El año cero de los Cordones Industriales: 1972. Parte I

Por Rafael Kries

Para la generación que aún no cumple medio siglo, el proceso que viviera nuestro país, desde 1970, puede parecer lejano. Sin embargo, su eco aún resuena en los oídos no sólo de nuestro pueblo sino en el de muchos pueblos del mundo.

Se esté de acuerdo o no, con la interpretación que se haga de sus hechos y propuestas, la Unidad Popular de Salvador Allende – junto a los esfuerzos del Che Guevara, por abrir un nuevo camino a los pueblos de América Latina – está entre los procesos relevantes del último tercio del siglo pasado a nivel mundial.

Es interesante observar la connotación ideológica global que adquirieron, aunque en la base de este fenómeno esté la confrontación ideológica y de bloques que se desplegó en la periferia del sistema capitalista mundial a posteriori de los resultados inmediatos de la 2ª Guerra Mundial.

En esa memoria colectiva algunas individualidades han adquirido una talla de gigantes, algunas veces utilizadas con objetivos menores por diversas perspectivas, pero lo interesante son algunos fenómenos sociales de esa época que han logrado encarnarse como alegorías y leyendas en la conciencia mundial.

Uno de los más evidentes ha sido para el caso de Chile, el de los Cordones Industriales, eje central de los organismos de Poder Popular del país. Su mito no ha dejado de crecer a pesar del esfuerzo de la ideología e instituciones de la burguesía chilena para acallarlo y reducirlo o los esfuerzos de las propias organizaciones, que se autodenominan de izquierda, para domesticarlo, adocenarlo y olvidarlo.

Muchas pueden ser las razones de ese fenómeno y probablemente varias de ellas tienen que ver con la necesidad de los pueblos de pergeñar sus esperanzas. La conciencia no es simplemente la evidencia de la positividad – en ese caso de una articulación de asambleas de fábrica y su posterior derrota – es también la búsqueda de la verdad, en la medida que esta exista, incluso más allá de las racionalizaciones.

En ese entonces, la generación a la que pertenezco – heredera de una larga lucha del pueblo chileno por la libertad, la igualdad y el bienestar – contaba con una edad cercana a la de muchos de ustedes, y estábamos convencidos que en esa coyuntura – la que estaba abierta con la elección Allende – se abría una posibilidad para una sociedad más justa, feliz y solidaria.

Las exigencias sociales que recogíamos eran muy simples: vivienda, trabajo digno, alimentación suficiente para todos, especialmente, para los niños, salud tan buena como lo permite la naturaleza de cada uno, un bienestar material alcanzable, y una educación responsable, ética e integral, con una ciencia puesta al servicio de la humanidad y no de la guerra.

En sólo mil días de Gobierno Popular se dio perfil a una esperanza social que no lograba ser borrada por el egoísmo, el consumismo ni los esfuerzos de los poderes fácticos de este país, que incluso en el presente sueñan con hacernos olvidar ese intento.

Mil días que no pueden ser medidos en base al tiempo habitual, pues en ellos cada jornada no era de 24 horas, ni cada hora de 60 minutos pues ese tiempo restaba preñado de esperanzas.

Esa conciencia expresada en cada militante de diversas organizaciones, de avanzar en el seno de una multitud que busca el bienestar colectivo, proporciona un sentimiento de felicidad difícilmente comunicable, pero que es necesario comprender para superar los enfoques de simple nostalgia.

Los grupos y personas que convergimos en los Cordones no sólo éramos obreros o empleados de fábrica, sino estudiantes profesionales y pobladores, militantes todos de esa causa histórica. No había un reconocimiento o instructivos de partido, excepto los esbozos de comprensión que la lectura permitió a algunos sobre los períodos de poder dual, como los denominaban Lenin y Trotsky. La censura ideológica en la izquierda era feroz en esa época impregnada de ortodoxia, y guerra fría, durante la cual sólo mencionar el nombre de Rosa Luxemburgo abría las puertas de una excomunión.

Pero se había abierto un período de luchas de clase que impulsaba en la izquierda y en el pueblo a organizarse para enfrentar las tareas del cambio que se buscaba y para responder y compensar los daños que las huelgas, sabotajes y boicots de los enemigos del proceso provocaban en nuestra marcha.  Ciertamente se perdían posibilidades de acción y organización, tal como la de los Comités de la Unidad Popular (CUP) al inicio del proceso, pero siempre se buscaban y creaban otras, tales como los organismos poblacionales y la movilización por tierras o salarios, así como los esfuerzos por democratizar lo existente.

Los Grupos dominantes, desde el ascenso de Allende a la Presidencia, habían abandonado su cacareado respeto por la Democracia y su supuesto pacifismo, para complotar, boicotear y generar grupos para-militares así como conspirar con el Gobierno de Nixon en el Imperio Americano, de modo de debilitar, destruir y aplastar un proyecto social que estaba siendo desarrollado ante los ojos del mundo por un pueblo pequeño ubicado en donde el mundo se cierra.

Es interesante constatar que en Chile en ese período no se desarrolló un movimiento guerrillero anclado en las capas media o en el campesinado, tal como sucedió en países vecinos. La UP y el movimiento de trabajadores que estaba en su seno atrajeron a su cauce a diversos movimientos políticos que, sin coincidir con su estrategia política o su programa, se plegaban a su fuerza y a su conducta.

En ello había indudablemente un giro de la esfera política que solo encuentra explicación en los procesos de crisis global y de las modalidades de la acumulación de capital, que hemos mencionado en otros escritos. Éramos producto del fin de los años de prosperidad de la posguerra y de las movilizaciones y guerras que se resolvían en una y otra dirección momentáneamente.

Pero ese combate en ascenso de nuestra clase trabajadora y los Partidos del Pueblo, de esa época, no tiene parangón en cuanto a su peculiar carácter. La elección de Allende, el respeto al programa – que nacionalizó Bancos y la Minería del Cobre, que creó un sector de la economía en manos del Estado –, o el surgimiento de Cordones Industriales y otros organismos de Poder Popular, tienen explicación en niveles profundos de nuestra conciencia e historia.

El entusiasmo desbordado de las multitudes, que anulaba parcialmente el espíritu de secta en la izquierda política, así como el espíritu grupal de un pueblo que con sus hijos a cuesta asistió  a actos políticos, pintó barrios y escuelas, combatió plagas, hizo trabajo voluntario y que, como señalaban con asombro los extranjeros que venían, leen publicaciones, libros y cuentos – por miles – y que recitan y cantan en los momentos compartidos, no pueden borrarse a pesar de la ferocidad de la represión posterior ni de la traición oportunista de sus legatarios.

Esa actitud, ya cuando surge, no podía ser permitida por los grupos dominantes. Esa valoración del bien común antes que los intereses privados, les parecía subversiva. Ese amor por la tierra y esa fusión con la herencia mapuche ancestral, esa esperanza de profundizar la conciencia social y de grupo, y de una democracia real, participativa y lo más ampliamente directa, les parecía una locura que atentaba contra el sagrado carácter que le daban a los objetos y mecanismos que ellos controlaban y que eran la base de sus privilegios. 

Empresarios de viejo y nuevo linaje, con sus medios de comunicación que incluso hoy hablan de libertad y patriotismo, políticos de derecha y de centro coludidos y financiados por empresas transnacionales, comandados por una potencia extranjera y sus servicios secretos, articularon un golpe de militares y civiles chilenos para destruir esperanzas, cuerpos y mentes de un pueblo que había logrado en ese período ponerse de pie para exigir su derecho a la libertad, a la justicia y a la fraternidad.

El año 1972, Año Cero de los Cordones Industriales, fue un año decisivo del enfrentamiento de la clase dominante en la estructura social chilena contra la población. Pero allí debieron enfrentar y diluir la respuesta que intentó consolidar el pueblo chileno ante su barbarie: Organizar Poder Popular, crear Cordones de Industria, exigir un rol central para los trabajadores en el proceso. Y lo lograron.

Todos conocemos los pasos hacia adelante y hacia atrás que se dieron, tratando de mantener el diálogo político y el funcionamiento de la economía y la institucionalidad bajo control y diseño de la hegemonía pre-existente, por parte de los rivales que se enfrentaban. Algún día se podrá hacer un balance histórico que dé cuenta de ese último período sin egoísmos partidistas ni justificaciones banales.

La fuerza de las ideas heredadas y generadas por nuestro pueblo, su moral de combate y su ética, su deseo de justicia y generoso amor siguen en la bruma del tiempo expresándose como mitos sobre Allende y los Cordones, épicas sobre el Poder Popular y la Unidad Popular, leyendas sobre la posibilidad de luchar más allá de las fronteras partidarias por una posibilidad de cambio real y profundo que permita enfrentar las nuevas amenazas creadas por el capitalismo tales como la precariedad de la vida y el Cambio Climático.

Parafraseando una consabida idea: los Cordones y el Poder Popular son algo que nunca ocurrió tal como se cuenta, pero que siempre como esperanza nos está ocurriendo.

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