Notas para la acción política en el contexto de los procesos actuales de recomposición de pueblo

Por Laura Dragnic y Fernando Quintana

La izquierda de intención revolucionaria se encuentra en un escenario particularmente difícil. Por un lado, el triunfo de Sebastián Piñera en el gobierno abre paso a una nueva arremetida de la derecha. Esto, representa una amenaza en el plano institucional, pues la derecha dispone de aún más mecanismos para ser un freno frente a las fuerzas de cambio. Pero también representa una amenaza en las calles: con Piñera en el gobierno, los sectores racistas, misóginos y xenófobos de la sociedad, tienen el escenario abierto para campar a sus anchas, fortalecer sus inserciones en los sectores populares y consolidar una fuerza político-social reaccionaria que se oponga a todo cambio social. A su vez, la posibilidad de frenar aquellos proyectos que se constituyeron como un principio reconocible en materia feminista: como la despenalización del aborto en tres causales y la ley de identidad de género.

Por otro lado, la irrupción del Frente Amplio como fuerza política con cierto grado de incidencia en el escenario nacional, nos pone en una situación compleja. La marginalidad política en la que nuestro sector se ha situado en los últimos años, revestida de discursos auto-complacientes sobre el carácter del momento histórico, es una opción políticamente menos viable que nunca. Debemos ser capaces de acelerar el tranco, o la historia nos pasará por el lado mientras otros asumen las tareas para las cuales nos hemos estado preparando por años.

La izquierda de intención revolucionaria debe sacudirse de la inercia e impulsar nuevos procesos de unidad, prepararse para ser alternativa de conducción para el movimiento de masas en su conjunto. Para ser alternativa de conducción, la izquierda debe comprender a cabalidad las distintas expresiones de la opresión en que vive el pueblo trabajador, y ser capaz de traducir dicha comprensión en un proyecto de sociedad alternativo al existente, que le dé coherencia global y un sentido revolucionario a los anhelos parciales que se han venido expresando en los últimos años de movilizaciones.

Este texto pretende ser un aporte en esa dirección. Nos planteamos la tarea de proponer un marco de análisis desde donde podamos comprender las distintas vertientes de la conflictividad social actual como correlato de las distintas formas en que se expresa la contradicción capital-trabajo, pues ésta última explica la lógica profunda de las sociedades capitalistas. Queremos dejar establecido desde el principio que estamos utilizando un concepto ampliado de trabajo y de capital, para incorporar de manera integral la perspectiva feminista a nuestro análisis de la realidad. Un análisis de la fase que no incorpore de manera global la perspectiva feminista, es un análisis de fase que no da cuenta de la realidad que pretende analizar.

Para comprender la dinámica del neoliberalismo como fase actual del capitalismo, es necesario un rodeo histórico por las condiciones que lo hicieron surgir. Sin embargo, es necesario revisar demasiados años de historia como para hacerlo de manera tan minuciosa en un texto como este. Por esa razón, queremos aclarar que en distintos pasajes del texto hemos tenido que sacrificar algún grado de precisión conceptual y de desarrollo historiográfico a cambio de obtener un producto claro, sintético, y más bien pedagógico. Esperamos que el lector comprenda el espíritu de este escrito, y lo critique en cuanto tal.

1. El capitalismo, la contradicción capital-trabajo y las crisis de sobre-producción

La contradicción capital-trabajo

El modo de producción capitalista, que determina nuestra sociedad actual de múltiples formas, produce una estructura social dividida en clases sociales que, en un nivel más bien abstracto, son fundamentalmente dos: la clase de aquellos que detentan la posesión de los medios de producción (la burguesía) y la clase de aquellos que sólo poseen su fuerza de trabajo para vender en el mercado (el proletariado o clase obrera). Así mismo, el modo de producción capitalista ha requerido históricamente del patriarcado -en tanto modo de producción remanente1– para su subsistencia, organizando la vida social según la división sexual del trabajo.

Dicha división sexual del trabajo se manifiesta en la separación radical del ámbito de la reproducción social -”lo privado”- de la producción de capital -”lo público”. Por reproducción social comprenderemos aquí el conjunto de trabajos necesarios para la reproducción y mantención de la población, por ejemplo, la reproducción biológica de personas, la crianza y enseñanza de los hijos, el sostenimiento del hogar y la producción de satisfacción emocional y sexual. Estos trabajos han sido, en gran medida, realizados por mujeres de manera gratuita, pues la posibilidad material de la reproducción del capital depende, en gran medida, de que estas funciones no signifiquen un costo adicional para la clase dominante.

La realización no remunerada de este conjunto de trabajos se consolida mediante la naturalización de las distintas funciones que abarca la reproducción social, por ejemplo, la generalización y aceptación de la idea de que el trabajo doméstico es una actividad que se realiza “por amor”, no necesitando mediar ningún tipo de intercambio. De manera que el capitalismo, en tanto modo de producción y reproducción de la vida2, constituye una totalidad respecto de la cual pueden distinguirse dos momentos fundamentales: la explotación capitalista de la fuerza de trabajo en el proceso de producción de mercancía y la explotación y opresión de las mujeres en el proceso de reproducción social.

De esta manera, entre capital y trabajo se constituye una relación contradictoria. El capital, como valor acumulado a lo largo de los distintos momentos que constituyen el proceso de producción-circulación-consumo-reproducción de la mercancía, necesita estar en constante expansión, en razón de las dinámicas de competencia entre capitalistas individuales y de la innovación tecnológica para mantener el nivel de la tasa media de ganancia. Esta necesidad de expansión implica la constante superación de límites y barreras para el crecimiento del capital, de las cuales la más importante es la posibilidad de extraer más y más plusvalía de la fuerza de trabajo. Así, la relación capital-trabajo es contradictoria porque la necesidad de expansión del capital depende de la posibilidad de apropiarse privadamente de mayores cantidades de plusvalía (tanto respecto del trabajo asalariado, parcialmente no retribuidos al obrero, y los trabajos de la reproducción social, íntegramente no retribuidos) en relación a una fuerza de trabajo cada vez más productiva y socializada.

El proceso de acumulación capitalista depende, fundamentalmente, de la apropiación de plusvalía relativa. La apropiación de plusvalía absoluta, si bien ha jugado un rol histórico fundamental en la acumulación de capital, se encuentra con límites de carácter fisiológicos (la cantidad de trabajo que un cuerpo humano puede dar tiene límites) y jurídicos (los límites legales a la jornada laboral) que la plusvalía relativa no tiene, o que tiene en menor medida. La apropiación de plusvalía relativa opera fundamentalmente a través de: i) la intensificación de la industria (los obreros trabajan a tasas cada vez más productivas, no recibiendo el excedente de dicha productividad adicional); ii) la innovación tecnológica (el capital se moderniza y produce más mercancías con menos cantidad fuerza de trabajo, al mismo tiempo que reduce el costo social de la reproducción de la mercancía fuerza de trabajo, el obrero).

Así, la dinámica de la acumulación de capital va generando: i) capitales cada vez más concentrados y productivos (porque los capitales ineficientes que no logran innovar son absorbidos por los que sí lo logran, y porque la innovación tecnológica genera mayores capacidades productivas); ii) una cantidad creciente de obreros desempleados o población sobrante (porque la maquinaria y el desarrollo científico permite producir la misma cantidad de mercancías con el empleo de menos trabajadores).

Las crisis cíclicas y la respuesta histórica de los Estados de Bienestar

El resultado de esta dinámica es la tendencia histórica a las crisis de sobreproducción: las fuerzas del capital producen un cúmulo de mercancías mayor del que los mercados son capaces de absorber, básicamente porque la sustitución de trabajadores asalariados por máquinas y tecnología productiva genera una contracción en la capacidad de las masas para acceder al consumo. Sin embargo, las crisis cíclicas de sobreproducción del capitalismo no son, en ningún sentido, crisis catastróficas, en el sentido de que pudieran poner término al modo de producción capitalista.

Así, la crisis de 1929, expresión ejemplar de la dinámica de las crisis de sobreproducción, no terminó con el sistema capitalista, sino que generó la adopción del modelo keynesiano de los Estados de Bienestar o Estados Desarrollistas (para el caso de América Latina) como respuesta a las crisis de sobreproducción. El Estado, actuando como otro capitalista individual más, es capaz de generar la demanda que absorba la sobreproducción, por medio de su papel empresarial: i) por medio de una fuerte inversión en obras públicas genera empleo y, por tanto, mercados internos con capacidad de generar mayor cantidad de demanda; ii) por medio de subsidios indirectos al consumo (el garantizar los derechos sociales constituye la esencia de los Estados de Bienestar) generan un mayor poder adquisitivo, y al mismo tiempo son capaces de contener el ascenso de nuevos procesos revolucionarios, dada la amenazante presencia del campo socialista en aquellos años y de los crecientes grados de acumulación de fuerza popular.

Sin embargo, los Estados de Bienestar fueron una respuesta parcial al problema social que se acumulaba con décadas de movilización obrera. En efecto, los estados desarrollistas afirmaban su legitimidad política al promover ideales de igualdad social comprendidos desde un prisma economicista y “clase-céntrico”, negando que la producción de desigualdad social del capitalismo tuviera otras expresiones concretas, como la opresión de género. En este sentido, el desarrollismo comprendía que el ciudadano común era un hombre trabajador de la etnia mayoritaria, quien era el principal o único sostén económico de la unidad familiar burguesa. De manera que el sostenimiento económico de la unidad social mínima – la familia burguesa – era el “salario familiar”, el cual servía para normalizar y disciplinar las relaciones de género, pues se consideraba que el único sostén económico de la familia era el hombre trabajador, de manera que dicha comprensión del salario era servil a la invisibilización y naturalización del trabajo no asalariado realizado en la familia burguesa, mayoritariamente, por mujeres (principalmente, reproducción biológica, crianza y mantenimiento del hogar). Lo cual producía, evidentemente, un contexto familiar en el que la dependencia económica de las mujeres respecto de quienes eran muchas veces sus agresores y violadores, dificultaba enormemente su emancipación.

Ahora bien, el ideal del “salario familiar” fue desafiado, primero, porque para muchas familias este no era suficiente para el mantenimiento de todos los miembros de la familia, obligando a las mujeres e hijos a trabajar en el mercado laboral de formas sumamente precarias y desreguladas. En segundo lugar, el ideal del “salario familiar” fue alterado por el ingreso forzoso de las mujeres al mercado laboral durante la Segunda Guerra mundial. Durante esta época, en los países afectados por la guerra, la mujer se convirtió en el único sostén económico de la familia al ingresar al mercado laboral en suplencia del hombre.

Luego de terminada la Segunda Guerra mundial, existieron intentos de volver al ideal del “salario familiar”. Sin embargo, el ingreso de las mujeres al mercado laboral fue permanente, ya que este produjo un empoderamiento importante en la fuerza de trabajo femenina al reconocer que eran igualmente capaces que los hombres para realizar este otro tipo de trabajos. Esto no significó, en absoluto, una socialización de los trabajos de la reproducción social. Por el contrario, se tradujo en una doble explotación para la mujer trabajadora: por un lado, es explotada en tanto mujer trabajadora en el ámbito de producción de mercancías, donde es usualmente expuesta a la resistencia de considerar a las mujeres como trabajadoras igualmente capaces que la mano de obra masculina, lo cual se ha traducido en menores salarios, despidos injustificados y abusos laborales; y por otro, es explotada en el ámbito de la reproducción social, al realizar los distintos tipos trabajos asociados a ésta de manera gratuita.

Los límites del Estado de Bienestar frente a la dinámica de las crisis cíclicas

Retomando la idea de los estados de bienestar como manera de contener las crisis cíclicas del capitalismo, las crisis posteriores (70s-80s) mostraron que el keynesianismo tenía límites como forma de sustentar un modelo basado en la contradicción capital-trabajo. El keynesianismo funcionó a la perfección para retomar y sostener los niveles de acumulación cuando las sucesivas guerras de los años 30-40, y sus efectos devastadores sobre la población y las fuerzas productivas daban amplio espacio para la acumulación de capital en los procesos de re-construcción de las zonas devastadas por la guerra. Además, la acumulación de capital de los países centrales era sostenida por la expoliación a los países periféricos.

Así, las condiciones históricas que hicieron posible el surgimiento de los Estados de Bienestar como una respuesta eficiente frente al problema de las crisis de super-producción y frente al avance del campo socialista se agotaron rápidamente. Dicho agotamiento obedece, fundamentalmente, a la propia dinámica de la contradicción capital-trabajo. La apuesta política de los Estados de Bienestar, como forma de hacer sostenible a la acumulación capitalista, encontró su límite interno el carácter contradictorio de la sociedad capitalista.

No obstante, en términos históricos, es posible identificar tres factores que se mueven en el campo de lo político y que pusieron en jaque al modelo de los Estados de Bienestar como forma de la acumulación de capital: i) la acumulación de fuerza popular y el avance del movimiento obrero disputó la explotación de la fuerza de trabajo por medio de un movimiento sindical sólido que terminó poniendo ciertos límites a las posibilidades de la acumulación en los países capitalistas; ii) los procesos de liberación nacional de la década del 60, sumado al aumento de la influencia del campo socialista, pusieron ciertos límites a la acumulación basada en la expoliación sin contrapesos de los países tercer-mundistas. Dichos límites tampoco deben ser sobre-dimensionados, pues de todas formas un país liberado del neo-colonialismo sigue inserto en la estructura capitalista mundial; y iii) el surgimiento del feminismo de la segunda ola, que permitió el comienzo del empoderamiento de las mujeres al identificar los componentes patriarcales del sistema capitalista, desafiando el ideal del salario familiar y politizando aquello que había sido históricamente considerado como “privado”.

2. Neoliberalismo como forma que asume el capitalismo para restaurar los niveles de la tasa de ganancia.

La contrarrevolución neoliberal

En estos factores, y en otros que no alcanzamos a revisar aquí, debemos encontrar la explicación al proceso de instalación del neoliberalismo como fase actual del capitalismo. Es la propia dinámica del capitalismo la que genera la caída tendencial de la tasa de ganancia y las crisis de sobre-producción. En dicho contexto, la derrota política sufrida por el campo popular a nivel internacional luego de los procesos de agudización de la lucha de clases en los años 60-70 permitió a la burguesía emprender una serie de transformaciones que le permitieran garantizar su tasa de ganancia.

La contrarrevolución neoliberal, instalada por medio de la fuerza, ya fuera militar o de coacción económica, funcionó como proyecto de restauración de los niveles de la tasa de ganancia del capital a nivel mundial. A grandes rasgos, podemos señalar que los principales elementos que caracterizaron a la restauración neoliberal fueron: i) la radicalización de la tendencia a la concentración y centralización del capital a nivel trasnacional, que se ha expresado institucionalmente en la supresión de las trabas legales que impedían la movilidad del capital productivo y financiero; ii) la deslocalización geográfica del capital productivo hacia las zonas del mundo con la fuerza de trabajo más barata; iii) la privatización y entrega al empresariado de la gran mayoría de las funciones que el Estado concentró durante la época de la hegemonía de los estados de bienestar; iv) la instalación masiva de la deuda como herramienta para permitir a mayores segmentos de la población acceder a niveles superiores de consumo; v) el fortalecimiento y la expansión del sector financiero a través de la especulación sobre los títulos de deuda y sobre los nuevos instrumentos financieros, lo cual de conjunto redunda en un aumento de la cantidad de capital ficticio en relación al capital real.

La contrarrevolución neoliberal en Chile

Los procesos de transformación política, económica y social instalados en nuestro país durante la dictadura de Pinochet, y perfeccionados en los años de la concertación, deben comprenderse como la expresión local de la misma dinámica global descrita más arriba. Frente a un movimiento popular en alza, cuya expresión política más radical fue alcanzada durante los años del gobierno de la Unidad Popular, el golpe de estado del 73’, orquestado por la burguesía local con el apoyo del gobierno de EEUU, representó la derrota política del campo popular. En estas condiciones de derrota política del campo popular, las clases dominantes pudieron instalar un modelo de sociedad que de otra forma no hubieran podido instalar. Así, Chile fue el primer país en que comenzaron a instalarse las políticas neoliberales. Fuimos un verdadero laboratorio de experimentos al servicio de los intereses de los explotadores de todo el mundo.

A grandes rasgos, las transformaciones sufridas por el modelo chileno son las siguientes: i) privatización y mercantilización de los derechos sociales (educación, previsión, salud, etc); ii) desmantelamiento de la industria local y la instalación, en su lugar, de un modelo monoexportador de materias primas (fundamentalmente el cobre, cuya explotación también fue privatizada en los años posteriores); iii) apertura absoluta de todas las barreras arancelarias para la libre y desregulada circulación del capital financiero, cuya principal fuente de recursos está sustentada por la masa de capital que concentran las AFP; iv) una baja generalizada en los niveles salariales de la clase trabajadora, y la masificación del crédito como herramienta para permitir el acceso al consumo por medio del endeudamiento; v) una serie de transformaciones en la estructura del mundo del trabajo, expresadas en el plan laboral de José Piñera, que hicieron posibles niveles cualitativamente superiores de explotación de la fuerza de trabajo; vi) un modelo de Estado totalmente anti-democrático, lleno de mecanismos diseñados para constreñir la expresión política de las clases populares. vii) la entrada masiva de las mujeres al mercado laboral y la mercantilización de los trabajos de la reproducción social. Todo esto, además, en el contexto de la destrucción política y social de las expresiones de la izquierda que se habían forjado a lo largo del siglo XX.

La transformación del Estado chileno hacia un modelo de Estado subsidiario, fue un golpe a las condiciones de vida de la clase trabajadora en su conjunto, sin embargo, es posible afirmar que golpeó particularmente a las condiciones de vida de las mujeres trabajadoras. En efecto, pese a todas las carencias del proyecto político de la Unidad Popular en materia feminista, se logró instalar la necesidad de socializar ciertas funciones de cuidado y reproducción social, al garantizarlas por el Estado y ser ejercidas en conjunto con órganos de la sociedad civil organizada. La entrega de la provisión de los derechos sociales al mercado, quedando el Estado con un rol meramente subsidiario, generó que ciertas funciones de cuidado se trasladaran al sujeto que históricamente se había hecho cargo de ellas: la mujer trabajadora.

Así, la oligarquía local pudo reasegurar su posiciones de poder que se habían visto seriamente amenazadas por el avance del campo popular. De esta manera, la estructura social chilena cambió por completo. El tejido social fue, primero destruido, y luego transformado radicalmente, en términos que la burguesía nacional y trasnacional pudo restablecer su tasa de ganancia a costa de la miseria y la muerte de nuestro pueblo.

3. Las tres expresiones fundamentales de la contradicción capital-trabajo en la fase neoliberal del capitalismo.

Como puede verse a partir del desarrollo anterior, la dinámica del desarrollo mundial está determinada por la contradicción capital-trabajo, la división sexual del trabajo, los cursos que toma la lucha de clases y la opresión de género, y la necesidad del capital de expandirse constantemente. Dicho desarrollo, que toma cauces contradictorios y desiguales en sus distintas expresiones nacionales, continúa realizándose en nuestros días. De esta manera, para comprender correctamente el momento actual, es necesario precisar la forma que toma dicha contradicción fundamental, en sus distintas expresiones.

Sostenemos que la realidad actual puede ser analizada a la luz de tres expresiones fundamentales de la contradicción capital-trabajo que determinan el curso del desarrollo actual. No es que sean sus únicas expresiones, pero sostenemos que estas son las que juegan un rol estructural en la determinación de los marcos en que se desenvuelve la realidad social nacional e internacional.

Crisis de super-producción: contradicción del desarrollo cada vez más acelerado de las fuerzas productivas v/s la capacidad social de consumo

La acumulación de capital en la fase neoliberal del capitalismo ha ido acompañada de un desarrollo abrumadoramente acelerado de las fuerzas productivas. En prácticamente todas las ramas de la industria se ha visto un desarrollo nunca antes visto en cuanto a la innovación tecnológica, lo cual ha aumentado la productividad del trabajo a niveles inéditos. En los principales países capitalistas incluso se habla de la “Revolución Industrial 4.0”, con lo cual se describe el hecho de que la convergencia entre tecnologías digitales, físicas, y biológicas está transformando el mundo del trabajo y la producción que hasta ahora se había conocido.

La automatización del trabajo, ya no sólo manual si no también intelectual, ha llevado incluso a la creación de verdaderas “fábricas inteligentes”, donde existen softwares capaces de tomar decisiones productivas eficientes, incluso mejor que lo que lo haría la mano de obra calificada profesionalmente que solía hacerlo. Una tendencia a la cual estar atentos en el curso de los próximos años sería el desarrollo creciente de procesos de proletarización de quienes venden su fuerza de trabajo intelectual (abogados, ingenieros comerciales, contadores, etc.), de manera análoga a lo que ocurrió hace siglos con la automatización del trabajo manual.

La tendencia al desarrollo cada vez más acelerado de las fuerzas productivas contrasta con la incapacidad del consumo social de desarrollarse a un ritmo igualmente vertiginoso. En efecto, ante la imposibilidad de absorber la superproducción de mercancías (cuya disponibilidad aumenta por el hecho de la deslocalización de las fábricas hacia donde está la mano de obra más barata, y la reducción o eliminación de las barreras arancelarias como resultado de la creación masiva a nivel global de zonas de libre comercio) con la demanda actual (la masa salarial disponible de la clase trabajadora), se expande masivamente el mecanismo del crédito como forma de sustentar la superproducción, además de permitir la reproducción de la vida de los amplios sectores de la clase trabajadora cuyo sueldo no le alcanza para llegar a fin de mes. La cultura de consumismo desenfrenado que nos ha inculcado el neoliberalismo no es casual. Instalar patrones irracionales de consumo es una necesidad del sistema para permitir la realización de una cantidad cada vez más irracional de mercancías en mercados que, de otra forma, no las soportarían.

En síntesis: la deuda como mecanismo para sustentar el consumo en el estado actual de las fuerzas productivas traslada la capacidad de consumo futura a la producción presente, con lo cual el problema del desequilibrio entre producción y consumo se traslada al futuro, en términos tales que dicho consumo no siempre es solvente.3 Los títulos de crédito, donde queda cristalizada jurídicamente la deuda, son posteriormente transados en el mercado financiero, donde los capitales especulan sobre dichos instrumentos de deuda. La insolvencia eventual de dichos consumidores, sumado a la brutal especulación financiera sobre dichos títulos de deuda, que hace parecer que hubiera mucha riqueza allí donde no la hay, son las causas fundamentales de la crisis subprime de los años 2008-2009.

Así, el capital ficticio crece irracionalmente, generando una imagen falsa sobre la supuesta riqueza y prosperidad que se ha generado en el mundo bajo el neoliberalismo. Además, las consecuencias del crecimiento acelerado del capital ficticio, que impone sus exigencias y condiciones a los distintos gobiernos como expresiones locales de la acumulación de capital, genera contradicciones inter-burguesas que han generado roces (e incluso quiebres) en las instituciones y acuerdos por medio de los cuales se expresan los intereses de la burguesía a nivel mundial. La instalación de gobiernos nacionalistas de corte neo-fascista como el de Donald Trump debe entenderse como la expresión de ciertos sectores de las burguesías nacionales que pugnan por recomponer las condiciones locales de su acumulación, intentando restablecer la industria local por medio de una especie de neo-proteccionismo.

Los mecanismos con los cuales la burguesía “superó” la última gran crisis de superproducción del neoliberalismo consistieron, básicamente, en más neoliberalismo. Por esta razón, el capitalismo como unidad mundial de acumulación se encuentra en una crisis que, si bien no se expresa directamente en todo momento, en virtud del mecanismo de “patear el problema para delante” con más crédito y más capital ficticio, sigue latente y su seguimiento será fundamental en los próximos años.

Crisis del sistema de cuidado: contradicción de la reproducción social v/s la forma neoliberal del capital

La forma organizativa que ha adquirido la reproducción social durante el Neoliberalismo es, en términos generales, la familia burguesa sostenida por “dos proveedores”. Claro está que dicho modelo de sostenimiento económico familiar puede variar; así, pueden existir familias en que el concepto de “salario familiar” sigue vigente y, por ende, el sostenedor “productivo” del hogar es solamente uno -ya sea mujer u hombre-, o bien, puede darse el caso en que la familia tiene sólo un sostenedor, por estar uno de los padres ausente del núcleo familiar por cualquier motivo. Este análisis pretende referirse a la generalidad de los casos, es decir, a aquellas familias en que se hace necesaria la existencia de dos sostenedores “productivos” dentro del núcleo familiar.

Ahora bien, ¿cómo se explica la entrada formal4 de las mujeres al mercado laboral? Es posible explicar esta entrada masiva desde dos ópticas. Primero, podemos mencionar la necesidad que tuvo el capital por ingresar nueva fuerza de trabajo productiva durante el período de las grandes guerras, lo cual forzó la entrada de las mujeres al mercado laboral “productivo”. En segundo lugar, hay quienes sostienen la hipótesis de que la entrada masiva de las mujeres al mercado laboral formal -sobre todo al sector servicios- se debió a la nueva centralidad de la deuda, pues su entrada masiva al mundo del trabajo “productivo” permitió aumentar el número de la fuerza de trabajo que estaba disponible para el consumo futuro. El aprovechamiento del capital de este ingreso masivo de mujeres al “sector productivo” posibilitó una mayor acumulación, lo cual, a su vez, fue propiciado mediante flexibilización de políticas sobre control de la reproducción y autonomía de las mujeres sobre sus cuerpos. Mientras menos niños nazcan, habrán más posibilidades de ingreso de mujeres al mercado laboral.

Como contrapartida a este ingreso masivo de mujeres a la “producción”, el neoliberalismo redujo los salarios de los trabajadores, trayendo como consecuencia que las unidades familiares necesitaran más horas de trabajo “productivo” para el sostenimiento de las familias.

Lo anterior, ha traído como consecuencia que la dimensión de la reproducción social, la cual, como hemos analizado en los acápites anteriores, es esencial para el funcionamiento de la sociedad y la estabilización del capital, ha quedado “vacía”, pues las mujeres, en tanto sujetas a quienes históricamente les ha sido asociado el trabajo de la reproducción social, ocupan ahora parte relevante de su tiempo -a veces con medias jornadas, pero en la mayoría de los casos con jornadas a tiempo completo- en la dimensión de la “producción” del capital, principalmente en el sector servicios.

¿Cómo ha reaccionado el neoliberalismo frente a este “vaciamiento” de las funciones de cuidado? La respuesta neoliberal no ha sido otra que la mercantilización de la reproducción social. Esto último se ha llevado a cabo mediante la transferencia del trabajo que históricamente le ha sido asociado a la mujer -en tanto madre y esposa de una unidad familiar- a otras mujeres -que no son esposas y madres de quienes cuidan-, sobre todo, mujeres pobres y migrantes. Este trabajo ocurre en condiciones sumamente precarias y desreguladas, con baja posibilidad de sindicalización dadas las condiciones en las que se lleva a cabo: es un trabajo donde no siempre existe un contrato con el empleador, que tiene jornadas laborales a veces indefinidas y donde hay poco encuentro con mujeres que lleven a cabo el mismo tipo de trabajo.

La mercantilización del trabajo de la reproducción social, donde no sólo podemos mencionar a las trabajadoras domésticas, sino que también a cuidadoras de ancianos, de niños, entre otros, ha generado lo que algunas han llamado una “cadena de cuidados”, donde quienes pueden pagar una trabajadora para que realice estas funciones privatizan la reproducción social, y quienes no pueden hacerlo, lo encargan a otras mujeres cercanas, o simplemente, no lo realizan.

Crisis del medioambiente: contradicción de la necesidad de expansión del capital v/s las condiciones socioambientales de la reproducción de la vida humana

El desarrollo de las fuerzas productivas, movidas por el irracional deseo de acumular capital, han llegado a un nivel de desarrollo tal que su actividad amenaza la posibilidad misma de la vida humana en la tierra. En efecto, fenómenos como el calentamiento global son la expresión de una relación poco armónica entre la sociedad humana y los ciclos geológicos propios del planeta tierra.

¿Cómo opera esta relación? Como se dijo más arriba, el capital está movido por la necesidad constante de su propia expansión. De esta manera, su desarrollo consiste en la permanente superación de los límites que se le presentan. La resistencia política de la clase trabajadora es un límite “social” a la expansión del capital que se expresa en la lucha de clases. Los límites “naturales”, en cambio, son constantemente empujados por el desarrollo de las fuerzas productivas y por la implementación de formas cada vez más brutales de explotar la naturaleza y sus recursos.

La propia burguesía se ha dado cuenta del peligro que el desarrollo capitalista supone para la habitabilidad del planeta tierra por los humanos, con lo cual ha generado mecanismos políticos e institucionales para enfrentar el problema climático, tales como el Protocolo de Kioto y el Acuerdo de París. Dichas agendas, pese a ser completamente insuficientes para dar cuenta de las verdaderas raíces del problema en tanto no comprenden la relación capitalismo-crisis ambiental, incluso no son respetadas por la propia burguesía. El ejemplo paradigmático de dicho incumplimiento de sus propios pisos mínimos es Estados Unidos, el cual es además el mayor contaminante a nivel mundial.

La contradicción entre la necesidad de la expansión del capital y las condiciones socioambientales de la reproducción de la vida humana se expresa de manera diferenciada a lo largo y ancho del planeta tierra. En efecto, la acumulación de los capitales alojados en las naciones capitalistas más avanzadas generó una verdadera división internacional del trabajo, en la cual los países “tercermundistas” quedaron reducidos a ser meras fuentes de materias primas, con industrias locales muy débiles y modelos productivos primario-exportadores, y sometidas a la explotación directa de los capitales trasnacionales. En la actualidad la división internacional del trabajo ha variado, en función de la deslocalización de los capitales industriales – altamente contaminantes – que migraron hacia las zonas del globo con la mano de obra más barata. Así, el daño ecológico que se genera en los países cuya estructura productiva está determinada por la predominancia de capitales extractivistas, y en aquellos que alojan a las grandes industrias manufactureras, es mayor que aquellos países que, por el contrario, gozan de la apropiación de los beneficios de dicha explotación.

Tal es el caso de América Latina, que se inserta en el circuito mundial de acumulación de capital fundamentalmente por medio de su posición como fuente privilegiada de riquezas naturales, las cuales se expresan en modelos de acumulación basados en la apropiación de la renta de la tierra.5 Así, la burguesía criolla tiene un carácter fundamentalmente rentista, lo cual determina, entre otras cosas, un modelo de desarrollo cuyo crecimiento depende de la explotación cada vez más eficiente de la tierra y nuestros recursos naturales. El proyecto IIRSA, que pretende modernizar la infraestructura extractiva latinoamericana en escala continental, es la expresión de la radicalización de dicha tendencia a insertarnos en el mercado mundial por medio de la predominancia de la renta de la tierra, cuya apropiación es disputada por los distintos capitales trasnacionales que invierten en nuestro continente (aunque en los últimos años con creciente predominancia China).

5. Principales tendencias de la situación chilena en el neoliberalismo actual

Situación económica nacional

De acuerdo al informe de la Cepal sobre la situación económica de América Latina y el Caribe, en la minuta específica sobre Chile, durante el año 2016 se mantuvo la tendencia a la desaceleración de la economía que se ha observado en los últimos años. Para el 2017, dicho informe proyectaba que la desaceleración se mantenga, aunque de forma más pausada que el año anterior. Respecto al año 2018, tanto el FMI como la OCDE y el Banco Central proyectan escenarios de mayor crecimiento económico para Chile.

Una de las principales razones que explican estas proyecciones de crecimiento dicen relación con el comportamineto del cobre, históricamente la principal fuente de riquezas de nuestro país. Si durante el año 2016 el metal rojo sufrió grandes caídas en su cotización, volvió a registrar subidas de precio durante el año 2017. Además, para los próximos 10 años se proyecta un aumento del 30% de las inversiones en el sector minería, principalmente provenientes de capitales privados, motivados por los aumentos en el precio del cobre. Por otro lado, el sector energía se ha mostrado particularmente dinámico en cuanto a proyectos de inversión, que incluso desde hace un par de años viene registrando niveles de protagonismo en la economía que compiten con los del cobre.

Podemos sostener, a modo de hipótesis general, que las principales apuestas de los sectores nacionales de la burguesía, subordinados al capital trasnacional, tienen como apuesta fundamental para mantener su tasa de ganancia la modernización del sector extractivista, y que junto al cobre como fuente histórica de renta de la tierra, se suma el sector energético como apuesta prioritaria. Esta última afirmación no debería resultar sorprendente para nadie que haya estado atento a la conflictividad socioambiental en los últimos años.

Por otro lado, también a modo de hipótesis general, es posible sostener que, pese al escenario de desaceleración, la economía chilena no muestra signos evidentes de estar en crisis ni de estar entrando a escenarios de crisis. La única opción de que lo anterior fuera a ocurrir sería en el marco de la agudización de la crisis general del sistema de acumulación capitalista mundial.

Pese a la ausencia de un escenario de crisis ni de recesión económica, es evidente que el modelo político, económico y social chileno muestra signos de agotamiento, que se expresan de distintas maneras, y que en el último tiempo han venido haciendo crisis. La pregunta que habría que precisar es cuál es la naturaleza de dicha crisis, cuáles son las razones de la misma, sus alcances, y sus proyecciones.

Antes de formular las hipótesis que se sostendrán en torno a dichas preguntas, es necesario analizar brevemente algunos rasgos del incipiente movimiento de masas que se ha venido configurando en el Chile actual. La razón de dicha necesidad consiste, justamente, en que los procesos (incipientes) de recomposición de dicho movimiento de masas han sido tanto causa como consecuencia de dicha situación de crisis.

Los ejes de reconstitución del movimiento popular

Ya se ha señalado más arriba que uno de los rasgos definitorios del modelo neoliberal consiste en la hegemonía de la deuda como forma de permitir un acceso al consumo que absorba hasta cierto punto los niveles de super-producción. El crédito, además de permitir lo recién señalado, opera como mecanismo de disciplinamiento a nivel de masas, incorporando a amplios sectores de la población al consenso neoliberal, mostrándoles la ilusión de un bienestar que no es tal. Sumado a lo anterior, una política combinada de cooptación de dirigentes sociales más una política de focalización del gasto social permitió a la concertación neutralizar el movimiento de masas durante la década de los 90 y principios del 2000. Sin embargo, las contradicciones del modelo eventualmente fueron más fuertes que el discurso hegemónico, y las expresiones esporádicas de resistencia popular se fueron haciendo cada vez más fuertes. Así, se fueron reconstituyendo franjas de pueblo, en un proceso desigual y combinado según sectores de la población y según criterios geográfico-espaciales. Interpretamos dicho proceso de reconstitución en cuatro ejes.

En primer lugar, frente a la característica del modelo de instalar el acceso al consumo por medio de la deuda, surgieron distintos referentes y movimientos sociales reclamando cobertura garantizada a derechos que, de otra forma, implican un endeudamiento salvaje y unos estándares de calidad precarios, entregados al arbitrio del afán de lucro que mueve al mercado. El caso paradigmático de dicha respuesta es el movimiento estudiantil, cuya reivindicación por una educación pública, gratuita y de calidad es una expresión de resistencia frente al problema de la deuda en relación con el acceso al consumo.

El discurso de los derechos sociales es el marco programático bajo el cual se han agrupado las distintas expresiones de esta forma del malestar social, que consiste básicamente en una lucha por el excedente del producto social: no necesariamente se cuestionan los términos del patrón de acumulación chileno, sino que sus efectos desproporcionadamente injustos y segregadores, y se piden cambios institucionales por parte del Estado en la provisión del consumo. Naturalmente, al alero de dicho marco programático amplio se ha ido forjando una franja decididamente anticapitalista, la cual a su vez ha sido causa y consecuencia del desarrollo de elementos de la izquierda rebelde que accionan en su seno. Hoy podríamos agrupar al movimiento No + AFP, con sus particularidades propias, dentro de la misma categoría, en tanto reivindicación por acceso a mejores niveles de consumo en la edad de jubilación. Corre la misma salvedad sobre los sectores decididamente anticapitalistas que se han ido forjando en el seno de dicha reivindicación.

Un segundo eje de reconstitución consiste en los elementos del movimiento de trabajadores más “clasico”, que se han destacado en importantes procesos de lucha y reagrupamiento sindical. Los trabajadores de la minería, portuarios, del rubro forestal, etc., han dado claras muestras de mantener en alto las banderas del clasismo y la lucha por la dignidad del trabajo. Una particularidad de este sector es el proceso de descomposición que atraviesa la CUT, y los procesos incipientes de reagrupamiento del movimiento sindical clasista.

Un tercer eje es la nueva reconstitución del movimiento feminista. Aún cuando el movimiento feminista se mantuvo resistente al desmantelamiento del campo popular producido de manera generalizada durante la dictadura de diversas maneras – centros de pensamiento, organizaciones feministas pequeñas, casas de acogida, académicas feministas, etc. el movimiento feminista propiamente tal comenzó a resurgir masivamente hace pocos años atrás. Este movimiento ha sido capaz de poner en la palestra pública la conflictividad de género presente en diversas problemáticas sociales, por ejemplo, develando la ceguera al género de las propuestas del No+AFP y la falta de crítica a la educación profundamente sexista en nuestro país, que ha comenzado a cuestionarse desde el movimiento estudiantil.

Sin embargo, el movimiento feminista no ha conseguido aún una proyección programática de sus demandas, pues ha funcionado actuando reactivamente ante la coyuntura. No obstante lo anterior, los esfuerzos de espacios de coordinación feminista han reabierto la posibilidad de que el movimiento feminista se siga constituyendo con organicidad y proyección en el tiempo. Cabe precisar que el movimiento feminista no es sólo un eje sectorial de reconstitución de movimiento popoular, sino también una perspectiva de lucha que ha venido realizando importantes esfuerzos por impregnar programáticamente a las distintas expresiones de lucha del pueblo.

Un cuarto eje de reconstitución se ha dado en torno a los movimientos de resistencia y defensa de los territorios. Frente a la depredación del capitalismo en su expresión extractivista, que ahoga, degrada y saquea los territorios con su sed de acumulación, los habitantes de las zonas aledañas a la destrucción del medioambiente se han levantado, exigiendo su derecho a una vida digna y libre de la contaminación radical que supone el capitalismo. Las expresiones locales de dicha resistencia han dado tremendos saltos programáticos al ser capaces de identificar en cada expresión particular a un enemigo común, y organizarse para golpear juntos al mismo enemigo. Así, el movimiento socioambiental ha sido terreno fértil para la expansión de una conciencia crítica en materias de ecología política, y también en su seno se han ido forjando sectores decididamente anticapitalistas.

6. Crisis política en el Chile actual.

Entonces, ¿cuál es la naturaleza de la crisis que atraviesa Chile en el momento actual? Como se observó más arriba, la situación de crisis es producto de varios factores que actúan combinados y de manera compleja entre sí, y que además están interrelacionados en tanto son distintas expresiones de un mismo proceso de agotamiento del modelo – recomposición de las clases populares.

A modo de hipótesis, sostenemos que la crisis política es una crisis de representación, en el sentido de que la institucionalidad y los partidos políticos tradicionales no están siendo capaces de jugar su rol de conducir políticamente a las clases subalternas, ni de procesar el descontento social en términos favorables al sistema.

Entre las principales razones que explican la crisis de representación, encontramos las siguientes: i) agotamiento del discurso neoliberal, hegemónico desde los años 80 hasta la década del 2010, a partir de los efectos más brutales de las contradicciones señaladas más arriba. Cabe precisar que dicho agotamiento, a nivel de masas, se refiere sobre todo a los excesos del modelo, más que al modelo mismo. Si bien una franja considerable de la población ha ido adoptando posiciones progresistas e incluso abiertamente anticapitalistas, dicho agotamiento no se traduce mecánicamente en la adopción de perspecticas progresistas a nivel de masas ni mucho menos. También es caldo de cultivo para discursos fascistas; ii) la acción política de ciertas franjas de pueblo que, a partir de su reconstitución, son capaces de posicionar a nivel de masas discursos críticos al sistema, y dinamizar el descontento originado en los excesos del sistema; iii) la corruptela de los partidos y figuras políticas por medio de las cuales se expresan nuestras clases dominantes, y su vergonzosa incapacidad de comportarse con el mínimo de decencia necesaria para ser figuras públicas con grados mínimos de legitimidad; iv) la corruptela de las demás instituciones en que se expresa la dominación política de nuestro país. Carabineros con el “pacogate”, los desfalcos en el ejército, la iglesia y sus casos de abuso y encubrimiento, etc.; v) la incapacidad que hasta ahora ha mostrado el bloque en el poder de ponerse de acuerdo bajo un sólo proyecto hegemónico para restablecer el consenso dominante, lo cual se expresa por ejemplo en el quiebre entre la Nueva Mayoría y la DC.

Las últimas elecciones presidenciales y parlamentarias, con resultados que ya son conocidos por todo el mundo, confirman la hipótesis de que la situación política que vivimos es una crisis de representación. Dicha crisis fue, precisamente, lo que permitió la emergencia del Frente Amplio como fuerza política. Con el sólo resultado electoral, no obstante, no estamos en condiciones de afirmar si la crisis de representación se resolvió o si, por el contrario, se profundizó y agudizó. Lejos de lo anterior, el escenario político actual se caracteriza, fundamentalmente, por una profunda falta de certeza sobre qué es lo que se viene. Esa falta de certeza es transversal, desde los distintos grupos organizados de la sociedad civil, hasta las distintas coaliciones políticas presentes en el entramado institucional. En ese contexto, la izquierda debe hacerse la siguiente pregunta: ¿Cómo debe ser su acción política en el escenario actual para constituirse como una alternativa de conducción a nivel de masas?

7. Tareas y proyecciones para la izquierda y el movimiento popular

Lo primero que la izquierda debe hacer es tener una lectura del escenario que sea acorde con la realidad. En ese sentido, es imperativo superar los análisis voluntaristas propios del ultraizquierdismo, que proyectan sus deseos en la realidad en lugar de analizarla friamente. Pese a que los elevados niveles de descontento y desaprobación han redundado en una agudización de las movilizaciones en algunos sectores (caso emblemático sería el estallido del No + AFP) la traducción en organización y movilización no ha sido toda la que uno podría esperar. Pese al evidente agotamiento del discurso neoliberal, que hasta hace un par de años era hegemónico, y pese a la evidente crisis de representación, sostenemos que no están las condiciones para afirmar que hay una crisis de legitimidad del proyecto dominante.6

Para complementar la afirmación anterior, sostenemos, también a modo de hipótesis, que el elemento fundamental que hace falta, sin el cual el proyecto dominante no entrará en una crisis estructural, es un actor político capaz de impulsar un programa de transformaciones sociales que permita nuclear todo el descontento y el malestar social en torno a un proyecto de sociedad distinta. Sostenemos que sin un actor político de clase que encarne, con ciertos grados de legitimidad social, un proyecto político contrapuesto al de la clase dominante, no se producirán las condiciones para una verdadera crisis de las condiciones de dominación. En esas condiciones, si queremos avanzar hacia escenarios de mayor conflictividad social que nos permitan dar paso a posiciones políticas cada vez más de avanzada, el objetivo fundamental es la construcción y fortalecimiento de los espacios sociales y político-sociales a través de los cuales se exprese la alianza de las distintas expresiones del pueblo trabajador que pueda portar este proyecto de sociedad distinta. Ya existen bases orgánicas de dichos espacios en algunos sectores del pueblo.

Como consecuencia de la anterior reflexión, consideramos que algunas de las tareas más fundamentales para este período son las siguientes:

a. Desarrollar y fortalecer la inserción en los espacios naturales del pueblo trabajador

Con “espacios naturales” nos referimos a aquellas estructuras o instancias orgánicas que se han constituido a partir de la conflictividad propia de los espacios vitales en los cuales se reproduce la sociedad, y que a partir de su permanencia en el tiempo han llegado a tener un enraizamiento considerable en amplias capas del pueblo. De esta manera, caben dentro de esta categoría los sindicatos en los lugares de trabajo; las juntas de vecinos o los comités de vivienda en las poblaciones; los Consejos de Desarrollo Local en materia de salud; las federaciones y centros de estudiantes en el mundo educativo, etc.

La virtud de los espacios naturales del pueblo trabajador es que ellos representan una potencialidad efectiva de permitir una inserción de masas, a través de la cual nuestras líneas políticas puedan tener un real arraigo en el pueblo.

No obstante lo anterior, la necesidad de fortalecer la inserción en los espacios naturales del pueblo no implica que haya que abandonar el trabajo político que la izquierda ha venido desarrollando en plataformas de lucha que se han constituido al calor de la lucha en los últimos años, como la Coordinadora No + AFP. El punto es saber aprovechar las potencialidades de estos últimos espacios de inserción, pero también conocer bien sus límites.

Una política con vocación de poder es una política con vocación de masas, y una política con vocación de masas implica comunicarse políticamente e insertarse en los distintos sectores que componen a la clase en su conjunto, y no sólo con sus sectores de avanzada, que son los que suelen encontrarse en las plataformas que se constituyen al calor de la lucha.

b. Fortalecer al incipiente movimiento popular en sus distintas expresiones, tanto en términos programáticos como en relación a su capacidad de ejecución política.

Con la derecha en el gobierno, los próximos años son de duros desafíos para el pueblo. Sin embargo, al calor de las últimas movilizaciones se ha venido forjando una franja de luchadoras y luchadores sociales que constituyen una tendencia independiente en el seno del pueblo, en términos programáticos y de perspectivas políticas. Estos cuatro años pondrán a prueba la capacidad de dicha tendencia de conducir eficazmente al movimiento popular y, si estamos a la altura del desafío, dicha tendencia saldrá fortalecida cuantitativa y cualitativamente.

En términos programáticos, la tendencia independiente tiene una doble misión. Por un lado, debe ser capaz de ampliar la base social del naciente movimiento de masas, en los términos más amplios posibles. Para esto, debe ser capaz de convivir y dinamizar con los sectores con perspectivas anti-neoliberales en plataformas programáticas comunes, abandonando toda actitud sectaria, al mismo tiempo que es capaz de dinamizar la profundización de las perspectivas políticas de dichos sectores. Por otro lado, la tendencia independiente debe fortalecerse y ampliarse a sí misma, multiplicando el número de luchadores sociales dedicidamente anti-capitalistas, y desarrollando una perspectiva de totalidad a partir de la síntesis de las distintas visiones que se encuentran en el movimiento popular.

En términos de la capacidad de ejecución política, nos referimos a la necesidad de cualificación de las capacidades orgánicas de los distintos referentes del movimiento popular. Esto implica desarrollar capacidades comunicativas, organizativas y de seguridad.

Los sectores y espacios en los cuales este fortalecimiento tendrá lugar pueden fundamentarse a partir de los ejes de conflicto-reconstitución que mencionamos más arriba.

c. Constituirse como alternativa de conducción anti-capitalista y anti-patriarcal para el movimiento popular.

Para la izquierda anticapitalista, constituirse como alternativa es una tarea que implica (al menos) cuestiones orgánicas, programáticas, y comunicacionales.

En términos orgánicos, constituirse como alternativa significa superar el estado de fragmentación orgánica de la izquierda. Es necesario que la izquierda avance, con madurez y altura de miras, en el debate estratégico y táctico que le permita avanzar hacia dicha superación. Para ser alternativa, es necesario contar con una capacidad de despliegue con la que no contaremos si nos mantenemos como un conjunto de grupos de tamaño reducido; niveles de inserción cuyo desarrollo requiere de la capacidad de conducir conjuntamente nuestros distintso trabajos políticos; y una capacidad de síntesis que requiere aunar en una sola instancia organizativa distintas experiencias y subjetividades que hoy se encuentran disperras.

En términos programáticos, constituirse como alternativa significa madurar los procesos de síntesis política, tanto a la interna como a la externa de las organizaciones de izquierda, para ofrecer soluciones concretas a los problemas concretos que aquejan a nuestro pueblo. Si amplios sectores de nuestro pueblo votaron a la derecha en estas elecciones es porque no hemos sabido ofrecer uan alternativa viable de cambio social. Es necesario que la izquierda abandone los discursos auto-complacientes que sitúan en carencias del pueblo el problema de la falta de sintonía con nuestras propuestas. Somos nosotros los que estamos al debe en términos de programa.

En términos comunicacionales, constituirse como alternativa significa construir las referencias políticas que nos permitan comunicar nuestro proyecto al pueblo en su conjunto. Hablamos de referencias en plural pues un proyecto global de transformación de la sociedad tiene distintos niveles, y debemos saber comunicar nuestro proyecto en los distintos niveles en los cuales se expresa. Es necesario constituir referencias políticas de masas desde un nivel global o partidista; desde un nivel político-social o sectorial; y también desde un nivel social o local. Es necesario que la izquierda abandone sus miedos y sus sectarismos, y se plantee el desafío de discutir qué tipo de referencias políticas requiere el movimiento popular en este período, y evaluar la posibilidad de levantar referencias políticas comunes.

1 Es decir, que antecede históricamente al surgimiento del capitalismo, pero que es apropiado, transformado y perpetuado por el mismo, en función de los intereses de la burguesía como clase dominante

2 La distinción entre producción y reproducción es meramente pedagógica, pues la producción y la reproducción social constituyen dos momentos inseparables (pero diferenciables analíticamente) de una sola unidad.

3 Sobre la expansión de la deuda en relación a la cuestión de la superproducción, Juan Iñigo Carrera: http://cicpint.org/wp-content/uploads/2017/03/2006_JIC_La-superproducci%C3%B3n-general-en-la-acumulaci%C3%B3n-actual-y-la-cuesti%C3%B3n-de-la-acci%C3%B3n-de-la-clase-obrera-como-sujeto-revolucionario.pdf

4 Decimos “formal”, pues las mujeres han realizado trabajos “productivos” (en oposición a aquellos trabajos que se integran dentro de la dimensión de reproducción social) desde antes de la entrada masiva al mercado formal de trabajo. Sin embargo, estos trabajos se caracterizaban -en gran parte- por ser informales e independientes.

5 Juan Iñigo Carrera describe dicha condición específica de Latinoamérica y señala, a modo de ejemplo, que el salitre primero y luego el cobre han jugado ese rol en Chile, en el prólogo de su libro “La renta de la tierra” http://cicpint.org/wp-content/uploads/2017/05/JIC_La-renta-de-la-tierra-pr%C3%B3logo-y-bibliograf%C3%ADa.pdf

6 Utilizamos el concepto “crisis de legitimidad” en el sentido de la pérdida del consenso por parte de los gobernados respecto al proyecto político, económico y cultural de la clase dominante, y no meramente respecto a tal o cual representación política.

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