A 44 años del Golpe: Por Tamara, Gloria y todas nuestras caídas, cuestionemos la noción de hombre nuevo y construyamos una estrategia revolucionaria para vencer

Por Laura Dragnic e Irune Martínez, militantes Mesa Feminista Convergencia 2 de Abril

 

Hace 44 años nos arrebataron por la fuerza las esperanzas que nuestro pueblo había depositado en un proyecto colectivo que prometía avanzar en la construcción de una sociedad nueva. Ese 11 de septiembre, nos quitaron compañeras y compañeros que habían puesto su vida a disposición de un proyecto de sociedad colectivo, que pretendía poner a la libertad y dignidad como pilares esenciales de la vida social. Luego de ese día, cientos de otros y otras rebeldes fueron torturadas, desaparecidas y asesinadas para lograr la instauración de un modelo de miseria, que continúa hoy violentando a nuestro pueblo.

El desafío de reconstrucción de una memoria colectiva y combativa continúa hoy siendo uno de los más importante de nuestra izquierda. Ahora, ¿cómo hacemos que esa reconstrucción sea una que comprenda las particularidades de aquellas revolucionarias mujeres y disidentes que lucharon en un contexto marcado fuertemente por las relaciones patriarcales que se replicaban en los espacios de resistencia? Esa, creemos, es la pregunta que debemos hacernos para sacar de este doloroso proceso los aprendizajes que nos permitan avanzar en el sentido correcto. Con la reconstrucción de una memoria feminista avanzaremos en el camino de retomar los sueños que les fueron arrebatados a nuestras caídas, que no eran otros que los sueños de nuestro pueblo. En definitiva, sólo ésta forma de comprender nuestra historia nos permitirá construir la estrategia revolucionaria que nos permitirá vencer.

En ese sentido, sostenemos que la reconstrucción de una memoria feminista no pasa únicamente por la visibilización de las compañeras que entregaron su vida por la causa revolucionaria, sino que requiere de una comprensión crítica de la forma que ha adquirido la militancia en períodos de resistencia en latinoamérica y cómo ella ha reproducido las relaciones patriarcales a las cuales se han visto sometidas históricamente las mujeres. Así, creemos que el conflicto más relevante dice relación con lo que se ha comprendido por moral revolucionaria y con el ideal del hombre nuevo, en cuanto son incapaces de dar cuenta de las realidades de las mujeres y disidentes que participaban de la construcción de un proyecto revolucionario.

El concepto de hombre nuevo ha sido una de las nociones vinculadas a la moral revolucionaria más utilizadas y difundidas dentro de la izquierda latinoamericana. La idea de hombre nuevo tiene como pretensión mostrar que es posible y necesaria, la prefiguración de la realidad por la cual estamos luchando -una sociedad comunista- en el individuo. En este sentido, se considera que el revolucionario debe buscar modificar los valores que encarna naturalmente -en tanto es producto de la sociedad que pretende cambiar- cambiándolos por valores que sean compatibles con la sociedad que quiere alcanzar. Esta idea está fuertemente influenciada por la comprensión histórica de la figura del hombre, pues los valores que encarna el hombre nuevo están relacionados con la construcción de un sujeto revolucionario que viva en función de la colectividad y el proyecto socialista, que sea capaz de abandonar su vida privada en función de trabajar íntegramente por la revolución. En este sentido, el hombre nuevo es propiamente una figura heróica, un sujeto que arriesga la propia vida por la acción política.

En términos concretos, este concepto no da cuenta de la vida de las militantes revolucionarias en el período de resistencia a la Dictadura. A pesar de que algunas organizaciones revolucionarias propiciaron la participación política de mujeres, como fue el caso del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), ello no se tradujo en una distribución equitativa de cargos de responsabilidad o de dirección política. A pesar de que las militantes de organizaciones políticas revolucionarias encontraron en el periodo de la Unidad Popular un momento propicio para hacerse parte de proyectos de construcción colectiva, su participación se limitó a cargos medios y trabajo de base, sin tener acceso a cargos de poder. Las labores ejercidas por las militantes mujeres de las organizaciones de izquierda, por regla general, se correspondían con aquellas históricamente asociadas al rol de género entregado a la mujer en este sistema capitalista patriarcal, a saber, labores de carácter administrativo, apoyo logístico, propaganda o enlace con otros actores políticos. Esta relegación a cargos de menor responsabilidad tuvo una variación no muy significativa en los primeros años de la Dictadura, pero la razón de dicho cambio no fue, en sentido alguno, un mayor reconocimiento a la labor realizada por las compañeras mujeres o un intento por subvertir los roles históricamente asignados a ambos géneros. De hecho, fue la represión militar contra las cúpulas masculinas de las organizaciones en resistencia la que abrió paso a la coyuntura que permitió que algunas militantes comenzaran a ejercer labores de liderazgo, toda vez que generó un vacío de poder de facto. Esta situación no se mantuvo por mucho tiempo, pues una vez que se reorganizó la resistencia, rápidamente volvieron a ser los hombres los que ocuparon esos cargos de responsabilidad, volviendo las mujeres a las labores de ayudistas o retaguardia.

Esta distribución de las tareas, determinada profundamente por los roles de género configurados a partir de las relaciones patriarcales, se veía de forma aún más evidente en la cotidianidad de la clandestinidad. En las casas clandestinas, todo el trabajo reproductivo era realizado por las militantes mujeres; no sólo el trabajo doméstico, sino que también el trabajo afectivo y de cuidado de los militantes hombres estaba a cargo de ellas. Esta situación llegó, incluso, a exigencias relativas a favores sexuales, según cuentan algunos relatos. Dicho trabajo no fue valorado en sentido alguno por las organizaciones, todo lo contrario, se naturalizaba como parte de aquello que le correspondía esencialmente a las compañeras. El tener a su cargo tan importantes labores, por supuesto, no las relevó de aquellas tareas “propias del militante”, como lo era ser parte de la organización y, en algunos casos, de la ejecución de acciones directas de resistencia; en palabras simples, en la mañana servían el desayuno, luego participaban en los operativos y, por la tarde, barrían y servían la cena. Así, la vida militante de aquellas mujeres que se entregaron a la causa revolucionaria no fue ajena a los roles de género que les imponía la sociedad; en algunos casos, incluso, se vieron sometidas a ellos con una intensidad mayor.

Las experiencias de estas militantes de la organizaciones revolucionarias evidencian cómo la concepción de moral revolucionaria vinculada al hombre nuevo no contiene en sí la necesaria reflexión feminista de la vida militante. Por un lado, porque la noción misma hace referencia -exclusivamente- a la figura del hombre, dejando fuera a las muchas e importantes mujeres militantes de la izquierda revolucionaria. Ahora bien, podría argumentarse que la mención al “hombre”, y no así a la “mujer”, no tiene intención política real, pues el concepto de hombre es utilizado de manera neutra para referirse a la humanidad. Sin embargo, como quedó evidenciado en el párrafo anterior, la realidad histórica nos ha demostrado que aún en las organizaciones con intención revolucionaria, las mujeres han sido relegadas forzosamente a la dimensión de la vida privada, manteniéndose los militantes masculinos en los espacios de poder y responsabilidad política. Lo anterior es problemático no solamente por la imposición de roles de género estereotipados, que niegan el desarrollo autodeterminado de mujeres y hombres en distintos espacios de la vida política, sino que también porque el valor del trabajo social reproductivo es absolutamente oscurecido. El sostenimiento de las organizaciones políticas -lo cual incluye desde la crianza colectiva de hijas e hijos de militantes hasta la producción activa de alimento y el cuidado afectivo del grupo militante- fue vital para la posibilidad de desarrollo de organizaciones con proyección estratégica. De no ser por la realización de dichos trabajos, las organizaciones revolucionarias en resistencia habrían tenido una corta vida.

Por otra parte, el concepto de hombre nuevo tiene una deficiencia política sumamente relevante desde una perspectiva estratégica, pues el ámbito privado de la vida, que se encuentra circunscrito -en gran medida- al ámbito de la reproducción social, queda relegado como una dimensión de la vida “no política”. El punto no es solamente valorar subjetivamente este conjunto de trabajos como necesarios para la mantención de la vida misma, sino que además -y sobre todo- comprender que la dimensión “privada” es profundamente política. La forma en que nos alimentamos, que nos relacionamos, que amamos, que criamos, es sustancial en la reflexión de la proyección de una vida nueva. Por lo tanto, toda moral revolucionaria debe contener dentro de sí la importancia y necesidad del ámbito de la reproducción social. Además, el concepto de hombre nuevo es uno que existe en plena sintonía con la masculinidades hegemónicas, las cuales valoran la agresión y la fuerza como cualidades necesarias para la realización de la revolución, desdeñando así la posibilidad de que otras personalidades -que pueden darse en cualquier ser humano- tengan incluso más potencialidad para el éxito de la revolución: la empatía, la sensibilidad, la conexión con la dimensión emocional, etc.

De esta manera, un concepto como el de hombre nuevo niega la posibilidad material de que las mujeres puedan constituirse como sujetas políticas relevantes, pues sólo los hombres -dada su situación de privilegio en las relaciones patriarcales- pueden darse el lujo de abandonar la vida por la revolución. Al mismo tiempo, dicho concepto oscurece el ámbito en que históricamente como mujeres hemos desarrollado nuestra vida política, invisibilizando su potencial revolucionario y negando su relevancia estratégica.

Como organizaciones políticas tenemos el deber de repensar críticamente la concepción tradicional de moral revolucionaria, y proyectar militancias que releven la importancia fundamental de todos los momentos del capital, tanto la dimensión “productiva” como aquellos espacios relativos a la reproducción social de la vida. Hoy, más que nunca, debemos apostar por una militancia feminista consciente de una tradición organizativa profundamente patriarcal que ha sido heredada en buena medida por nuestras organizaciones políticas, invitándonos a cuestionar activamente qué de aquello que decimos que pertenece al pasado, sigue aún vigente en las organizaciones de izquierda en las que militamos.

El mejor homenaje que podemos hacer las militantes revolucionarias a todas aquellas compañeras que nos arrebataron por la fuerza, es reconstruir su historia con perspectiva feminista, relevando su rol en la resistencia y comprendiendo las particularidades de su militancia en tanto mujeres y disidentes. Retomar su lucha hoy nos impone el desafío de construir una estrategia revolucionaria que se proponga transformar la realidad en términos globales, tarea imposible sin la integración del feminismo en nuestros análisis. En ese sentido, el objetivo de prefigurar una nueva sociedad no pasa por la construcción del hombre nuevo, sino por la elaboración de una ética revolucionaria comprensiva de las relaciones patriarcales y de una estrategia que se proponga vencer al capital en toda su extensión.

A 44 años del Golpe:

Por Tamara, Gloria y todas nuestras caídas, cuestionemos la noción de hombre nuevo y construyamos una estrategia revolucionaria para vencer.

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