En el segundo lanzamiento de “Furias Callejeras”

 

Por Irune Martínez (*)

El libro Furia Callejeras de Sofía Esther Brito, además de alucinarnos con su audaz y cruda pluma, abre una posibilidad tan necesaria como poco habitual: la posibilidad de preguntarnos sobre el lugar que ocupa el feminismo en la construcción de estrategia revolucionaria, a la vez que nos permite abrir la interrogante sobre el papel que juega el arte dentro de la construcción de proyecto emancipatorio.

Es en esto en lo que me gustaría detenerme, con la intención de elaborar una pequeña reflexión sobre estas dos potencias y su convergencia en este breve pero intenso y audaz texto.

Qué es el feminismo y cuál es su potencia son preguntas tan complejas como necesarias para la construcción política revolucionaria. Por supuesto, estas preguntas están abiertas al debate, y es eso precisamente lo más interesante de hacerlas. Me parece que el feminismo nos entrega la posibilidad de leer y comprender la totalidad en toda su extensión y complejidad, en tanto totalidad en movimiento, derribando las fronteras que dividen lo público y lo privado, completando así la lectura sobre todo el fenómeno social. El feminismo tiene la potencia, en tanto praxis política, de cuestionar el orden dado, posibilitando un quiebre en ese movimiento que llamamos realidad. Ahora bien, cuál es el desvió que adopta ese movimiento, hacia donde se conduce, no son cuestiones evidentes. El feminismo, comprendido como fenómeno eminentemente político, esta en disputa, lo que no significa otra cosa que se despliega en el plano de lo político, y así se pregunta, en último término, por el poder. Es pues esa la discusión que nos plantea Sofía en su libro: dónde está radicado ese poder cuando leemos la totalidad en clave feminista, es decir, cuando estamos realmente leyendo la totalidad.

Ahora bien, qué lugar ocupa el arte en la construcción de proyecto emancipatorio es otra interrogante que surge al ir recorriendo los versos de este libro. Nuevamente, esta no es una discusión que haya sido superada, pero Sofía, de forma sutil y clara, toma postura en esa discusión. A medida que recorremos sus poemas, que nos empapamos de esas historias, de esas vidas, observamos cómo se utiliza el arte, la poesía, como arma, como herramienta política. En ese sentido, me parece que el ejercicio que se hace en este texto es a la vez valioso en sí mismo, cómo lo es por su utilidad para la construcción feminista. La forma poética del arte tiene la capacidad de ser portadora del discurso revolucionario de forma tal que llegue al campo popular, tiene la capacidad de traducir al lenguaje de nuestro pueblo trabajador el contenido mismo de la estrategia revolucionaria. Mejores son las palabras de Roque Dalton para referirse a esto mismo: “El revolucionario es, entre otras cosas, el hombre más útil de su época. Porque vive para realizar fines que significan los más altos intereses de la humanidad. Ello es válido para el poeta revolucionario, en cuanto revolucionario y en cuanto poeta, puesto que desde que publica su primera palabra está dirigiéndose a todos los hombres, en defensa de los más altos anhelos de los mismos”. Intentando dejar de lado, tan sólo por un momento, la forma algo masculinizada de plantear la idea, me parece que es esto precisamente lo que observamos en los poemas de Sofía: aquí no encontramos neutralidad, todo lo contrario, aquí encontramos propuesta política que busca mejorar las condiciones de aquellas sujetas que viven de forma más cruel las opresiones de este sistema, nosotras.

Así, lo que me interesa relevar de este complejo y hermoso poemario, sin olvidar todas sus otras cualidades, igual de admirables por lo demás, es la capacidad que tiene Sofía de conjugar en sus poemas ambas potencias, la del feminismo y la del arte revolucionario, siendo capaz de plantear una crítica consciente con una pluma admirable. La belleza de su escritura viene de su capacidad de ser portadora de esa crítica, y generadora, a su vez, de consciencia. Podemos observar esto en sus dos dimensiones: contenido y forma. En cuanto a su contenido, la poesía que disfrutamos en este libro trae consigo aquella crítica consciente  a la que ya he hecho referencia, pero es más que eso, pues esa crítica es dicha desde la misma sujeta que vive esas opresiones, desde la propia experiencia y desde la experiencia compartida, colectiva, desde la comunidad. Sofía no habla por sobre aquella sujeta, ni busca describirla; no busca simplemente contar sus dolores, sus alegrías, sus furias: ella es sujeta, habla desde sus entrañas, desde la cotidianidad más profunda, más densa, su prosa es la voz de esa sujeta, pues es ella la que habla en sus versos.

“A Nosotras, tierra de hoja.

Nadie llegó para iluminarnos”

Esto tiene una expresión clara en la forma que toma esta crítica, es decir, en el lenguaje que Sofía elige para transmitirla. No es una escritura pretenciosa, perfectamente prolija, porque así no vivimos ni sentimos las mujeres, menos las pobres, así no sufrimos, así no nos enfurecemos. La poesía de Sofía habla como hablan las mujeres de nuestro pueblo, porque viene de ahí, porque es ese su lenguaje, porque son ellas las que hablan a través de sus versos.

Así, la poesía de la Sofía encarna un discurso político en clave feminista, que habla de la totalidad, que cuestiona su movimiento, pero que además busca transformarla. Tiene un impulso que vislumbra una salida de la frustración de las opresiones, del dolor, del cansancio; es furia, y desde ahí es motor que genera movimiento. Como dijeron por ahí: “No hay autocomplacencia, hay fuerza y rebeldía”. Es eso lo que hace de este impulso uno profundamente político, pues no se limita a avanzar sin dirección, sino que al abrir esta totalidad, al mirarla desde la propia experiencia cotidiana, desde la vivencia de todas, busca avanzar a su transformación.

“A mí lo de mujer,

se me cuela por la ropa

en cada mate caliente

en cada muestra de amor.

De vieja me dejé crecer los sueños,

y le repito a mis crías que de chicas,

no se queden sin voz.”

Es, pues, en este ejercicio direccionado, eminentemente político, que la escritura de Sofía se vuelve acción política. Ese, a mi parecer, es su principal valor: más allá de lo magistral de su pluma y de lo elaborado de versos, la poesía de la Sofía es acción política que tiene como objetivo ser un ejercicio de crítica a las formas cotidianas donde se manifiesta la opresión de género, buscando despertar la conciencia de las mujeres sobre sí mismas. Es una poesía que carga con un mensaje de la mayor importancia, y sale al encuentro frenético de sus compañeras de lucha, posicionándose desde aquella vereda que evidencia la necesidad de la transformación radical de esa totalidad que observa, que sufre, que grita.

Esa es la razón de la agudeza de su prosa, de sus estremecedores versos, de la urgencia de sus historias contadas desde las propias entrañas de la sujeta oprimida por la propia exigencia de ocupar su posición en el orden dado del ser mujer; Sofía se propone desafiar todo aquello que aparece como natural, desgajarlo, desde una posición de insurgencia, que busca salir de la resistencia y comenzar a accionar, proponiéndose transformar todo aquello que configura dicho orden. Eso es este libro: acción política revolucionaria y, por tanto, feminista.

Esta intención alcanza su mayor concreción cuando Sofía se aventura en criticar no sólo el orden dado, sino también las formas que han adoptado las estructuras organizativas que se proponen cuestionarlo. Así, sin una pizca de soberbia, pero sin rodeos, Sofía entrega elementos para una nueva forma de construcción, que comprenda, en su dimensión más política, la importancia de la elaboración en clave feminista. De esta forma, este libro no le habla a una masa de sujetos indeterminados, le habla a su clase y a la izquierda que pretende organizarla, reclamando con vehemencia que el camino ha estado equivocado y es momento de corregirlo.

La instalación de la crítica feminista a la construcción clásica de las organizaciones militantes hace que su pluma sea una mortal lanza que se clava directo en el corazón del viejo mundo y sus guerrilleros, hablando desde la lucha por el reconocimiento como parte del motor de los pueblos, y no desde el rol subordinado del orden dado del ser mujer. La escritura reflexiva desde la militancia no es otra cosa que el diálogo desde su cuerpo hacia sí misma y hacia su estructura, el cual se puede realizar tan sólo desde la propia sujeta y no por fuera ni por sobre ella. La organización política, en tanto espacio de vehiculización de la estrategia revolucionaria, debe ser capaz de procesar ésta en toda su complejidad y extensión: si nuestra estrategia revolucionaria es feminista –malamente podría no serlo-, entonces la forma que adopte su continente es crucial, toda vez que es condición de posibilidad de su existencia material. Ahí nuevamente Sofía acierta:

“Después de todo,

ya no voy a llegar a ser santa,

Confieso que no creo

Más que en el calor de las luchas

Nuestras

No me aprendí las citas del Capital

No le recé a Fidel para que llegase al cielo

Después de todo, se derritió la vela

Y la calle me salió del cuerpo

La rabia”

 Es esto, pues, lo que encontramos al abrir este poemario: una invitación a la acción, a mirar y cuestionar lo dado, y a avanzar en nuevas formas de reconocimiento y de construcción. Es, es definitiva, una bella y audaz forma de llamarnos a enfurecernos, para de ahí transformarlo todo.

 

(*) Se trata de la presentación del libro “Furias Callejeras” (Escafandra Ediciones) en su segundo lanzamiento, el 7 de diciembre 2017

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