Bowling en El Salvador: Un sello histórico de la vida minera en comunidad

Por Gabriela Bustos

En pleno desierto de Atacama, y a 2.400 metros sobre el nivel del mar, la vida en El Salvador se torna particular. La conexión más cercana con una ciudad desarrollada urbana y comercialmente, dista de 204 kilómetros, trecho que los separa de su capital regional Copiapó, en un recorrido que poco importa a quienes hallaron aquí otra forma de vivir.

La gente piensa que es aburrido, pero yo creo que lo dicen porque no conocen todo lo que tenemos. Mire esto no más, es un lujo”, cuenta don Julio Rasjido mirando y señalando las canchas de bowling del Club Esmeralda, unas de las más antiguas del país. Pero, ¿cómo se explica el énfasis que se da a este deporte en el último campamento minero?, “los gringos”, es la respuesta más certera de todos a quienes pregunto, y es que claro, cuando en 1959 la norteamericana Andes Cooper Mining Company funda e inaugura la ciudad, con el diseño arquitectónico en forma de casco romano de Raymond Olson, le atribuye características comunitarias que la diferencian de cualquier otra.

Don Julio mostrando una foto de miembros antiguos.

Entre estas particularidades está la existencia de dos clubes sociales, que entre otras ofertas a disposición, congregan a sus asociados en torno al bowling. “Yo creo que la idea, que aún se mantiene, era que los viejos (jerga minera para referirse a los trabajadores, independiente de su edad), pudieran despejarse en las tardes y tener una distracción sana, aunque claro, igual de repente se toman su champañita, cervecita o su pisquito sour”, confiesa riendo don Julio; observación que compruebo al ver que las galerías del lugar, cuentan con porta vasos frente a cada asiento. “Los gringos pensaron en todo”, ríe el hombre que a sus 59 años, trabaja como Mantenedor Mecánico en la Planta Concentradora de Codelco, División Salvador.

El objetivo mencionado se cumplía con creces en ese entonces, cuando eran cientos de personas las que se congregaban en torno a este deporte. Pero la premisa de ‘todo tiempo pasado fue mejor’, parece no adaptarse a cabalidad en este ámbito, y es que pese a que hoy la práctica ha decaído considerablemente, también ha logrado romper una barrera clasista que mantuvo por años. “Esto si es bonito, sentir que hoy todos somos iguales”, sostiene don Julio, mientras explica que en las décadas de los 60 y 70, los clubes donde se disputaban los campeonatos, estaban claramente segmentados, siendo el Club Esmeralda el de los empleados, el Club O’Higgins el de los obreros, y un tercer Club Pampa, inexistente en la actualidad, el que acogía a los altos directivos y ejecutivos.

Pasados 50 años, el panorama es distinto, pero si algo está claro, es que el deporte sigue vivo en la ciudad, gracias a un grupo heterogéneo de socios y socias que se esmeran en rescatarlo. “Las canchas, que son de 1968 aproximadamente, están un poquito deterioradas, pero nosotros mismos les hacemos mantención, porque la idea es que esto perdure por muchos años”, expresa motivado don Julio, que es dirigente del Club Deportivo Recreativo de Bowling Esmeralda, como versan los documentos de su personalidad jurídica.

Aunque el hombre lleva jugando un poco más de 10 años, tiene claro cómo era el panorama en la antigüedad, y es que claramente el deporte no pasaba desapercibido en el campamento. “Antes había una cancha de 276 palos, y se hacían muchas competencias entre clubes, y por las diferencias sociales que habían, usted puede imaginarse como era la rivalidad. Igual era entretenido, es que había jugadores muy buenos. Recuerdo que en el marcador se iba señalando siempre el puntaje más alto, se destacaba el nombre, entonces eso incentivaba mucho al resto. Era todo un desafío sacar a un viejo de ahí”, recuerda.

Sobre las características de las canchas, don Julio explica que la diferencia con otras es abismal. Le quedó claro una vez que, invitados como club a Chuquicamata, pudieron evidenciar lo automatizadas que estaban. “A mí me pasó que estaba parado esperando el bolo que no volvía nunca, hasta que una niña me dice ‘ya pues, tírelo’, y ahí veo que estaba al lado mío. Lo que pasó fue que era tan moderno, que el bolo venía por abajo. Acá no es así, aquí uno lo ve, entonces quedé como huaso”, describe riendo. Para él, como para el resto de participantes, la experiencia fue muy enriquecedora. “No ganamos ni uno, pero lo pasamos súper bien”, ríe, mientras rememora esa ocasión, en que la empresa apoyó con el alojamiento a los dos equipos de hombres y al único de mujer que viajaron.

Como aquella vez, antes eran usuales los campeonatos con “el Obrero” y “el Chile”, de Chuquicamata, pero tras el cierre de esta localidad y su traslado a Calama, las competencias en El Salvador comenzaron a vivirse solo de manera local. “Igual aunque eran acá no más, se juntaba mucha gente. Se empezaba a jugar a las 6 de la tarde en cuarta, ósea 16 jugadores, y después otra ronda con 16 más. Había muchos equipos y la gente se motivaba para asistir a ver. Yo una vez me aventuré para venir a apoyar tocando un pitito, estaba contento hasta que siento un bombo gigante que traía una señora al lado mío. Así era la rivalidad con que cada uno defendía su club”, asegura riendo don Julio.

El contraste con la actualidad es evidente. El número de socios ha disminuido considerablemente, y con él los recursos que tienen para sustentarse. “Ahora nos toca hacer malabares con las platas, pero siempre lo logramos y nos mantenemos vivos, ese es nuestro principal objetivo”, cuenta con determinación don Julio, que rápidamente me explica lo desfavorables que son algunos cálculos. “Como nuestras canchas son manuales, tenemos que pagarle a alguien que pare los palitroques, eso nos sale como 8 mil pesos por cancha. También hay que destinar 2 o 3 mil pesos a un anotador, y así se va sumando; mientras el ingreso que tenemos es el de los 1.500 pesos que paga el que juega, y ahí ya vamos en contra. Codelco eso sí nos da un aporte anual, y estamos bien agradecidos. Con el último que nos llegó pudimos cambiar un set de pinos entero. Ojalá se mantenga eso que nos permite sobrevivir porque, ¿cómo vamos a perder esto? no pues, no podemos”, sostiene.

Entre los esfuerzos para abaratar costos, don Julio confiesa que muchos de ellos han aprendido a anotar, o a aceitar las canchas, para así ahorrarse el pago de quienes cumplen esos roles. “No es tan fácil, pero se puede. Hemos estado a punto de morir hartas veces, pero así vamos saliendo a flote, con el esfuerzo y compromiso de todos, eso es valorable”.

La cuota mensual para adherirse como socio, es de 5 mil pesos, aunque varía si la inscripción es familiar, con la idea de ir fomentando este deporte a toda la comunidad. Estos montos son descontados por planilla, y en el caso de los particulares, son pagados de manera directa, siendo este uno de los grandes avances en la masificación del deporte, que dejó de ser una oportunidad exclusiva para los dependientes de la estatal. Respecto a los implementos, aunque la mayoría ya ha adquirido los suyos propios, existen en el club bolos y zapatos para quien se anime a practicar. “Si alguien quiere aprender, puede venir a hacerlo, hay que coordinarse bien no más, y pagar 2 mil pesos por la hora. Le pasamos todo lo que necesita y le enseñamos algunas técnicas. Para nosotros sería ideal que más gente se sumara, incluso estamos pensando hacer campañas. Todos piensan que la vida aquí es fome, pero no, tenemos esta alternativa que es súper buena. Sabemos que quien venga se va a sentir contento, yo hasta convencí a mi señora de jugar (ríe), acá todos tienen lugar”, cuenta el miembro de los “Correcaminos”, nombre de su equipo, que figura en el diario mural del recinto, acompañado por los BCI, los Pin Pals, los Pata’s, los Pilseneros, los Realcohólicos, los Metabolos, los Fénix y los Castos; siendo todos ellos los asociados del club que se reúne a diario para jugar, con el único objetivo de perfeccionarse y pasar un rato agradable, ya que en palabras del dirigente, “aquí los únicos rivales, son los pinos”.

El protagonista tras bambalinas

Matías Cortés, Pin Boy

Sin él, no somos nada”, dice entre broma y en serio don Julio Rasjido, mientras saluda cariñosamente a Matías Cortés y me lo presenta. Él, como otros jóvenes, es uno de los colaboradores part-time, que se encarga de levantar y rearmar los pinos tras cada jugada. Su trabajo es agotador, pero lo hace con gusto. “Esto me parece genial, me encanta”, cuenta efusivamente el pin boy de 17 años. “Yo me encargo de que las máquinas bajen los pinos para que ellos puedan jugar, me siento bien por eso, y además porque me sirve en muchos ámbitos, hasta en lo físico para estar activo y mantener mi cerebro alerta”, explica.

Oriundo de Coquimbo, confiesa que cuando su madre le dijo que se mudarían a El Salvador, manifestó de todos los modos posibles que no le gustaba la opción. “La vida acá es muy distinta, y aunque sinceramente yo no me quería venir, ahora puedo decir que me gusta. ¿Dónde más va a poder caminar a las 6 de la mañana sabiendo que no le va a pasar nada? Eso pasa aquí no más”, reconoce tiernamente mientras me cuenta que desde que se mudó, han pasado tres años.

Al bowling llegó porque uno de los dirigentes conoce a la pareja de su madre. Conversaron con ellos, le explicaron en qué consistía el trabajo, y por la confianza que inspiró el club, lo autorizaron. “En mi familia no hay nadie que juegue, pero como acá es chico, todos se conocen, así que así supimos de esto, vine con unos amigos y quedé. Soy el que está más fijo porque la gente del club encuentra que he sido responsable y eso es algo que me gusta. Tengo contacto con todos, ellos me llaman y yo vengo. La gente es respetuosa y buena onda, nunca he tenido ni un problema”, cuenta el adolescente que compatibiliza la labor de pin boy con sus estudios en el Liceo Técnico Profesional Diego de Almeyda, donde cursa tercero medio.

Sobre el deporte, reconoce que le fascina lo que ve. “Yo lo he intentado un par de veces y no le achunto a ni una (ríe), pero veo a jugadores secos y pienso que es solo práctica y técnica como todo en la vida, eso me inspira”, señala con una madurez que sorprende, casi tanto como el oírlo hablar de sus motivaciones para trabajar las tardes de lunes a jueves, por lo general, con excepciones de día viernes y fines de semana. “Estoy juntando plata, quiero abrir una libreta ahora para ahorrar, porque sé que después me va a servir. A mí me gusta darle un buen uso, trato de cooperar con cosas para la casa o disfrutarla con ellos. Aquí por ejemplo he juntado plata para irme con mi familia a la Pampilla, me siento feliz de poder hacerlo, y ellos también están contentos porque saben que es un trabajo sacrificado y honrado, y como hay contacto con don Julio, saben que acá estoy bien”, explica mientras recomienda el club. “Le diría a toda la gente que se animara y viniera, porque este es un deporte muy bueno, que les va a ayudar a relajarse, a olvidar las cosas del trabajo o la casa, y lo mejor, les va a permitir conocer a gente buena y pasarlo bien. Es una de las ventajas de El Salvador, acá las relaciones de amigos se dan de otra forma, es muy positivo”, finaliza.

Rescatando lazos comunitarios

Y si de relaciones sociales se trata, quién mejor para definirlas que un “Salvadoreño de corazón”, como se define Felipe Díaz, que nació hace 29 años en la ciudad, y solo se ha ausentado de ella para estudiar. “Por si no se nota”, me dice para respaldar su fanatismo, mirando un tatuaje en su brazo derecho, que es la imagen más insigne del lugar: el plano en forma de casco romano. “Como a los 17 supe del bowling y me fascinó. Es que es increíble tener esto acá, imagínate”, cuenta apasionadamente; casi con la misma pasión con que habla de su pareja Naty y su hijo Salvador, cuyo nombre es otra señal de la devoción que siente por su tierra natal. “Somos una familia del bowling”, puntualiza explicando lo valioso que es para los tres poder pasar tiempo juntos allí.

Felipe Diaz

Pese a que vivió toda su niñez y juventud en el campamento, nunca lo habían invitado a jugar, hasta que hace 12 años pasó. “Esto no está tan masificado, y ahora lo comprendo porque en parte se debe a que uno trata de darle más seriedad, principalmente por el cuidado de las instalaciones”, reconoce mientras detalla que cada una de las canchas vale 12 millones de pesos, que podrían echarse por la borda por el simple hecho de no usar zapatos adecuados.

Hay que entender que estas canchas son muy distintas a cualquiera que encuentras en un mall o centro así, donde el uso es netamente comercial. Para notarlo basta ver que cobran 7.500 pesos versus los 2.000 que se cobran acá. Yo he jugado en lugares así en La Serena y en Santiago, y pese a lo modernas que son, acá están mucho más cuidadas. He jugado hasta en el Panamericano y fue una pésima experiencia, de partida andaba una señora con tacos adentro, con eso te lo digo todo”, cuenta horrorizado.

Prueba de su compromiso con el deporte, es que actualmente juega tanto en el Club Esmeralda, como en el O’Higgins, con el único objetivo de mantenerlos activos. “Son bien parecidos en el ambiente que se da, quizás el de allá (O’Higgins) es un poco más estricto en el reglamento, pero el resto todo igual, tienen cerca de 40 socios y socias cada uno, y las canchas también están bien cuidadas”, señala el joven que tras un pequeño periodo de práctica, decidió inscribirse con su compañera. “La mayor prueba que tenemos de que esto nos cautivó, es que hasta nos implementamos. Como los elementos no son tan comunes en Chile, a veces compramos cosas usadas por internet, o nuevas por Aliexpress que es lo típico, de a poco nos vamos profesionalizando”.

Uno de los beneficios instaurados para los asociados que están al día en sus pagos, es la posibilidad de participar en un entrenamiento gratis al mes, donde es el club el que financia los gastos ligados a cada jornada de práctica. Otra de las estrategias para mantener enganchada y motivada a la gente, es la organización frecuente de campeonatos que, dependiendo el número de participantes, duran entre 3 y 4 meses, habiendo versiones más cortas como el intensivo que se hizo la semana de fiestas patrias. “Acá todas las competencias son locales, antes se viajaba harto a Chuqui, pero cerró, así que nos las arreglamos acá no más. Lo único que pedimos es que quienes se inscriben sean responsables, vengan cuando les corresponda, y lo más importante, se preocupen de cuidar el inmueble. El resto es simple, es un deporte reglamentado como todos”, sostiene Felipe.

Su compromiso es tal, que uno de los directivos mayores me cuenta que su idea es dar un paso al costado pronto para que sea el grupo más joven quien se encargue totalmente de la organización, con la idea de heredar esta actividad, y garantizar que perdure. Felipe es uno de los escogidos, y se nota a leguas que lo toma con absoluta responsabilidad. Entre sus funciones actuales está recibir y coordinar todos los pagos mensuales de socios/as particulares (externos a Codelco), y ayudar en la puesta en marcha de campeonatos y todo lo que de ellos derive. Otro de los aspectos en los que él y sus pares nuevos colaboran, es en la inclusión de medios tecnológicos que los ayudan y mantienen conectados, siendo el más insigne WhatsApp. “Acá llegas y te incluimos al grupo, entonces todos los detalles de los equipos y su participación cada día, son coordinados allí, por ahí nos ponemos de acuerdo”, explica.

Sobre el futuro, el joven reconoce que tienen planes enfocados en masificar el deporte, quizás mediante afiches u otro tipo de publicidad, que muestren el trabajo que se realiza e inviten a la comunidad a participar. “Por ahora como estamos con campeonatos, no podemos hacer mucho porque la cancha está ocupada de lunes a jueves, pero cuando hay entrenamiento es más probable. Incluso tenemos zapatos para prestarle a quien llegue a probar”, dice Felipe entusiasmado con la idea de que en el corto y mediano plazo, la agrupación vaya ganando adherentes. “Nuestra idea principal es que esto no muera, ahí se concentran todos los esfuerzos”, resume. En este mismo contexto es que todos colaboran de distintos modos, mostrando una increíble conexión con su club. “Por ejemplo le pagamos una vez al mes a una señora que hace el aseo, entonces para mantenerlo entre medio, todos aportamos”, me cuenta y lo compruebo al notar que mientras hablábamos, su pareja Naty estaba pasando un escobillón por el borde la cancha, mientras lanzaba tiernos besos a su hijo Salvador que la miraba desde el coche. “El ambiente acá es genial, nos llevamos súper bien todos”, me dice maravillado Felipe, esforzándose en plasmar en mí ese espíritu del que habla. Quisiera decirle que no hace falta, que con lo que vi en un par de horas, quedé absolutamente convencida, pero en cambio prefiero escucharlo, pues no vale la pena interrumpir. “A veces nos juntamos a hacer asados los viernes, o nos quedamos compartiendo alguna cosita después de los juegos durante la semana. Más que compañeros y contrincantes, acá lo que tenemos una red de amigos”, finaliza sonriendo.

Un comentario sobre “Bowling en El Salvador: Un sello histórico de la vida minera en comunidad

  • el 03/11/2017 a las 15:08
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    Genial el reportaje… que recuerdos aquellos… en una época fuí anotadora por esos años 84 u 85 cuando estaba en el liceo.. llegaba temprano y jugaba un rato hasta que se llegaba la hora de trabajar… habian muchos equipos y al final logré jugar para competir por el hospital… fuí muy feliz en mi niñez alla en mi querido Salvador.

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