FEMINISMOS Y ANTI-ESPECISMO

Por Josefina Tampier

Poco se ha dicho sobre la conexión que podría existir entre dos luchas que, a mi parecer, tienen mucho en común, a saber: el feminismo y el anti-especismo. Una de las feministas más reconocidas internacionalmente, Angela Davis, contaba en la 27° Conferencia de Empoderamiento de Mujeres de Color en el año 2004: “No solía mencionar que soy vegana, pero eso ha evolucionado. Creo que es el momento adecuado para hablar de ello porque es parte de una perspectiva revolucionaria. Cómo podemos, no sólo descubrir relaciones más compasivas con los seres humanos, sino también cómo es posible desarrollar relaciones más compasivas con las otras criaturas con las que compartimos este planeta, y que podrían suponer desafiar a la producción capitalista de alimentos al completo”.

Sin embargo, esto no es nuevo, existe toda una historia sobre la interseccionalidad entre los feminismos y la liberación animal o anti-especismo. En este sentido, no es una idea nueva la que plantea que las luchas en contra de los distintos tipos de dominación y opresión no avanzan de manera independiente, sino que, al contrario, se interrelacionan y se alimentan unas de otras. Así, en momentos anteriores de la historia se ha planteado la interseccionalidad del feminismo y las luchas en contra de la opresión por motivos de raza o de orientación sexual, por dar algunos ejemplos. La lucha en contra de la discriminación arbitraria basada en nuestra capacidad o especie no escapa a estos vínculos y, dentro de este marco, me parece necesario ahondar en la interrelación que existe entre el feminismo y el anti-especismo, destacando dos posturas relevantes al respecto.

Eso sí, antes de desarrollar la esta idea, me parece necesario dar con una definición de especismo. En este sentido, no debiese ser sorpresa para nadie enterarse de que cada año millones de animales no humanos son capturados, encerrados, torturados y asesinados de las maneras más crueles que nos podemos llegar a imaginar para ser convertidos en productos alimentarios, en vestimenta e incluso en objetos de adorno para seres humanos. Por otro lado, otra gran parte de animales no humanos tienen igual suerte, al terminar siendo objeto de experimentación, víctimas de torturas que no vale la pena enumerar ni describir acá.

También espero que no sea sorpresa para nadie el enterarse de que los animales no humanos son también seres sintientes, esto es, individuos capaces de sentir miedo, dolor, angustia, así como de sentir placer y crear vínculos afectivos. Es decir, son sujetos con intereses propios que responden a no querer sufrir y a querer sobrevivir y vivir de manera libre.

Así las cosas, partiendo de la base de que, al igual que nosotros, los animales no humanos son capaces de sentir y de tener intereses propios, cabe preguntarnos ¿por qué consideraríamos válido o justificable causarles daños que consideraríamos injustificados (y más aún, condenables por todo tipo de sociedades y personas) hacerles a animales humanos? Hecha esta pregunta, podemos decir que el especismo consiste en suponer que los intereses de ciertos individuos son menos (o nada) relevantes en relación a los intereses del ser humano, por el simple (y arbitrario) hecho de pertenecer a una u otra especie.

Despejado eso, ya en el año 1990, Carol J. Adams planteaba la interseccionalidad entre estas dos luchas en su libro “The Sexuals Politics of Meat“; el término acuñado por Adams para evidenciar esta relación fue el de “referente ausente” (absent referent). Este concepto actúa dentro de las distintas relaciones intersubjetivas que llevamos adelante a diario con los otros seres como un “escondite” de la crueldad y violencia propias e inherentes de ellas, es decir, el referente ausente esconde la violencia propia de las lógicas y formas en que nos relacionamos con nuestro entorno.

Esta “omisión” es fácil de develar respecto al consumo de la carne de otros seres sintientes, toda vez que, al consumir carne y productos extraídos de otros como “alimento”, distanciamos esa mercancía final de su referente (ausente): el animal que fue confinado, torturado y asesinado sanguinariamente, únicamente para ser presentado como alimento.

En este sentido, en La Política Sexual de la Carne, Adams argumenta que la dominación y opresión patriarcal y la opresión hacia los animales están vinculadas, jugando el concepto de referente ausente el mismo rol respecto de las mujeres. Así las mujeres, dentro de las relaciones de la sociedad patriarcal y capitalista actual, también son posicionadas como referente ausente, es decir, también somos olvidadas en tanto sujetas, y esto en nuestro caso se manifiesta de diversas formas, objetivizándonos de la misma manera que se hace con la carne, y presentándonos como un producto consumible de muchas maneras (por ejemplo, la pornografía, la reproducción de la vida, etc.).

Así, detrás de cada cadáver presentado como alimento y dentro de cada relación de dominación y opresión hacia las mujeres hay una ausencia: la del animal, en el primer caso, cuya carne fue extraída para convertirse en producto, convirtiendo al animal en un algo-objeto y no en alguien-sujeto con deseos de vivir/sobrevivir y no sufrir, y de la mujer, en el otro caso, reduciéndonos también a un “algo”. Al igual que sucede con los animales no humanos, se nos cosifica, y una vez objeto, se nos fragmenta en tanto tal, para finalmente ser consumidos (literalmente, en el caso de los animales y de múltiples formas en el caso de las mujeres).

Más recientes son los planteamientos de la autora feminista y animalista Catia Faria, quien en su artículo “Lo personal es político: feminismo y antiespecismo”, postula la relación que existe entre la dominación y explotación de la mujer y la de los animales, entre otras cosas. Lo interesante de este artículo radica en que nos obliga como feministas a replantearnos y sobre todo, a ampliar, el popular lema feminista “lo personal es político”. Se propone incorporar la perspectiva antiespecista como lucha y reivindicación netamente política y revolucionaria, sacándola del estatus de “estilo de vida” o decisión personal propia del ámbito privado, planteando que, así como el trabajo doméstico, el trabajo reproductivo, los cuidados típicamente del hogar no son cuestiones que residen en un ámbito privado y escondido, tampoco puede serlo el cómo nos relacionamos con los otros animales no humanos, toda vez que es una decisión que afecta directamente la forma en que la sociedad se construye y organiza, la forma en que nos relacionamos y las relaciones de producción que avalamos.

En primer lugar, la autora reconoce algunos puntos de alcance de carácter estructural que existen entre el sexismo o la discriminación por género y el especismo, concluyendo que ambas formas de discriminación y opresión deben no solo ser rechazadas, sino que, al ampliar el radio de nuestras obligaciones morales, deben ser combatidas activamente.

El primer punto de conexión dice relación con la discriminación arbitraria, es decir, el trato injustificadamente distinto hacia algunos por sobre otros, basado únicamente en cuestiones injustas, por ejemplo, el género o la especie. En ese sentido y, como se señaló anteriormente, el especismo se trata de una forma de discriminación tan infundada como el de la discriminación por género, es decir, la especie a la que pertenecemos es un criterio tan irrelevante como lo es nuestro género (o nuestra orientación sexual, nuestra raza, etc.) toda vez que ninguno de estos criterios funciona para determinar nuestra capacidad de sentir, de sufrir los daños que nos infligen, ni nuestra capacidad de disfrutar o generar lazos afectivos. De esta manera y, atendiendo a la pretensión de querer ser consistentes y coherentes en nuestros planteamientos, si nos oponemos a la discriminación basada en criterios históricamente arbitrarios, como el género, también nos asiste la obligación y necesidad moral (y política) de hacerlo en el caso del especismo. Es decir, poco importa que los sujetos afectados por este tipo de discriminación pertenezcan o no a determinada especie.

La segunda similitud estructural que reconoce la autora, dice relación con la pretensión de igualdad y con el correcto entendimiento desde el feminismo de que las diferencias arbitrarias basadas en nuestro género responden a desigualdades de carácter estructural propias de la sociedad actual. En este contexto, las mujeres hemos sido históricamente desfavorecidas. Y así, de manera similar, existe otro grupo de individuos que ha sido afectado por estas desigualdades estructurales: los animales no humanos, quienes son discriminados por la amplia mayoría de seres humanos, de todo tipo de sociedades y clases. Siendo lo relevante que, en tanto son objeto de desigualdades de carácter estructural, al igual que en el caso del feminismo, no basta con una mera oposición a las formas de discriminación y maltrato que el sistema actual fomenta, sino que nos obliga a tomar parte activa en la lucha por la transformación de estas lógicas estructurales.

El tercer punto de encuentro entre ambos tipos de discriminación radica en que, tanto el sexismo como el especismo se manifiestan mediante una lógica de opresión y dominación altamente jerárquica. En este sentido, Catia Faria plantea que la opresión a la que están sujetos todos aquellos que no responden al ser hombre cisgénero se manifiesta en tres ejes fundamentales: objetificación, subordinación y abuso. Así, la objetificación de los individuos con intereses propios que son omitidos, conlleva la subordinación de los mismos a los intereses del sujeto opresor y ello, en la práctica, deviene en abuso. Así, tanto la discriminación por género como la discriminación por especie juegan un rol esencial en la construcción y re-afirmación de la masculinidad cisheteropatriarcal.

Ahora bien, otro aspecto relevante de este artículo dice relación con la respuesta del eco feminismo a esta conexión, descartando que sea la correcta. El eco feminismo, en simple, plantea un vínculo existente entre el feminismo y el ecologismo, planteando la opresión hacia las mujeres y la explotación de la naturaleza y el medio ambiente como manifestaciones de una misma lógica de dominación. Sin embargo, el primer punto cuestionable (con miras a construir una postura antiespecista) es que la naturaleza y los animales no son entidades idénticas, hacer esta equiparación ubica a los animales no humanos como meros elementos parte del medio ambiente, reduciendo su valor e intereses a la posición que toman dentro de los distintos ecosistemas. Sin embargo, como se ha dicho, los animales, humanos y no humanos debemos ser reconocidos como entidades independientes y con intereses propios. Es decir, una postura eco feminista que realmente tenga la pretensión de luchar contra la discriminación por especie no puede descansar, simplemente, en esta equivalencia de carácter esencialista entre naturaleza y animales no humanos.

Finalmente, el artículo da cuenta de algunas de las implicancias prácticas de las reflexiones anteriores, cuestión que siempre es necesaria para articular una praxis política consistente. En este sentido, para la autora, la primera implicancia práctica que se desprende de esta reflexión es el veganismo. Por otra parte, sostiene que no podemos descansar, simplemente, en dejar de participar en el daño hacia los demás animales de manera individual, sino que la segunda implicancia práctica consiste en el deber de participar y luchar activamente en impedir que estos daños sigan ocurriendo, es decir, es necesario transformarnos en activistas en defensa de los demás animales no humanos.

Ahora bien, atendiendo al nivel de la reflexión actual sobre esta interrelación entre el feminismo y el anti-especismo, parece evidente que aún queda mucho que decir y, sobre todo, que hacer respecto de la conexión entre ambas luchas. Mas aún considerando que estas cuestiones, en especial el veganismo, han sido históricamente disminuidas dentro de la izquierda e incluso dentro de los feminismos a cuestiones típicamente personales e individuales, a meros voluntarismos y decisiones de una aparente esfera privada intocable e incuestionable por los otros. Sin embargo, como se sostuvo en un principio, no hay ninguna diferencia de carácter relevante para distinguir entre aquellas injusticias que cometemos o que avalamos en la esfera pública con aquellas propias de nuestro entorno más íntimo, siendo igualmente injustificadas y merecedoras de combate por nuestra parte.

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