Crisis de representación popular: oportunidad para tomar la bandera de la reconstitución de nuestro pueblo

Grupo de Trabajadores/as Concepción

Las y los trabajadores de este país estamos en uno de esos momentos en que debemos dar un paso hacia adelante, o retroceder en ámbitos que habíamos empezado a andar.

Si asomamos nuestra mirada en nuestra historia como pueblo, nos daríamos cuenta que es muy difícil, o casi imposible, encontrar otro momento con las mismas particularidades existentes. Estamos ad- portas de una nueva gobernanza estructural, en la que muy poco tendrá que ver la administración política de turno. El empresariado neoliberal, que son los reales directores de las políticas estratégicas, se reacomodan – no sin dificultades – para asentar su hegemonía, que desde el golpe del 73 no tiene contrapeso.

Estamos asistiendo al descrédito institucional, en que la corrupción en los aparatos estatales, y también empresarial, les explota en la cara a los agentes defensores de su modelo político-económico-cultural. Esta crisis, que puede devenir en crisis de régimen, tiene su correlato en las organizaciones sociales construidas en contextos políticos y sociales distintos al actual, mostrándonos a plena luz su desmoronamiento como representantes genuinos de los intereses y demandas históricas largamente postergadas y/o desviadas. La CUT es la evidencia más palpable de lo anterior, pero también lo son las federaciones de trabajadores públicos que alimentan la CUT, los sindicatos incapaces de dar salida al problema de la vida de sus asociados, las federaciones estudiantiles centralizadas burocráticamente en la CONFECH, CONES, Centro de Alumnos, etc.

Hoy asistimos a una crisis estructural del sindicalismo tal y como se conoció durante casi todo el siglo XX. Esta crisis la podemos encontrar en la combinación de dos procesos que son concomitantes: i) las transformaciones estructurales de la clase trabajadora, la caída de los salarios y la implantación casi generalizada de la precariedad laboral; ii) la fragmentación y la invisibilidad política de los trabajadores, cuya implantación se inaugura con el Golpe, pero que sin duda se profundiza conscientemente una vez asumidos los gobiernos que se dicen democráticos. A lo anterior habría que sumarle la dificultad que existe para desarrollar el movimiento sindical en las pequeñas empresas. Nos encontramos con una crisis estructural del sindicalismo, auspiciada no solo por las políticas neoliberales y el capitalismo financiero, sino también por la pésima gestión y la corrupción existente en las grandes organizaciones de trabajadoras y trabajadores.  

Desde la perspectiva anterior, ya no se trata de reparar la fractura de estas anquilosadas organizaciones debido a la gangrena de la corrupción que está instalada en la médula de la columna de las y los trabajadores. Tampoco significa desahuciarla de buenas a primera, pues hay que reconocer que ese viejo sindicalismo no se ha ido todavía, no obstante, que el nuevo aún no llega. Debemos tomar nota de que la clase trabajadora hoy se encuentra profundamente fragmentada y dispersa, con la mayoría con trabajo precario, con una patronal fortalecida por años de hacer lo que se le viene en ganas, y con los viejos partidos tradicionales que se arrogaban la representación de la clase, vaciados de esa condición.

En otro orden de cosas, la riquísima experiencia de resistencias iluminadas por las barricadas en las poblaciones, enfrentando a la dictadura, las fueron apagando en la medida que el dictador envejecía. Las juntas de vecinos inauguradas al calor de las Tomas de Terrenos y construcción de las poblaciones periféricas, se transformaron – con la llegada de las administraciones neoliberales – en anexos sin vida, reactivadas cada cierto tiempo según la conveniencia o no de alcaldes de turno.

Por otra parte, la apertura de entusiastas movilizaciones que, con altibajos no han cesado desde la primera parte del 2000, ha dado luz a agrupamientos sociales novedosos, al límite de la legalidad neoliberal. Los estudiantes secundarios agrupados en las ACES inauguraron dinámicamente formas organizativas que permitieron poner en tela de juicio la concepción neoliberal de educación implantada atendiendo a la ideología individualista del sistema. De forma casi instintiva, nuestros niños y niñas, rescatan métodos horizontales de discusión, de conducción y resolución que han sido propios de momentos álgidos de la lucha del movimiento popular. De ahí la necesidad de diagnosticar el estado en que se encuentra la CONFECH, que no ha sabido canalizar, en dinámica, ese vendaval estudiantil de sus hermanos menores.

Venimos de, a lo menos, tres derrotas sucesivas: la reforma a la educación secundaria, la reforma a ley de carrera docente durante el 2015 y recientemente la implementación forzada de una gratuidad que es solo discursiva. En educación superior se corre el serio riesgo de que la reforma sea la perpetuación de la educación neoliberal. En este escenario, es evidente la ralentización que está sufriendo la CONFECH. Hoy, no tiene el mismo dinamismo que exhibió el 2011. Su forma, su composición y discurso no es capaz de sobreponer lo logrado en un momento dado. Quizá sea por su incapacidad de despegarse de añejas fórmulas copiadas de la organización parida en el siglo pasado. O tal vez, la idea de conducción centralizada y las llamadas “bases” no se retroalimentan apropiadamente para entender desde dónde elaborar su estrategia. Lo cierto, es que hoy la CONFECH es parte de la crisis organizacional que estamos sufriendo, y en los hechos, cuesta comprender el real alcance que tiene entre los estudiantes sus resoluciones y sus emplazamientos.

Nuestro balance histórico debe contener el análisis de lo realizado recientemente por las nuevas camadas de luchadoras y luchadores, que acumulan una experiencia riquísima y fresca para continuar la lucha emprendida en el contexto de un neoliberalismo afianzado y maduro, en constante reacomodo. Pero también, la actual crisis de representación popular nos interpela a tomar la bandera de la reconstitución de nuestro pueblo considerando la multisectorialidad ya vislumbrada en los cordones industriales y comandos comunales, en las experiencias poblacionales de los ochenta en que estudiantes y pobladores se amalgamaban para resistir al Dictador. Significa también, una política de reagrupamiento en todos los ámbitos, atendiendo la transversalidad de las demandas que establecerían el tipo de organización apropiada. El pueblo que se está constituyendo ha dado pasos en ese sentido. Freirina, Aysén, Magallanes, Chiloé, organizaciones sindicales que han desbordado el centro laboral y las formas legales, el movimiento NO más AFP, y un largo etc, son ensayos, y forman parte de las primeras respuestas para pensar un instrumento capaz de arrancar victorias en la confrontación directa con el capital. Este primer apronte de nuestro pueblo que tiñe todos los sueños de organización y constitución popular, vislumbra en la imaginación de muchos, una forma de encarar también la nueva sociedad, en que las y los productores somos a la vez las y los constructores de nuestra vida presente y futura.

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