La alternativa ecosocialista

El ecosocialismo es una estrategia de convergencia de las luchas sociales y ambientales contra el enemigo común, las políticas neoliberales.”

Por Michael Löwy. Traducido para Aurora Roja por Carlos Alberto

Texto publicado en la edición 48 de la revista Democracia Viva 

El actual modelo de desarrollo está en crisis. Es al mismo tiempo una crisis económica y una crisis ecológica. Ambas resultan del mismo fenómeno: un sistema que transforma todo – la tierra, el agua, el aire que respiramos, los seres humanos – en mercancía y que no conoce otro criterio sino que la expansión de los negocios y la acumulación de lucro. Las dos crisis son aspectos interrelacionados de una crisis más general, la crisis de la civilización capitalista industrial moderna.

El discurso hegemónico actual sobre el “desenvolvimiento sustentable”, que se manifiesta, entre otros contextos, en el proceso oficial de la [Conferencia] Rio+20, es incapaz de proponer alternativas efectivas, porque se sitúa en los límites impuestos por la economía de mercado, esto es, por las reglas del lucro, de la feroz competición y de la acumulación ilimitada, que son inherentes al sistema capitalista.

Los científicos nos previnieron: si continúa el business as usual, en el futuro próximo enfrentaremos desastres sin precedente en la historia humana. Lo que nos propone el Borrador Cero de la Rio +20 es un business as usual verde, una hija de “parra verde” para intentar esconder la desnudez de un sistema intrínsecamente perverso y destructor.

Hace algunos años atrás, cuando se hablaba de los peligros de las catástrofes ecológicas, los autores se referían al futuro de nuestros nietos o bisnietos, a algo que estaría en el futuro distante, dentro de cien años. Ahora, los procesos de devastación de la naturaleza, de deterioración del medio ambiente y del cambio climático se aceleran a tal punto que no estamos discutiendo sobre un futuro a largo plazo. Estamos discutiendo procesos que ya están en curso. La catástrofe ya comenzó, esta es la realidad. Y realmente estamos en una corrida contra el tiempo para intentar impedir, romper, contener este proceso desastroso.

¿Cuáles son las señales que muestran el carácter cada vez más destructivo del proceso de acumulación capitalista en escala global? Lo más obvio y peligroso es el cambio climático, un proceso que resulta de los gases del efecto invernadero emitidos por la industria, por el agro negocio y por el sistema de transporte de las sociedades capitalistas modernas. Este cambio, que ya comenzó, tendrá como resultado no sólo el aumento de la temperatura en todo el planeta, sino la desertificación de sectores enteros de varios continentes, la elevación del nivel del mar, el desaparecimiento de ciudades marítimas – Venecia, Ámsterdam, Hong-Kong, Rio de Janeiro. Una serie de catástrofes que se colocan en el horizonte dentro de –no se sabe – 20, 30, 40, esto es, en el futuro cercano.

La cuestión del capitalismo

Todo eso no resulta del exceso de población, como dicen algunos, ni de la tecnología en sí, abstractamente, o tampoco de la sola voluntad del género humano. Se trata de algo muy concreto: las consecuencias del proceso de acumulación del capital, en particular, en su forma actual, de la globalización neoliberal bajo la hegemonía del imperio norteamericano. Este es el elemento esencial, motor de esa lógica destructiva que corresponde a la necesidad de expansión ilimitada – lo que Hegel llamaba de “mala infinitud” -, un proceso infinito de acumulación de mercancías, acumulación del capital, acumulación del lucro, inherentes a la lógica del capitalismo.

La cuestión ecológica es una cuestión del capitalismo. Para parafrasear una observación del filósofo de la Escuela de Frankfurt Max Horkheimer – “si usted no quiere hablar del capitalismo, es mejor no hablar del fascismo” -, yo diría también: si usted no quiere hablar del capitalismo, no sirve hablar del medio ambiente, porque la destrucción, la devastación, el envenenamiento ambiental son productos del proceso de acumulación del capital. Luego, la cuestión que se coloca es la de una alternativa, pero de una alternativa que sea radical. Las tentativas de soluciones moderadas se revelaron completamente incapaces de enfrentar ese proceso catastrófico. El llamado Tratado de Kioto está muy lejos, casi infinitamente lejos, del que sería el necesario, y, todavía así, el gobierno norteamericano, principalmente contaminador planetario, se rehúsa a asignar.

El Tratado de Kioto, en la realidad, propone resolver el problema de las emisiones de gases de efecto invernadero por intermedio del así llamado “mercado de los derechos de contaminación”. Las empresas que emiten más CO2 van a comprar de otras que consumen menos derechos de emisión. Eso sería “la solución” del efecto invernadero. Obviamente, las soluciones que aceptan las reglas del juego capitalista, que se adaptan a las reglas del mercado, no son soluciones, porque son incapaces de enfrentar la crisis ambiental, una crisis que se transforma, debido al cambio climático, en una crisis de sobrevivencia de la especie humana.

La Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Cambios Climáticos de diciembre de 2009 en Copenhague fue más un ejemplo clamoroso de la incapacidad – o de la falta de interés – de las potencias capitalistas para enfrentar el dramático desafío del calentamiento global. La montaña de Copenhague parió un ratón, una miserable declaración política, sin ningún compromiso concreto y cifrado de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. Infelizmente, se puede prever que el resultado de la Rio+20 no será diferente.

Ecosocialismo


Necesitamos pensar, por tanto, en alternativas radicales, alternativas que colocan otro horizonte histórico, más allá del capitalismo, más allá de las reglas de acumulación capitalista y de la lógica del lucro y de la mercancía. Una alternativa radical es aquella que va a la raíz del problema, esta alternativa es el ecosocialismo, una propuesta estratégica que resulta de la convergencia entre la reflexión ecológica y la reflexión socialista, la reflexión marxista. Hoy existe en escala mundial una corriente ecosocialista. Hasta un movimiento ecosocialista internacional, que, recientemente, por ocasión del Foro Social Mundial de Belén, en enero de 2009, publicó una declaración sobre el cambio climático. Existe en el Brasil una red ecosocialista que publicó un manifiesto hace algunos años.

El ecosocialismo es una reflexión crítica. En primer lugar, critica a la ecología no socialista, a la ecología capitalista o reformista, que considera posible reformar el capitalismo, construir un capitalismo más verde, más respetuoso con el medio ambiente. Se trata de la crítica y de la búsqueda de superación de esta ecología reformista, limitada, que no acepta a la perspectiva socialista, que no se relaciona con el proceso de la lucha de clases, que no coloca la cuestión de la propiedad de los medios de producción. Pero el ecosocialismo es también una crítica al socialismo no ecológico, por ejemplo, de la Unión Soviética, dónde la perspectiva socialista se perdió rápidamente con el proceso de burocratización, y el resultado fue un proceso de industrialización tremendamente destructor del medio ambiente.

De este modo, el ecosocialismo implica una crítica profunda de las experiencias y de las concepciones tecnocráticas, burocráticas y no ecológicas de la construcción del socialismo. Esto nos exige también una reflexión crítica sobre la herencia marxista, el pensamiento y la tradición marxista, sobre la cuestión del medio ambiente. Muchos ecologistas critican a Marx por considerarlo un productivista, tanto como los capitalistas. Tal crítica me parece completamente equivocada. Al hacer la crítica del fetichismo de la mercancía, es justamente Marx quien coloca la crítica más radical a la lógica productivista del capitalismo, a la idea de que la producción de más y más mercaderías es el objetivo fundamental de la economía y de la sociedad. El objetivo del socialismo, explica Marx, no es producir una cantidad infinita de bienes, sino que reducir la jornada de trabajo, dar al trabajador tiempo libre para participar de la vida política y social. Por lo tanto, Marx fortalece las armas para una crítica radical del productivismo y, notoriamente, del productivismo capitalista. En el primer volumen del “El Capital”, él explica como el capitalismo agota no sólo las energías del trabajador, sino también las propias fuerzas de la Tierra, agotando las riquezas naturales, destruyendo al propio planeta. Así, esta perspectiva está presente en los escritos de Marx, aunque no ha sido suficientemente desarrollada.

El problema es que la afirmación de Marx de que el socialismo y la solución de la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de la producción fue interpretado por muchos marxistas de forma mecánica: el crecimiento de las fuerzas productivas del capitalismo se choca con los límites que son las relaciones de producción burguesas – la propiedad privada de los medios de producción – y, por tanto, la tarifa de la revolución socialista sería simplemente destruir las relaciones de producción existentes, la propiedad privada, y permitir así el libro desarrollo de las fuerzas productivas. Me parece que esta interpretación debe ser criticada, porque ella presupone que las fuerzas productivas sean algo neutro. El capitalismo las habría desarrollado hasta un cierto punto y no puede ir más allá porque fue impedido por aquella barrera, aquel obstáculo que debe ser alejado para permitir una expansión ilimitada. Esta visión deja de lado el hecho de que las fuerzas productivas existentes no son neutras. Ellas son capitalistas en su dinámica y su funcionamiento y por lo tanto son destruidoras de la salud del trabajador, bien como del medio ambiente. La propia estructura del proceso productivo, de la tecnología y de la reflexión científica al servicio de esta tecnología y de este aparato productivo está enteramente impregnada por la lógica del capitalismo y lleva inevitablemente a la destrucción de los equilibrios ecológicos del planeta.

Lo que se necesita, por consiguiente, es una visión mucho más radical y profunda de lo que es una revolución socialista. Se trata de transformar no sólo las relaciones de producción, las relaciones de propiedad, pero la propia estructura de las fuerzas productivas, la estructura del aparato productivo. Esto es, mi concepción, una de las ideas fundamentales del ecosocialismo. Hay que aplicar al aparato productivo la misma lógica que Marx aplicaba al aparato del Estado a partir de la experiencia de la Comuna de París, cuando el día siguiente: los trabajadores no se pueden apropiar del aparato del Estado burgués y usarlo al servicio del proletariado, no es posible, porque el aparato del Estado burgués nunca va a estar al servicio de los trabajadores. Entonces, se trata de destruir ese aparato de Estado y crear otro tipo de poder. Esta lógica tiene que ser aplicada también al aparato productivo: tiene que ser destruido o al menos radicalmente transformado. Eso no puede ser simplemente apropiado por los trabajadores y puesto a trabajar a su servicio. Necesita ser estructuralmente transformado.

A título de ejemplo, el sistema productivo capitalista funciona con base en fuentes de energías fósiles, responsables por el calentamiento global – el carbón o el petróleo -, de modo que un proceso de transición al socialismo sólo es posible cuando exista la substitución de esas formas de energía por las energías renovables, que son el agua, el viento y, sobretodo, la energía solar. Por eso, el ecosocialismo implica una revolución del proceso de producción de las fuentes energéticas. Es posible separar la idea de socialismo, de una nueva sociedad, de la idea de nuevas fuentes de energía, en particular del sol – algunos ecosocialistas hablan del “comunismo solar”, pues entre el calor, la energía del sol, el socialismo y el comunismo habría una especie de afinidad electiva.

Pero no basta tampoco transformar el aparato productivo, es necesario transformar también el estilo, el padrón de consumo, todo el modo de vida en torno del consumo, que es el padrón del capitalismo basado en la producción masiva de objetos artificiales, inútiles e igual de peligrosos. La lista de productos, mercaderías y actividades empresariales, que son inútiles y nocivas a los individuos, es inmensa. Tomemos un ejemplo evidente: la publicidad. La publicidad es un desperdicio monumental de energía humana, de trabajo. Arboles destruidos para el gasto de papel, electricidad y todo esto para convencer al consumidor de que el jabón X es mejor que el jabón Y. Es un ejemplo evidente del desperdicio capitalista. Luego, se trata de crear un nuevo modo de consumo y un nuevo modo de vida, basado en la satisfacción de las verdaderas necesidades sociales, que es algo completamente diferente de las pretensas y falsas necesidades producidas artificialmente por la publicidad capitalista.

Transición

Una reorganización del conjunto del modo de producción y del consumo es necesaria, basada en criterios exteriores al mercado capitalista: las necesidades reales de la población es la defensa del equilibrio ecológico. Esto significa una economía de transición al socialismo, en la cual la propia población decida, en un proceso de planificación democrática, las prioridades y las inversiones.

Esta transición conduciría no sólo a un nuevo modo de producción y una sociedad más igualitaria, más solidaria y más democrática, pero también a un modo de vida alternativo, una nueva civilización, ecosocialista, más allá del reino del dinero, de los hábitos de consumo artificialmente inducidos por la publicidad y de la producción al infinito de mercaderías inútiles.

Si nos quedamos sólo en esto, seremos criticados como utópicos. Los utópicos son aquellos que presentan una bella perspectiva del futuro y la imagen de otra sociedad. Esto es obviamente necesario, pero no es suficiente. El ecosocialismo no es sólo la perspectiva de una nueva civilización, una civilización de la solidaridad – en el sentido profundo de la palabra, solidaridad entre los humanos, pero también con la naturaleza -, como también una estrategia de lucha, desde ya, aquí y ahora. Así, el ecosocialismo es una estrategia de convergencia de las luchas sociales y ambientales, de las luchas de clases y de las luchas ecológicas, contra el enemigo común que son las políticas neoliberales, la Organización Mundial del Comercio (OMC), el Fondo Monetario Internacional (FMI), el imperialismo norteamericano, el capitalismo global. Este es el enemigo común de los dos movimientos, el movimiento ambiental y el movimiento social. No se trata de una abstracción, hay muchos ejemplos. En Brasil, como un bello ejemplo del que es una lucha ecosocialista, tuvimos el combate heroico de Chico Mendes, que pagó con su vida su compromiso de la lucha con los oprimidos.

Como esta, hay muchas otras luchas. Sea en Brasil, en otros países de América Latina y en el mundo entero, cada vez más se da esta convergencia. Pero ella no ocurre espontáneamente, tiene que ser organizada.

Esta me parece ser la respuesta al desafío, la perspectiva radical de una transformación revolucionaria de la sociedad hacia más allá del capitalismo. Sabiendo que el capitalismo no va a desaparecer como víctima de sus contradicciones, como dicen algunos supuestos marxistas (ya un gran pensador marxista del comienzo del siglo XX, Walter Benjamin, decía que, si tenemos una lección que aprender, es que el capitalismo no va a morir naturalmente, será necesario acabar con él). Necesitamos de una perspectiva de lucha contra el capitalismo, de una paradigma de civilización alternativa y de una estrategia de convergencia de las luchas sociales y ambientales, desde ahora planteando los cimientos de esta nueva sociedad.

La alternativa ecosocialista implica, en último análisis, en una transformación revolucionaria de la sociedad. Pero ¿Qué significa revolución? Walter Benjamin escribía lo siguiente en 1940: “Marx dice que las revoluciones son las locomotoras de la historia. Pero tal vez las cosas sean diferentes. Quizá las revoluciones sean la forma en que la humanidad, que viaja en ese tren, acciona el freno de emergencia”. El tren de la civilización capitalista, del cual somos todos pasajeros, está avanzando, con una velocidad creciente, hacia un abismo, a la catástrofe ecológica. Necesitamos presionar los frenos de emergencia, antes que sea demasiado tarde.

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