Crónicas del día de las víctimas de la violencia policial

Por Javier Pineda

Tarde fría a los pies del Cerro Huelén. Militantes, artistas y familiares de los jóvenes víctimas de la violencia policial vamos reuniéndonos en la plaza de Miraflores con la Alameda, a un costado de la Biblioteca Nacional. Los Carabineros no respetan nada. Un furgón policial a metros del escenario y Fuerzas Especiales haciendo ronda alrededor, realizando controles de identidad a diestra y siniestra. En Dictadura se utilizaba la detención por sospecha: hoy se utiliza el “control de identidad preventivo” para amedrentar e identificar a luchadores sociales.

Parte la actividad. Magally, Vocera de la Coordinadora de Padres y Madres movilizados por la defensa de la Educación Pública, y Bárbara, Vicepresidenta de la FECH, dan la bienvenida y nos recuerdan el motivo del acto cultural: la conmemoración del día de las víctimas de la violencia policial.

Parten los primeros números musicales, para luego dar paso a las palabras de Miguel Fonseca, Coordinador de la Agrupación de Víctimas de Violencia Policial. Se remonta a los días 24 y 25 de agosto. El movimiento estudiantil se transformaba en movimiento social y no sólo los estudiantes se movilizaban. Trabajadores y pobladores también lo hacían. Los más viejos dirían que no habían visto similares protestas desde la Dictadura. Los pobladores de la Jaime Eyzaguirre no serían ajenos a estas movilizaciones. La noche del 24 de agosto pobladores saldrían a las calles a encender barricadas y defender sus derechos. Esto provocaría la ira de los Carabineros, fieles perros del patrón. Miguel Millacura, Cabo segundo asignado para reprimir a los manifestantes, desenfundaría su Uzi – arma de guerra – para disparar en contra de los pobladores. Uno de los disparos a mano salva – eufemismo para decir que disparaba a cualquier lado – iría a alojarse en el corazón de Manuel Gutiérrez, niño de 16 años que acompañaba a Gerson, su hermano, para ver las protestas. Manuel caería inmediatamente al suelo sin vida. El carabinero cobarde se escondería. A pesar de la complicidad de sus compañeros, Miguel Millacura sería identificado.

Sin embargo, la impunidad de las fuerzas policiales que atacan al pueblo es ley. No son tratados como cualquier “ciudadano”. Tienen un estatuto privilegiado denominado Código de Justicia Militar. Las fuerzas policiales no cometen homicidio: sólo “uso excesivo de la fuerza con resultado de muerte”. Aun cuando se determinó la culpabilidad de Miguel la pena no superó los 3 años y 1 día. Esto le permitiría una pena remitida, sin pisar la cárcel. Esto nos demuestra un derecho penal de clase, donde matar pobres no importa. La pena hubiese sido mayor para el culpable si a Manuel lo hubieran asaltado en lugar de matarlo. En nuestro país la propiedad vale más que la vida. Mientras Miguel Millacura camina hoy libre por las calles de nuestro país, la familia de Manuel Gutiérrez sigue clamando y alzando su voz exigiendo justicia. En memoria de Manuel cada 25 de agosto, desde el año 2016, se conmemora el día de víctimas de la violencia policial.

Historia similar pero en otras latitudes es la de José Vergara. Su padre, Juan, viajó más de 20 horas en bus desde las pampas de Alto Hospicio para contarnos su testimonio. José padecía esquizofrenia. Cuando se descompensaba, su padre acostumbraba llamar a Carabineros para solicitar ayuda. Hizo lo mismo un día 13 de septiembre del año 2014, sin embargo, a diferencia de otras ocasiones, José nunca más volvería. Su padre nos dice que José habría sido golpeado hasta quedar inconsciente y luego habría sido enterrado en algún lugar del desierto o bien lanzado a algún pique minero que suelen tener más de 100 metros de profundidad. Los carabineros implicados serían Carlos Valencia Castro, Ángelo Muñoz Roque, Abraham Caro Pérez y Manuel Carvajal Fabres. Tal como acostumbraban hacer sus colegas en tiempos de dictadura, tienen un pacto de silencio para no revelar el paradero de José. Dicen que lo abandonaron en buenas condiciones en el desierto. Sin cuerpo el delito es de secuestro calificado. Si hubiera cuerpo el delito sería secuestro con resultado de muerte, delito con una pena mucho mayor.

En un principio, las autoridades manifestaron su apoyo. Sin embargo, pasado el tiempo los dejaron abandonados. Promesas desechas. Su padre continúa la búsqueda. Lo único que espera es encontrar el cuerpo para dar el sepulcro que su hijo merece. Lamenta que aquellos que están supuestamente destinados a “proteger” a la población terminen asesinando, y no sean capaces de aportar antecedentes sobre el paradero de José. Nos dice que el Estado siempre pisotea a los pobres. Que siempre pisotea a los obreros. Pero agradece la solidaridad y levanta su voz para decir que seguirá buscando a su hijo cueste lo que cueste. Este año José tendría mi misma edad: 25 años.

Desde Parral escucharíamos el testimonio de los familiares de Luciano Villanueva, otra víctima de la violencia policial. Luciano era un joven de 20 años que vivía con sus padres en la ciudad de Parral. En la noche del 9 de noviembre de 2014 Luciano rompería el vidrio de su vecino con quien habría tenido un altercado. Esta vecina llama a Carabineros, quienes llegarían al domicilio para detener a Luciano. Este ofrece resistencia para no ser detenido, dándose media vuelta para intentar entrar a su casa. En ese intertanto el sargento segundo Juan Morales Cortés, a menos de 2 metros de distancia, le dispara a quemarropa matándolo en ese preciso momento. A Mauricio, su hermano, aún se le quiebra la voz para contar la historia. Nos dice que recién después de 3 años es capaz de contar la historia sin ponerse a llorar. La bala no solo mató a Luciano: también dio de lleno en el corazón de sus familiares. No es capaz de comprender como un Carabinero podría dispararle y asesinar a un joven que nada hacía. Dice que el suicidio a veces pasa por la cabeza de su familia, se vuelve en una buena solución para dejar de sufrir un poco. Mientras el Carabinero caminaba libremente por las calles de Parral su familia caminaba por las mismas calles para dirigirse al cementerio a dejarle flores a Luciano. La impunidad hace más intenso el dolor. Manifiesta sus agradecimientos por los asistentes, pero al mismo tiempo manifiesta su descontento por tan escasa asistencia. Le sorprende que la plaza no esté llena, cuando existen miles de pobres y marginados pisoteados por el Estado y que son víctimas día a día de la violencia policial.

La violencia policial no es una cuestión aislada y estos testimonios son una muestra de los cientos casos en nuestro país. Los detenidos desaparecidos no son cuestión de Dictadura. Las ejecuciones políticas tampoco. José Huenante, Alex Lemún, Matías Catrileo, Jaime Mendoza Collió y cuantos hermanos más siguen sin justicia. La impunidad es regla general. Las y los pobres, inmigrantes, estudiantes secundarios y universitarios siguen sufriendo la violencia policial, que ya se ha naturalizado y es parte del día a día. También lo sufren los mapuche, los pobladores, los trabajadores. Siempre hay balas locas que se incrustan en el corazón del pueblo, para llevarse inocentes y luchadores sociales.

Aunque seamos pocos, persistimos en conmemorar a nuestros caídos. La lucha cotidiana es nuestro homenaje y no pararemos hasta que se haga justicia y no haya más impunidad.

En el acto por el día de las Víctimas de la Violencia Policial, tal como nos decía Jacqueline Gutiérrez, hermana de Manuel, alzamos nuestras voces para pedir justicia, para exigir dignidad. Manuel, Luciano, José y todos nuestros asesinados y detenidos desaparecidos, en dictadura y en “democracia”: ¡PRESENTES!

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