Jerusalén, Trump y Netanyahu: la nueva cara del imperialismo

 Por Abraham Saba Martínez

Trump, Israel y “los palestinos”

El pasado miércoles 6 de diciembre, el presidente de EE.UU, el megalómano Donald Trump, hizo un anuncio largamente esperado por las cúpulas norteamericanas e israelíes, pero no por eso menos controversial y aterrador. El mandatario declaró que su país reconocía a Jerusalén como la capital del estado de Israel, aduciendo razones como que esa era la realidad de la ciudad y que cualquier estado debería tener la posibilidad de elegir su propia capital para que sea reconocida por el resto de la comunidad internacional. La decisión, por supuesto, causó un rechazo masivo en el mundo, especialmente en el mundo árabe y musulmán, mientras que Europa llamó a EE.UU a la cautela, rechazó tibiamente la decisión y señaló que el statu quo de la ciudad debe ser acordado por ambas partes, y respetado por la comunidad internacional.

Dicho reconocimiento va directamente en contra del derecho internacional y las resoluciones de la ONU, que declaran a Jerusalén como ciudad ocupada por Israel, y cuyo estatus final solo debe ser decidido por las partes en conflicto, dícese Israel y Palestina. Más allá de los legalismos internacionales, dicha declaración ignora de manera monumental el arraigo histórico y la soberanía palestina sobre Jerusalén Este, ciudad declarada como capital por parte del estado de Palestina.

Sin embargo, por muy nefasta que pudiera haber sido la movida de Trump, creo que difícilmente alguien se pudo haber sorprendido realmente, sobre todo si se conoce el fuerte vínculo de Trump con el lobby sionista israelí. Basta retroceder a su periodo de campaña a la presidencia, en la que Trump se paseaba por la Convención de AIPAC (Comité Norteamericano Israelí de Asuntos Públicos), la agencia de lobby pro israelí más poderosa de EE.UU, donde prometió que en caso de salir electo, reconocería Jerusalén como la eterna e indivisible capital de Israel, y haría cumplir la tan ansiada promesa de trasladar la embajada norteamericana de Tel Aviv a Jerusalén. Por otro lado, su yerno y asesor principal, Jared Kushner, es un reconocido sionista y accionista de inmobiliarias israelíes que operan, vaya sorpresa, construyendo asentamientos ilegales en Palestina. Su figura resalta aún más cuando se toma en consideración que Trump lo designó como cabecilla del concejo negociador a cargo del “mejor plan de paz de la historia” para el conflicto palestino-israelí.

Teniendo en cuenta estos detalles no es difícil darse cuenta qué tendencia es partidario Trump, ya considerado por algunos como el presidente “más sionista” de la historia de EE.UU, como tampoco es difícil presagiar que su plan de paz posiblemente sea asegurar la hegemonía israelí en Palestina y a la vez destruir por completo la posibilidad de un estado palestino soberano. Varias voces ya advirtieron que este movimiento por parte de la Casa Blanca pone el último clavo a la agonizante solución de los dos estados, y posiblemente sea eso lo que busca.

Si realizamos un breve ejercicio de análisis discursivo al comunicado oficial que Trump dio para reconocer a Jerusalén como capital de Israel saltan dos detalles a la vista: Primero, habla continuamente del estado de Israel, pero nunca del estado de Palestina, ni de la nación palestina, ni hace mención a la  ANP, o la OLP, es más, no hace mención a ningún tipo de representante nacional o histórico  del pueblo palestino, ni siquiera habla del “pueblo palestino”, solo habla de “los palestinos” sin más, como si fueran nada más que una población flotante, cuyo único objetivo sería molestar a Israel, porque además solo habla de “los palestinos” cuando se refiere a la necesidad de buscar el diálogo y la paz en Medio Oriente entre “el estado de Israel y los palestinos”. Segundo, al hablar de la soberanía israelí sobre Jerusalén, no hace ninguna mención al problema de la ocupación de la ciudad, ni de las demandas y pretensiones palestinas sobre Jerusalén Este o respecto de la independencia palestina. Para Trump y la Casa Blanca, la soberanía israelí sobre Jerusalén no se ve conflictuada por ninguna de estas aristas, el único problema para la soberanía sionista sería que la Comunidad Internacional no quiere ver la simple realidad de que Jerusalén es la capital de facto y de iure proclamada por Israel. Aparentemente el hecho de que la ciudad esté ocupada ilegalmente por Israel no parece tener ninguna relevancia.

Esta declaración claramente marca una victoria para el sionismo, y en especial para Benjamin Netanyahu, el sanguinario Primer Ministro de Israel, quien desea pasar a la historia de los grandes primer ministros al tratar de conquistar la mayor cantidad de territorios de Palestina para lograr alcanzar el “Eretz Israel” o el Gran Israel, el sueño histórico del sionismo de llevar la soberanía del hogar nacional judío a todos los rincones de la Palestina Histórica y más. Para eso el gobierno de Netanyahu ha estado marcado por la confiscación de terrenos de Cisjordania para asentamientos ilegales, el avance en la construcción del muro de la vergüenza que cercena los territorios palestinos, la consolidación de un sistema de Apartheid para controlar a la población palestina, los despiadados bombardeos sobre Gaza y el asesinato de miles de civiles, la sistemática violación de los derechos humanos de los palestinos y una fascistización de la retórica y la ideología política israelí hacia considerar a los palestinos como invasores, terroristas y asesinos que deben ser aniquilados para asegurar la sobrevivencia de Israel. Una política del terror y la muerte que ha reforzado el rol histórico de Israel como una potencia colonial y ocupante sobre medio oriente, una maquinaria de muerte, de necropolítica, para subyugar a “la barbarie medio oriental” y asegurar la victoria del imperialismo occidental y, por qué no decirlo, del “progreso”.

Netanyahu ha sido el fiel vocero de tan repudiable proyecto político y sus dos mayores logros, hasta el momento, para alcanzar la deseada meta de su Eretz Israel vinieron de la voz del presidente Trump: que el mundo o, al menos, EEUU de momento, reconozca a Jerusalén como su capital y a la vez poner fin a las aspiraciones de un estado Palestino soberano, aparentemente cimentando el camino para las aspiraciones expansionistas del sionismo.

La Torre y el Rey

Hace cien años el imperialismo europeo se impuso sobre Medio Oriente con las garras de todo su armamento bélico e institucional para dibujar y desdibujar el terreno según sus intereses políticos y económicos, avasallando la dignidad y la soberanía de todo un gigantesco pueblo. A partir del tratado de Sykes-Picot de 1914 inventaron y dibujaron las fronteras de todos los estados actuales en Medio Oriente, cual tablero de ajedrez y, en 1917, con la declaración Balfour idearon su torre más fuerte en la región, una colonia exclusiva para judíos sionistas europeos, un “enclave de progreso europeo en Asia para controlar las huestes árabes” en palabras del mismo Theodore Herzl. A partir de ahí, tomó solo 31 años para levantar dicha torre y asegurar la injerencia occidental en Oriente una vez que cayeran los imperios europeos.

Dicha torre se levantó a partir del asesinato y despojo de miles de palestinos de sus tierras por medio de una de las limpiezas étnicas más grandes de la historia moderna y que se sustenta el día de hoy a partir de un régimen de Apartheid, de la sistemática violación a los Derechos Humanos y de la constante negación de autodeterminación de un pueblo que lleva tantos años en resistencia como años tiene la misma declaración Balfour.

Parece que no es coincidencia que justo cien años después, un megalómano presidente norteamericano lance una nueva declaración Balfour, la declaración Trump, con miras a reinaugurar no solo una embajada, sino que todo el pacto colonial entre Israel y Occidente, actualizando así el imperialismo del Siglo XXI. Israel ya no es la torre de Gran Bretaña, ahora es EE.UU el rey que controla el tablero y a la torre sionista, torre que es impenetrable si se le ataca directamente, porque siempre tendrá un rey que la defienda.

Es por eso que, para vencer el expansionismo sionista, la responsabilidad no solo recae en los palestinos, que han sabido cumplir dicho deber resistiendo 70 años de cruenta ocupación, sino en nosotros, en la comunidad internacional. Nuestro deber recae en darnos cuenta de la barbarie que el sionismo comete todos los días contra Palestina en nombre del “progreso” y darnos cuenta que nuestra mayor arma contra eso es la solidaridad internacional. Nuestro deber es rechazar que dicha barbarie se normalice y rechazar que Israel se relacione con el resto de la comunidad internacional impunemente. Es rechazar el Apartheid, el racismo, la segregación y la limpieza étnica contra los palestinos. Por lo tanto, es boicotear a Israel cada vez que se quiera presentar en el resto del mundo como una nación “moderna y progresista”.

 Solo cuando haya paz y, más importante, justicia para los palestinos, y cuando Israel termine con el Apartheid, se podrá decir que es en verdad progresista y tolerante, antes de eso, es nuestro deber solidarizar con Palestina y su lucha y boicotear a Israel para romper los vínculos y lazos que mantiene con la comunidad internacional. Recordemos que Israel sigue siendo una colonia de EE.UU y Occidente y, por lo tanto, cuando el mundo le dé la espalda a su nefasto régimen, se verá en la obligación de cambiar sus políticas en orden de asegurar su existencia. Solo cuando la torre se quede sola será posible derribarla y, al día de hoy, la única forma que tenemos para lograrlo es a través de la solidaridad internacional y la campaña de Boicot a Israel (BDS).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *