¿El palacio o la plaza? El infructífero debate de la izquierda chilena

Por Mauricio Rifo

Famosa es el análisis que realiza el cineasta italiano, Pier Paolo Pasolini, en que recurre a la metáfora de pensadores del romanticismo que situaron la vida social “entre el palacio y la plaza”. Esta suerte de muro civilizatorio se reproduce de múltiples maneras en la vida política, obligándonos a elegir entre uno u otro. Pero, ¿es posible la vida social contemporánea sin palacios o sin plazas? Para dar una respuesta satisfactoria es necesario dar un rodeo más largo.

La historia es una gran aleccionadora. Lo que en un momento parece ser una locura en otro puede parecer lo más cuerdo. Este tipo de situaciones las han sabido los revolucionarios desde siempre.

A fines del siglo XIX, en Alemania, se formó un grupo de intelectuales universitarios denominados “socialistas de cátedra”. Estos socialistas de cátedra propugnaban una idea que para la época era absolutamente ridícula, tanto para los incipientes liberales como para la fuerza del socialismo. Esta idea fue que era posible controlar públicamente, a través del desarrollo de una burocracia estatal, la producción y el intercambio de mercancías que se realizaba de manera principalmente privada.

La rareza de este pensamiento en los años 70 del siglo XIX no radica en su posible posición ética del capitalismo o el rol de las reformas en la contención de estallidos revolucionarios sino en que la economía política pública de la época era menor al 15% en el promedio de los países europeos de la época.

La primera guerra mundial puso a prueba y demostró al mundo el poder de una burocracia estatal respecto al control de los mercados logrando que una Alemania casi en solitario se enfrentará a buena parte de los países de Europa y resistiera casi cuatro años de combate. De aquí, un Weber sorprendido, daría paso a una teoría de la racionalidad y el poder la racionalidad instrumental o burocrática.

En esa vorágine hay dos figuras principales que comienzan a leer a los socialistas de cátedra: Lenin y Keynes. A ambos les fue bastante bien y lograron comprender e intervenir en los procesos históricos de su tiempo. Al mismo tiempo se ha mantenido la tendencia creciente de la participación pública-estatal de la economía mundial, llegando hasta el 50% o 60% en Europa y Estados Unidos.

En la actualidad la izquierda mundial se encuentra en una lenta recomposición que, tras años de efímeros “micro poderes” y “contrapoderes”, busca retomar seriamente los temas “de toda la vida” en la política: lucha de clases, organización de la consciencia colectiva, democracia, economía, distribución del producto social y economía política crítica.

En esta dirección, y como es sabido, la profunda derrota del proyecto cultural, económico, político y social de los sectores populares anticapitalistas chilenos logro dar curso, no de manera inmediata, a uno de los primeros ensayos por desacoplar la demanda agregada efectiva de los salarios reales en el mundo tras el golpe de estado de 1973.

Este “desacople” o “venganza rentista” cambió las condiciones de formación y empleo de los sectores de trabajadores/as junto con la financiarización del sector empresarial. El proyecto político maduro de estos fenómenos es lo que se denomina la economía del conocimiento en educación-trabajo y la valorización bursátil de la productividad empresarial.

La trayectoria tectónica de las condiciones de vida de las clases populares chilenas transformó, como ya es sabido, a los trabajadores/as manufactureros, sobretodo de la mediana empresa, en un grupúsculo preso de la cesantía, la precarización laboral o la “reconvención laboral”.

De la misma forma los trabajadores/as del sector servicio se han polarizado, en cuanto trayectoria histórica, en una formación gerencial o en un empleo y subempleo sin necesidad de formación previa.

De los reductos de extracción de recursos naturales, por el dinamismo que han presentado, se ha desarrollo un complejo cuerpo de clases populares tecnificadas o encadenadas a estructuras de servicio externas.

Y, por último, los trabajadores/as públicos han sido embestidos por una destrucción progresiva de sus aptitudes profesionales y de sus condiciones laborales, llevando a un empobrecimiento cultural de clases populares vinculadas a la formación o prestación de servicios sociales estatales.

Esta destrucción se explica porque la lucha que se llevó acabo por parte de las clases populares y medias chilenas durante la dictadura cívico-militar hizo que se enfrentaran al empresariado y militares desacoplados de sus expresiones políticas históricas y por ende sin un programa económico y político propio.

Tal situación histórica, determinó que las manifestaciones por libertades civiles y garantías sociales dieran espacio a un pacto social de renovación de la inteligencia y burocracia desde los cuerpos de “aparato partidario”, al mismo tiempo que se saqueaba y regalaba capital a sectores empresariales en su nueva modalidad financiera.

La recomposición acelerada que se vivió durante los noventas sumado a un ambiente mundial de derrota de las diversas apuestas populares de la década del 60 y 70, provoco una fragmentación de la consciencia social y logro contener, con alta efectividad, la lucha de clases en diversos campos institucionales.

En paralelo, el capital acumulaba tasas históricas de crecimiento y la nueva economía bursátil abría paso a una concentración de riqueza e integración horizontal del empresariado.

El desenlace de estas transformaciones ha desembocado en el actual escenario de constitución de experiencias de lucha popular que, si bien han logrado levantar la moral y atacar las bases discursivas del “modelo”, nos presenta una situación igual de compleja que durante la dictadura cívico-militar: sin organizaciones políticas de masas y sin un programa económico propio. Quizás esto último es lo más complejo de revertir.

Así también, y de la misma forma que en esa trayectoria histórica, vuelve a surgir el problema del palacio o la plaza como formas antagónicas de hacer política, expresado en los “frentes amplios”, los “saltos a la política”, la “madurez”, los “territorios”, los “pueblos”, las “multisectorialidades” o las “rupturas democráticas”.

Cada una de estas palabras, que desesperadamente buscan ser “conceptos políticos”, no gastan ni las más mínimas páginas en explicarnos sus programas económicos de gobierno o las tácticas insurreccionales de sus fuerzas de autodeterminación dispuestas al combate revolucionario. El vacío político no es por la ausencia de creatividad en términos conceptuales sino por la inocencia de los debates y las escasas herramientas políticas, organizacionales y técnicas para enfrentar una lucha de clases en progresivo aumento.

Lo que hoy debe entenderse, más que nunca, es que es imposible pensar una sociedad política, económica, cultural y socialmente articulada sin una gran intervención del Estado en la vida social. Al mismo tiempo debe realizarse un esfuerzo creativo y político por diversificar las formas de economía popular que podrán dotar de fuerza histórica real a los diversos procesos de des-estatización de la economía desde lógicas de mercados no-capitalistas.

Junto a ello se debe retomar el esfuerzo Keynesiano y Kaleckiano radical de realizar una “eutanasia del rentismo” en sus actuales condiciones de desarrollo que restituyan la promoción sostenida de los salarios reales o doten de rentas universales incondicionales a la población que se verá afectada por la robotización de la economía y la perdida sostenida de actuales fuentes de empleo sujeta a la estafa de una economía del conocimiento que ya ha dotado al país de un ejército de endeudados en trabajos precarios y fuera de su formación.

De la misma forma, el déficit democrático debe enfrentarse con una irrupción institucional que condicione la representación política a su lógica fiduciaria, o sea como una delegación de poder de la soberanía popular que debe ser fuertemente controlada desde la transparencia y controles sociales de revocabilidad y responsabilidad civil y penal.

En definitiva, a aquellos que consideran que la plaza es el único lugar legítimo de una política popular hay que demostrarles que si no se ocupa el palacio lo más probable es que no existan más plazas que ocupar. Y aquellos que consideran que la política de palacio es lo más central se les debe recordar que su entrada en el palacio es para abrir más plazas y no para perderse en los pasillos o acomodarse en los sillones.

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