasaría si arrebatásemos al capital el poder que ejerce sobre las necesidades y fuera la sociedad organizada la que las administrara –definiera, jerarquizara, etc.- en concordancia con el desarrollo de las facultades humanas y de acuerdo a criterios de sustentabilidad social y ecológicas? Sin duda que la escasez impuesta por el capital se volvería superflua. En efecto, esta escasez es resultado de la expansión incesante de las necesidades inducida por el capital y su imperativo de la acumulación. Es fácil darse cuenta que si el trabajo se hace cada vez más productivo con el apoyo de la ciencia y la técnica, es absurdo que la gente trabaje más y/o más intensivamente. ¿Por qué aumenta el tiempo de trabajo y su intensidad y no el tiempo de no trabajo, el tiempo libre, si es evidente que el trabajo se ha hecho mucho más productivo en una trayectoria de innovación y cambio técnico acelerados y de largo plazo de la que nunca antes se tuvo razón? En efecto: si las necesidades no se desbocaran como sucede bajo el régimen del capital, la jornada de trabajo podría haberse reducido en proporción al aumento de la productividad. Por cierto, factores demográficos -crecimiento poblacional, transición etaria- y la pobreza estructural de décadas, requerirían de una productividad mayor pero no en los niveles que ésta se ha incrementado en el largo plazo, ni menos justificarían una intensificación del trabajo y la mantención de un estado de escasez que nos amenaza diariamente. No, no; la clave está en la tiranía del capital que no solo reina en las esferas de la producción y la circulación de mercancías, sino también en la esfera del consumo ocupándose de la multiplicación de las necesidades con arreglo a sus fines, que no son, precisamente, los fines de una humanidad emancipada. En efecto, los fines del capital se traducen en acumular “valor”, “valor abstracto”, cuya expresión concreta es el dinero, la forma dinero. Que se produzcan valores de uso (bienes o males) de los cuales los consumidores alienados crean obtener alguna “satisfacción”, es solo una circunstancia secundaria; el fin es el valor, y la mercancía y sus “virtudes”, el medio.

Llegado a este punto, podemos entonces redescubrir el sustrato común entre las luchas clásicas de los trabajadores y las luchas de los movimientos sociales, a pesar que la estética de éstas últimas evoque actores como “los ciudadanos”, “los consumidores”, “las mujeres”, etc., y cuyos contenidos giren en torno a “la inclusión”, “la igualdad de derechos”, el “cuidado del medio ambiente”, etc.

En efecto, al caracterizar el capitalismo actual como “una dictadura de las necesidades”, caemos de bruces nuevamente en la dimensión de la producción y del trabajo, pues: ¿Qué significa emanciparse de tal dictadura? Simplemente reclamar soberanía respecto de las necesidades, es decir, sobre los fines de la producción y, por tanto, sobre la distribución de las capacidades productivas humanas, sobre las capacidades colectivas de trabajo, del trabajo social. En simple: arrebatarle esas dimensiones de decisión al capital significaría construir un orden social en que los propios productores – los trabajadores- fueran capaces de responder a las interrogantes económicas que nos enseñaron en la escuela cuando niños: qué, para quién y cómo producir. Claramente lo anterior significa cruzar el umbral de la libertad formal y entrar directamente al terreno de la libertad sustantiva; no se trata ya del citoyen que reclama derechos políticos civiles en la esfera de lo político, sino del sujeto colectivo radical, que quiere extender tales derechos a las profundidades de la vida misma, que politiza la existencia social al hacer del propio modo de vida un campo de batalla por el ejercicio de la soberanía.

Con todo, no se quiere que la problemática político-social y cultural que han reivindicado los movimientos sociales sea reducible a la centralidad del trabajo. Ello no es posible y no tiene sentido político plantearlo. Pero si decir que la izquierda tradicional y el sindicalismo clásico, impedidos de superar los límites de una visión fetichizada del trabajo y el salario, no han podido establecer un diálogo estratégico con tales movimientos que permita potenciar sus luchas y unificar fuerzas en pos de una alternativa emancipadora. La izquierda y sindicalismo tradicionales han quedado atrapados en un imaginario que se resiste a ahondar en la complejidad del capitalismo actual. La primera, reduce las luchas de los ciudadanos a los límites de la democracia representativa sin siquiera recoger el legado teórico de una crítica radical al Estado, o peor aún, de las experiencias estatalistas de inspiración socialista que ella defendió; el segundo, el sindicalismo clásico, limitando sus luchas al nivel y condiciones del empleo sin atreverse a criticar ni el contenido social del trabajo ni del salario que, a fin de cuentas, es definido por el capital, esto es: trabajo y salario para producir y comprar alimentos basura, viviendas basura (cuando las hay), ciudades basura, educación basura, salud basura, transporte basura, cultura basura, etc.

Así como no está demás preguntarse que quizás sea mejor ejercer directamente la soberanía popular en vez de seguir endosándosela a los profesionales de la política que terminan usándola para sus propios intereses, tampoco está demás pensar si se hace bien cuando se reducen los objetivos gremiales a luchas por más empleo y más salarios, sobretodo en el contexto de un modo de producción y de vida que nos hace basura a la vez que horada las bases naturales de nuestra propia existencia.

Una fuerza político-social más abierta puede – y debe- relacionar directamente y asumir las reivindicaciones de los trabajadores y de los movimientos sociales y ciudadanos; y no para subordinar unas a otras o postergar algunas para un incierto futuro posterior a la construcción de la nueva sociedad. No, no. Si finalmente, como hemos mostrado, se trata de una misma reivindicación fundamental (un nuevo modo de vida), lo correcto es contribuir a radicalizarlas: ir más allá del “mejor empleo” y el “más salario”, más allá de las luchas por “la inclusión”, “la igualdad de derechos” o el “cuidado del medio ambiente””, etc. Hay que llevarlas al campo de la emancipación, al campo de la lucha por la libertad sustantiva, que implica luchar por hacernos del control de nuestras necesidades colectivas y construir los arreglos sociales que permitan definirlas, jerarquizarlas y satisfacerlas de acuerdo a los fines de los propios productores, o lo que es lo mismo, distribuir y asignar el trabajo social y el tiempo libre de acuerdo a los fines de los propios trabajadores. Y también sin duda, aprovechar y potenciar las formas democráticas de acción que caracterizan a muchos de los nuevos movimientos sociales, sus prácticas y métodos organizativos que -en apariencia pre políticos- anuncian la política del futuro.

Así pues, el hecho elemental de la existencia de seres vivientes cuyo imperativo es su reproducción, y por ello, la producción de sus condiciones materiales y simbólicas de existencia, hace ineludible la perspectiva de la centralidad del trabajo, del trabajo como praxis constitutiva de la sociedad. Pero ese trabajo “en general” en el capitalismo se vuelve específico y único: es puro tiempo de vida consumido -en la producción y fuera de ella- por el capital para sus propios y exclusivos fines. Y precisamente porque dicha praxis ha sido totalmente subordinada al capital, el terreno del trabajo sigue siendo un campo de batalla entre el modo de vida del capital y un modo de vida emancipado de su tutela.

20 de abril de 2017.

(*) Estas ideas ya han sido presentadas (ver: “Movilizaciones estudiantiles. Anticipando Futuro” en Educação em Revista, Marília, v. 14, n. 1, p. 7-20, Jan.-Jun., 2013;

http://www2.marilia.unesp.br/revistas/index.php/educacaoemrevista/article/view/3294/2552).

En esta ocasión algunos párrafos han sido reformulados sustantivamente.

(**) Investigador independiente; profesor a tiempo parcial de la USACH y UMCE.

Un comentario sobre “Trabajo, vida y política

  • el 07/08/2017 a las 02:32
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    cro., la sociedad se comprende mejor con categorias explicativas (ya Sean Sociologicas, economicas, etc., bien, reza la teoria marxista resumidamente es: en ultima instancia de determina la economia, , yo creo que finalmente es el nicho ecologico ysus ritmos donde descansa la economia , gracias.

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