Una breve historia sobre la discusión acerca del partido: Los Clásicos

Por Matías Guerra

Antes que cualquier desarrollo acerca de la temática en cuestión, es necesario aclarar el motivo del presente texto. Dentro de los debates que debe ir dando la izquierda, la cuestión del partido tiene un lugar fundamental. Por ende, es menester comenzar a abrir aquellos debates, acerca de si es necesario el partido, qué tipo de partido, o qué es un partido. Es con este fin que pretendo dar una breve base y contextualización acerca de los debates que se han dado en torno al partido y su importancia en el proceso hacia la revolución socialista. En un primer texto, abordaré principalmente las concepciones clásicas y los debates dados desde Marx a Lenin. En un segundo momento, intentaré exponer los herederos y continuadores de las concepciones clásicas. Y por último, un último texto narrando las experiencias partidarias de las últimas décadas, ya entrando en el Siglo XXI. Cabe recalcar que por la función meramente formativa de estos textos, se tomará un enfoque esencialmente explicativo y no propositivo.

  1. Marx y Engels

Sería imposible comenzar el recorrido histórico de los debates acerca del partido sin partir por “El Manifiesto Comunista” escrito en 1847 por Marx y Engels. Analizando el contenido del manifiesto, pueden encontrarse ciertos pasajes en dónde se habla acerca del partido y sus funciones, pero sin una teorización profunda y acabada acerca del tema. Dentro de las citas más llamativas, se encuentra la siguiente, en donde los autores recalcan la posición y función del partido a con la clase obrera.

¿Cuál es la posición de los comunistas ante los proletarios en general? Los comunistas no forman un partido distinto, opuesto a los otros partidos obreros. No tienen ningún interés que los separe del conjunto del proletariado. No proclaman principios sectarios sobre los cuales quisieran modelar el movimiento obrero (…) Prácticamente, los comunistas son, pues, la fracción más resuelta de los partidos obreros de todos los países, la fracción que arrastra a las otras; teóricamente, tienen sobre el resto del proletariado la ventaja de un concepto claro de las condiciones, de la marcha y de los fines generales del movimiento proletario. El propósito inmediato de los comunistas es el mismo que el de todos los partidos obreros: constitución de los proletarios en clase, destrucción de la supremacía burguesa, conquista del poder político por el proletariado.”

De aquella proposición se pueden desprender varios elementos. En primer lugar, que para los autores el partido y la clase obrera no tienen una diferencia sustancial, considerando al partido una expresión de la clase obrera, pero no exterior a ella. Esto no implica, eso sí, que para cada clase corresponda solamente un partido, sino que la clase, el conjunto de las organizaciones, partidos, individuos, actúa como “partido” frente a las otras clases. De hecho, el mismo Engels en una carta a Bebel expone que “la solidaridad del proletariado se lleva a la práctica de todas partes en diversas agrupaciones partidarias que siguen cargando con mortales enemistades mutuas”. En segundo lugar, la función del partido recae principalmente en ser la vanguardia de la clase obrera en tanto que es su expresión práctica con una mayor conciencia de clase. El partido, en calidad de clase obrera organizada políticamente, debe apoyar los embates de la clase obrera en contra de la burguesía, ayudando al proletariado a encontrar, en el transcurso de su propia práctica histórica, el camino hacia la revolución comunista. En concordancia también con lo señalado anteriormente, es que el partido, en su condición de vanguardia, no puede sustituir la acción política de la clase obrera, imponiendo su voluntad por sobre la clase, sino que debe actuar como mediador en la práctica de la lucha de clases. Concluyendo entonces, el partido que expone Marx en el manifiesto es la vanguardia del proletariado que lucha por emanciparse; es el instrumento de la toma de conciencia de la acción revolucionaria de las masas. Su papel no es el de obrar en lugar de la clase obrera, sino el de orientar a ésta hacia el camino de su autoliberación, hacia la revolución comunista de masas.

  1. Bakunin

Conocido adversario de Marx y Engels durante los tiempos de la primera internacional es el anarquista Mijail Bakunin. Nació en Rusia el año 1814, aunque vivió gran parte de su vida en exilio producto de persecución política, finalmente falleciendo en la pobreza extrema el año 1876. Las polémicas entre Marx y Bakunin son incontables, por lo que no se abordarán acá, pero terminó con la expulsión de los llamados anarquistas de la primera internacional, y con ello un debilitamiento de la misma organización obrera internacional. Para el análisis de la proposición acerca del partido del presente autor, remitiré principalmente a su texto “Carta a Nechayev”, en dónde analiza sintéticamente el lugar del partido en la lucha de la clase obrera hacia su emancipación.

Tal como dice Gabriel Rivas, de manera sintética, para Bakunin la organización política tiene dos objetivos, uno es la promoción de la organización popular, el otro, es dar una orientación revolucionaria a su actividad. Cabe destacar que acompañado a esta concepción de la organización política, viene también una forma particular de concebir la revolución. Para Bakunin, es indispensable que la revolución tenga un carácter espontáneo, y por ende, en sus palabras, social y popular. Para cumplir con aquel requisito, que más que ser un imperativo ético, es una necesidad material para la consolidación de una revolución verdaderamente “desde abajo”, la organización política debe contar con ciertas particularidades que explicaremos a continuación.

Primero, está la necesidad de contar con una organización clandestina capaz de llevar a cabo la educación de las masas proletarias, pero actuando como “vanguardia silenciosa”, instaurando la dictadura colectiva de la organización secreta. Muy acorde al concepto de hegemonía que desarrollarán más adelante Lenin y Gramsci, el concepto de dictadura colectiva hace referencia principalmente al convencimiento ideológico y fortalecimiento de la voluntad revolucionaria, principalmente a través de propaganda y la acción directa de masas, como guía hacia una revolución espontánea. En las palabras del mismo Bakunin, “tal dictadura no es en absoluto contraria al libre desenvolvimiento y la autodeterminación del pueblo, ni a su organización desde abajo hasta arriba de acuerdo a sus usos e instintos (…) Los militantes se esfuerzan, de común acuerdo y cada uno en su población, por orientar el movimiento revolucionario espontáneo del pueblo según un plan determinado de antemano y bien definido.” Este plan que organiza la libertad popular debe ser, primero, preparado con bastante solidez, y segundo debe ser lo bastante amplio para abarcar y aplicar los inevitables cambios procedentes de circunstancias diversas, y movimientos variopintos de la diversidad de la vida popular.

  1. Lenin y Luxemburgo

Finalizando ya con los clásicos, es hora de abordar los debates entre dos de los pensadores más influyentes de la historia del comunismo: Rosa Luxemburgo y Vladimir Lenin. Uno de los debates más célebres entre ellos es el que comentaremos brevemente a continuación: el concerniente al espontaneismo y la conciencia desde fuera.

Quizás la cita más ampliamente conocida de Lenin, y a la vez una de las más polémicas, es la presente afirmación que hace en su libro el “Qué Hacer” de 1902, en donde apunta hacia la necesidad de un órgano externo a la clase obrera que le inculque la conciencia de clase propiamente revolucionaria:

Hemos dicho que los obreros no podían tener conciencia socialdemócrata. Esta sólo podía ser traída desde fuera. La historia de todos los países demuestra que la clase obrera está en condiciones de elaborar exclusivamente con sus propias fuerzas sólo una conciencia tradeunionista, es decir, la convicción de que es necesario agruparse en sindicatos, luchar contra los patronos, reclamar al gobierno la promulgación de tales o cuales leyes necesarias para los obreros, etc. En cambio, la doctrina del socialismo ha surgido de teorías filosóficas, históricas y económicas elaboradas por intelectuales, por hombres instruidos de las clases poseedoras. Por su posición social, los propios fundadores del socialismo científico moderno, Marx y Engels, pertenecían a la intelectualidad burguesa.”

Desde la lectura que hace Bensaid, lo que está en juego en el ideario de partido de Lenin es específicamente la delimitación del partido con respecto de la clase obrera. Según este, es precisamente la “forma partido” la que permite a la clase obrera intervenir en la vida política, actuar políticamente, no limitarse a sufrir los flujos y reflujos de la lucha de clases, atravesar los altos y bajos con su propio proyecto. Es a través de esta delimitación que el partido se nutre de las experiencias prácticas de lucha de la clase obrera, y a partir de esto, construye el camino hacia la revolución proletaria. Este partido delimitado vive entonces en diálogo y relación permanente con los desarrollos de la conciencia de clase. Citando nuevamente a Lenin, “el conocimiento que la clase obrera pueda tener de sí misma está indisolublemente ligado a un conocimiento preciso de las relaciones recíprocas de todas las clases de la sociedad contemporánea, conocimiento no solo teórico, digamos más bien menos teórico que basado en la experiencia de la vida política.” El partido, es entonces, el vector de la experiencia política, el hilo que guía la conciencia de la clase.

En respuesta al “Qué hacer?” de Lenin, Rosa Luxemburgo escribe inmediatamente después, que “la socialdemocracia no está unida a la organización de la clase obrera, es el movimiento propio de la clase obrera.” Con esta aseveración queda entonces difuminada la delimitación propuesta por Lenin entre clase y partido. Como movimiento propio de la clase, el partido reúne orgánicamente al conjunto de las organizaciones de las que se dota la clase, asociaciones, o sindicatos. Luxemburgo afirma también que “en la historia de las sociedades de clases el movimiento socialista fue el primero en contar, para todas sus fases y en toda su actividad, con la organización y la acción directa de las masas, siendo que de ellas extrae su propia existencia”. De esta manera pone las bases para comprender que la espontaneidad y la conciencia, no son procesos distintos, sino que dialécticos e interactuantes. Profundizando aquella noción, y a la vez polemizando con el partido leninista, afirma que “no puede haber en el partido tabiques estancos entre el núcleo proletario consciente que forma sus cuadros sólidos y las capas circundantes del proletariado, ya entrenadas en la lucha de clases y cuya conciencia de clase crece día a día.” Por tanto, es en este devenir constante de conciencia de clase, que la vanguardia centralizada del proletariado se hace cada vez menos necesaria, siendo la clase obrera en su conjunto la que adopta una condición de “yo” colectivo. Para cerrar su crítica, Rosa concluye que este proceso de adquisición de conciencia por parte de la práctica de la lucha de clases no es recta, sino que toma forma dialéctica, y por tanto es necesario atender a distintas necesidades en distintos momentos dados (por tanto, no se desecha la noción de partido de vanguardia, sino que a medida que madura el movimiento obrero, se hace cada vez menos necesaria la dirección partidaria en tanto organismo). “La transformación de la masa en ‘dirigente’ seguro, consciente y lúcido, la fusión de la ciencia con la clase obrera, no es ni puede ser otra cosa que un proceso dialéctico, puesto que el movimiento obrero absorbe continuamente nuevos elementos proletarios así como desertores de otros estratos sociales. Sin embargo, ésta es y deberá ser la tendencia dominante del movimiento socialista: la abolición de los ‘dirigentes’ y de la masa ‘dirigida’ en el sentido burgués, la abolición de ese fundamento histórico de toda dominación de clase”. El partido consciente es, en última instancia, “el movimiento propio de la clase obrera”.

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