La maternidad debe ser una opción y no una obligación: por un aborto libre, seguro y gratuito

Mesa feminista, Convergencia 2 de abril.

El aborto es, ante todo, el proceso médico mediante el cual se pone fin a un embarazo no deseado. Sin embargo, a este procedimiento médico le han sido asociadas una serie de valoraciones ideológicas que han terminado por comprender al aborto como un acto reprochable en términos morales, negando así la posibilidad ética de que las mujeres podamos libremente escoger ser madres, perpetuando la noción según la cual nuestra vida está, en último término, determinada por el hecho de tener útero.

Este es el caso de Chile, un país en donde el aborto está prohibido en términos absolutos, incluso si la mujer está en riesgo de muerte. Esta restrictiva normativa es producto de las reformas legales elaboradas al término de la Dictadura de Pinochet, donde se termina por prohibir la realización de abortos terapéuticos, los cuales estaban, hasta ese entonces, permitidos por la ley chilena. En este sentido, podemos decir que la prohibición absoluta del aborto es otra limitación de dignidad más que nos dejó la Dictadura, y que no fue modificada ni cuestionada por los gobiernos de la transición hasta la presentación del Proyecto de Ley de interrupción voluntaria del embarazo en tres causales.

Este proyecto de ley presentado por el gobierno de la Nueva Mayoría el 31 de enero de 2015 (Boletín 9895-11) tuvo como objetivo despenalizar la interrupción voluntaria del embarazo en las siguientes causales: i. peligro para la vida de la mujer, ii. inviabilidad del feto de carácter letal y iii. embarazo por violación; es decir, se exceptúan como conductas sancionadas por el tipo penal consagrado en el artículo 344 del Código Penal chileno, dichas 3 situaciones, a saber, las más extremas.

Luego de haber sido aprobado en general por el Senado, se rechazó en la Cámara de Diputados una de las indicaciones realizadas al proyecto, razón por la cual actualmente ingresó en Comisión Mixta para ser rediscutido. En la discusión parlamentaria se agregaron aún más obstáculos para el acceso de las mujeres que se encuentran en estas situaciones a la prestación que se supone les entrega esta nueva normativa. Ejemplos de estos obstáculos son la obligación impuesta al equipo médico en la tercera causal (embarazo por violación) de denunciar al Ministerio Público el delito; o la ampliación de la objeción de conciencia a todo el equipo médico; estos dos obstáculos se agregaron en la Comisión de Constitución del Senado. No siendo suficiente este desmembramiento de un proyecto ya insuficiente, la discusión en el Senado, y luego en la Cámara de Diputados, demostró un nivel del debate absolutamente mediocre, agresivo, humillante y degradante para las mujeres de nuestro país; en fin, nos demostró lo que ya sabíamos, que el machismo expresado en forma de conservadurismo está más presente que nunca en el órgano encargado de generar las normas que determinan nuestras vida.

A pesar de las críticas que podamos hacer a la forma en que se dio la discusión en el Congreso, no podemos perder de vista la insuficiencia del proyecto desde su nacimiento. Mientras que el Proyecto de Ley limita la decisión de la mujer a ciertas circunstancias extremas, la demanda por un aborto legal comprende que la decisión sobre su vida radica únicamente en la mujer, y no depende de la situación en que ella se encuentre; así, el Proyecto de Ley finalmente desconoce la voluntariedad de todo embarazo. De esta manera, aunque el proyecto pretende permitir el aborto en ciertas circunstancias específicas, en realidad no viene a cuestionar, de fondo, la prohibición del aborto. Por lo tanto, el proyecto termina por ser una reafirmación de que nuestro cuerpo existe en función de valores ajenos a nuestra propia autodeterminación, pues se considera que decidir o no ser madres es una elección que puede darse en casos sumamente particulares.

Otro punto relevante a considerar es cómo este se convirtió en un proyecto de ley emblema para el actual gobierno de la nueva mayoría y específicamente del Partido Comunista, quienes hoy ven en riesgo su aprobación. Este gobierno se ha caracterizado por impulsar una serie de proyectos en torno a la violencia machista que desde un enfoque liberal promueven la adquisición de derechos de la mujer y le permiten así pasar de manera más estable al mundo laboral. Es por esto último que no nos debería sorprender que un nuevo gobierno de derecha no desapruebe la legislación del aborto: el actual conservadurismo que se muestra en torno al proyecto podría distar de un compromiso real con la demanda “pro vida”, pero englobarse en una estrategia electoral que le permita acercarse a un electorado conservador y por ende a sus votos.

Ahora bien, aún cuando el aborto está prohibido en todo caso, es de público conocimiento que hoy en Chile sí se aborta. Lo que ha logrado esta prohibición es que la práctica casera del aborto se lleve a cabo de manera clandestina y en condiciones sumamente precarias. De hecho, un procedimiento mal realizado o en malas condiciones sanitarias expone a las mujeres a infecciones o incluso a la muerte. Esta circunstancia inevitablemente demuestra un conflicto de clase, pues las mujeres que tienen los recursos para realizarse un aborto en clínicas privadas no se verán sujetas a los riesgos que deben enfrentar aquellas mujeres que no tienen el dinero para realizarse un aborto en condiciones óptimas para su salud. Esta es la realidad de un país que proclama ser indiferente a los sexos, al determinar que hombres y mujeres son iguales, pero que evita actuar frente a situaciones que ponen en peligro concreto a las mujeres de nuestro país; y en particular, a pobres y trabajadoras.

La demanda por un aborto seguro en Chile no es nueva. Ya en la primera mitad del siglo XX el MEMCh demandaba la emancipación biológica de la mujer, entendiendo que la maternidad debía ser una opción y no una imposición, comprendiendo como aspectos esenciales para esta posibilidad la regulación del aborto clandestino y la discusión sobre métodos anticonceptivos. Sin embargo, el MEMCh comprendía que la emancipación y liberación de la mujer requería de una serie de transformaciones para su realización. Así, comprendían al movimiento feminista como uno que debía llevar adelante un programa global de transformación de la sociedad.

Hoy, es necesario mirar la historia del movimiento feminista chileno para poder comprender que la demanda por el aborto es necesaria, pero que no puede bastarse como una demanda transformadora en sí misma, sino que debe ser parte de un programa feminista que cuestione, desde los cimientos, la realidad de la mujer chilena y latinoamericana. Esto, pues el aborto puede ser comprendido desde una óptica liberal, como lo ha hecho el actual gobierno, sin propender a la transformación de la sociedad toda. Es por esta razón que no llama la atención que la derecha más progresista no parezca tener grandes problemas con su aprobación. En este sentido, la lógica de la propiedad sobre el cuerpo no necesariamente cuestiona la complejidad de las lógicas patriarcales sobre las cuales está construida nuestra sociedad.

Aún cuando la construcción de un programa feminista está en desarrollo, y por cierto, debe surgir del movimiento popular de mujeres, consideramos que para que la demanda por un aborto seguro, gratuito y legal tenga una real potencialidad transformadora, ésta debe estar acompañada de un cuestionamiento profundo a la comprensión de que la reproducción -en un sentido amplio, es decir, tanto la biológica (el hecho mismo de parir) como la material (la crianza de los hijos y el sostenimiento del hogar)- es una cuestión privada.

Hoy, la política cotidiana gira en torno a aquello que tradicionalmente se ha entendido por público, a saber, aquellas cuestiones que ocurren desde la puerta del hogar hacia fuera. Por cierto, han existido esfuerzos estatales por inmiscuirse dentro de lo que ocurre en el ámbito del hogar, sin embargo, estos no han tenido la pretensión de cuestionar la forma en que la reproducción de la vida se lleva a cabo. De esta manera, aún en el siglo XXI, la reproducción se comprende como una función que pertenece a la dimensión privada y que debe ser desempeñada, en su gran parte, por la mujer. Esta afirmación niega que la producción de seres humanos que se lleva a cabo en el seno del hogar es el origen y punto de arranque de la sociedad en su conjunto.

Al considerar que la reproducción social es una función privada, que debe ser realizada por la mujer o madre del hogar, se naturaliza el trabajo que realizan las mujeres, invisibilizando lo fundamental que es la crianza y educación de las personas, eslabón esencial para cualquier otra forma de producción. Debido a esta naturalización del trabajo reproductivo, las mujeres no reciben un salario, y por ende, son muchas veces económicamente dependientes de sus maridos o parejas, lo cual dificulta y muchas veces evita la posibilidad de desarrollar vidas libres y autónomas. Para aquellas mujeres que son trabajadoras de hogar y, a su vez, trabajadoras dependientes, la jornada laboral es doble, pues al mismo tiempo, están sujetas al ámbito patriarcal del mundo laboral, con menores sueldos, abusos y acosos sexuales, discriminación por embarazo, entre tantos otros.

Es vital cuestionar la forma en que concebimos la reproducción social, pues esta existe -en la generalidad de los casos- a costa de las mujeres, de manera gratuita y esencializante; pues sólo así la demanda por un aborto seguro, gratuito y legal tendrá un potencial verdaderamente transformador. El derecho a decidir sobre nuestro cuerpo y sobre nuestra vida debe ser comprendido como condición de posibilidad para abandonar la comprensión de la mujer como relegada al espacio de la reproducción social. Al mismo tiempo, permite revalorizar esa dimensión de la realidad social como ámbito esencial para el normal desarrollo de la sociedad. En la medida en que seamos capaces de enmarcar esta demanda en un cuestionamiento estructural del sistema capitalista patriarcal, es que podremos darle a ella un horizonte revolucionario.

En el último tiempo el movimiento feminista ha logrado responder de forma activa a los casos de violencia machista y ha tenido un rol primordial en poner la temática sobre la palestra. No ha podido, sin embargo, generar orgánicas fuertes que le permitan avanzar de manera activa y no sólo reaccionar. El movimiento feminista necesita robustecer y lograr una coordinación que promueva el amplio debate estratégico y la coordinación táctica, es la lucha activa, conjunta y crítica la que nos permitirá seguir avanzando.

En un escenario de especial reconstitución popular, la lucha por la recuperación de los derechos sociales, el reivindicar nuestro derecho a la autodeterminación y soberanía sobre nuestros cuerpos, no es más que el inicio de la recuperación de la vida en sus diferentes expresiones: trabajo, vivienda, salud, educación; en fin, dignidad.

El embarazo provoca transformaciones físicas y psicológicas, nuestro cuerpo no vuelve a ser el mismo. Es por esto que, como mujeres, debemos poder decidir si queremos vivir esos cambios y si queremos criar a una hija o hijo, con todas las consecuencias físicas, económicas y personales que significa la crianza. La maternidad debe ser una opción y no una obligación.

Nos enfrentamos a una coyuntura especial, estuvimos ad portas de obtener una ley que se limita a despenalizar el aborto tres causales. Ante esto, nosotras sostenemos que existen infinitas razones para abortar y ninguna es cuestionable. Si decidimos abortar, deben existir las medidas necesarias para que ello no signifique poner en peligro nuestra vida. Es por esto que, si se va a legislar sobre aborto, el primer paso es que se nos deje de criminalizar cuando la causal que escojamos no se ajuste a sus estándares morales; si se va a legislar, las instituciones deben responsabilizarse y disponer protocolos de apoyo, a través de un equipo interdisciplinario en salud para resguardar a las mujeres que quieran o deban abortar, con el necesario financiamiento, seguimiento psicológico y, sobre todo, con el cuidado y la voluntad de la mujer como foco.

Si ello no ocurre, seguiremos abortando en nuestras casas, con nuestras amigas, generando nuestras propias redes de apoyo y confianza, porque no permitiremos que se criminalice nuestro destino. Ante el machismo expresado en indiferencia o conservadurismo, nosotras respondemos con organización y autogestión, porque sabemos que no estamos solas, nos tenemos la una a la otra. El capitalismo patriarcal nos ha relegado al ámbito de la reproducción, define todos los ámbitos de nuestra vida, incluso determina qué ocurre con nuestros cuerpos, pero no nos ha arrebatado la esperanza que habita en la compañera. Así respondemos a sus intentos de limitar nuestra existencia: con organización feminista revolucionaria, que ponga en el centro el reconocimiento de nuestro trabajo y nuestras vidas. Seguiremos abortando, seguiremos construyendo espacios protegidos para comenzar a decidir juntas el curso de nuestras vidas; en fin, seguiremos quitándole terreno al capitalismo patriarcal.

¡Aborto libre, seguro, gratuito y legal!

¡Por la soberanía de nuestros cuerpos y de nuestras vidas!

 

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