Territorio y cambio político

Por Mauricio Rifo

La discusión histórica de la izquierda ha girado en torno a diversos puntos “conceptuales” de análisis de la realidad. La tradición chilena, claramente, no ha estado exenta.

Por la cercanía histórica y el impacto reciente de la transformación neoliberal, el período de la dictadura cívico-militar se despliega como un fantasma permanente al momento de comprender la transformación y sus efectos.

Una de estas cuestiones fue la disputa que dio la izquierda ante la descomposición política y física del mundo del trabajo y la emergencia del habitante urbano periférico. Esta situación llevo a la izquierda a debatir si la política se construía en el campo de lo productivo o del territorio. Por productivo se entendía el mundo del trabajo fuertemente amenazado y controlado y por el territorio el mundo poblacional golpeado por la crisis económica y marginado de la pujante modernización del país.

Esta división produjo una fractura orgánica en la izquierda tradicional chilena1. Así, la diversidad de acentos produjo una serie de orgánicas públicas o clandestinas desplegadas de diversa forma ante el escenario de transformación.

Por un lado, aquellas organizaciones del campo productivo volcaron su militancia y estructura orgánica en producir un cambio de régimen político que volviera a “constitucionalizar” el mundo del trabajo, para así producir la agitación y el cambio político.

Por otro lado, las organizaciones del campo territorial se volcaron a producir experiencias contra-culturales y experiencias de milicias poblacionales, para así construir un nuevo sujeto político, el marginal, como actor insurreccional y revolucionario.

Hoy, esta fractura recorre nuevamente la posición organizacional de la izquierda chilena, debido, principalmente, a la reconstitución de movilización social y actividad política crítica. Sin embargo, como argumentaré, tal división carece de pertinencia historia y es solo la reminiscencia de una militancia formada al calor de fuertes tradiciones identitarias más que de análisis concretos de la realidad.

Lo primero que se debe plantear es que la división conceptual y política entre organizaciones que disputan el territorio y organizaciones que pelean el carácter del régimen político es funcional a la dominación. Esta funcionalidad radica en posicionar al sujeto político de la transformación en una lucha meramente cultural, moral y tradicional como una lucha por la identidad.

Lo segundo que se debe plantear es que la producción histórica de esta división responde a una comprensión equivocada de la conformación política del sujeto social. Debido a la destrucción de las fuerzas políticas existentes en Chile, los diversos actores sociales debieron establecer, muchas veces, una lucha espontánea o instintiva contra la dictadura. De estas luchas nacen expresiones políticas “nuevas” (como el Movimiento Juvenil Lautaro), pero son el resultado de una “despolitización forzada” realizada por la dictadura. En definitiva, el movimiento social de los ochenta no respondió desde una interpelación de rechazo a los partidos políticos que los habían representado históricamente sino porque estaban obligados a actuar sin ellos.

Tercero, la equivocada comprensión llevó al movimiento social político a confundir autonomía o independencia política con paralelismo. En la tradición militar de la discusión de la izquierda es amplio el debate en torno a esto, sin embargo, es posible sostener que no es históricamente viable construir una vía paralela al régimen político y obtener la victoria. Sino más bien las victorias de la izquierda se han producido por permear las estructuras sociales imperantes y fracturarlas (incluyendo el ejército), pero no por oponer una estructura social paralela a otra estructura social imperante. De esta forma la autonomía y la independencia del movimiento popular no significan construir una “madriguera” contracultural o de resistencia armada sino, en el escenario de conflicto social, defender y promover sus intereses desde el control del capital o desde su superación.

Y cuarto, la necesidad de construir instituciones paralelas al régimen político a llevado a la izquierda ha desbarrancar permanentemente buscando una democracia más democrática que la democracia o una revolución más revolucionaria de la revolución. La ha llevado a una carrera desesperada por inventar “cosas nuevas” más que por producir bienestar social y obtener victorias sociales para las diversas franjas del pueblo.

De esta forma ha nacido históricamente en Chile, en otras partes del mundo de otras formas, una izquierda anti-moderna, localista y regresiva.

Así, la cuestión radica en sortear estas divisiones y posiciones dogmáticas, en el mal sentido, que producen un militante miope debido a la carencia de una alternativa histórica a los pueblos.

Para eso es preciso comprender que la centralidad del proceso político no es el “medio” en el que se realiza la actividad sino el “sujeto o actor” que la realiza.

De la forma anterior deviene la comprensión del territorio como un escenario que debe ser históricamente comprendido y políticamente situado por el sujeto político y no al revés. Por lo tanto, el proceso social de transformación no es una determinación territorial sino todo lo contrario. El territorio es un escenario más en que las clases sociales disputan hegemonía en diversas escalas de poder. En este sentido, dependerá del diagnóstico político el rol o no de lo territorial.

Por ejemplo, para aquellos pueblos que se encuentran amenazados o subsumidos por otros pueblos, la cuestión territorial cobra importancia central, debido a que la lucha se vuelve nacional y el territorio expresión de esa nacionalidad, esto es a grandes rasgos un proceso de identidad, que en términos políticos se ha llamado de liberación nacional.

Por otro lado, cuando la nacionalidad ya presenta un arraigo territorial y la sociedad se ha complejizado a través de la división del trabajo y las clases, el conflicto del territorio se traslada al régimen y a la administración política imperante. Esto quiere decir que un conflicto que se despliega de manera identitaria en un territorio de un Estado-nación y responde, en general, a un problema de administración de poder entre el centro y las regiones o el centro y los Estados Federados, etc. Por ende, el territorio cobra aquí un carácter de identidad en relación al régimen político y por lo tanto posible de resolver dentro del mismo régimen.

Lo anterior es central para comprender la dinámica compleja de visiones políticas aparentemente antagónicas entre problemas de identidad (territorio) y/o problemas de intereses sociales (productivo). En esta dirección, la identidad es una construcción muy relevante en la conformación de grupos humanos y por lo mismo es muy apreciada por las formas políticas, sin embargo, la tendencia de la identidad a unificar grupos humanos es al mismo tiempo inoperante al momento del cambio en la “cohesión” de ese mismo grupo humano. Es debido a esta inoperancia que la noción política del cambio por excelencia este radicada en los intereses sociales y no en las relaciones de identidad. Esto no quiere decir que la identidad y su expresión en el territorio se transformen en un problema irrelevante para la política contemporánea, sino que es una dimensión contenida en las dinámicas del régimen político y por lo tanto en el conflicto de intereses sociales en disputa.

De manera más simple, lo que esto quiere decir es que la cohesión territorial que puede producir un conflicto de independencia nacional y/o ambiental tarde o temprano presentará fracturas que la visión de identidad común no podrá resolver y ahí será necesario enfrentar el cambio político desde los intereses sociales de clase. Por lo tanto, la posición contenida de lo territorial sitúa, al mismo tiempo, el problema de los intereses de clase como una visión estratégica prioritaria a la luz de las transformaciones del mundo del trabajo y las nuevas subjetividades que esto produce. En este sentido, la “nueva política” debe estar imbuida en la alta rotación del trabajo moderno al mismo tiempo que expresa la deuda de las personas o detiene un impacto ambiental destructivo.

Esto quiere decir que las bases de la libertad popular se encuentran en disputar los medios de existencia y los medios de bienestar, como despliegue actual de lo “productivo”.

En este sentido, se debe promover y desarrollar cooperativas económicamente eficientes, cultivo de tierras comunes de subsistencia e intercambio comercial, centros de innovación tecnológica, centros de contabilidad y estadística, centros científicos, etc. Al mismo tiempo se debe buscar “constitucionalizar democráticamente” la empresa capitalista contemporánea contra la precarización. En definitiva, dotarse de medios de existencia.

Por otro lado, se debe promover e impulsar una apropiación pública de los recursos estatales con el fin de proveer una educación, salud, previsión, vivienda, desarrollo científico y ocio público. Al mismo tiempo se debe ahondar en la construcción y concreción de una administración democrática acorde al capitalismo contemporáneo. En definitiva, dotarse de medios de bienestar.

Esto es transcendental ya que se debe entender la construcción política independiente o autónoma como una permanente negociación de apropiación colectiva que busca promover las bases de la libertad popular.

En definitiva, la clave no radica en construir “identidad local a secas” sino en construir proyecto histórico, en donde se dispute todo espacio de lo social y se reunifique al mundo popular en la convivencia plural de “izquierdas”.


1 Es posible agregar que el MIR de 1973 tampoco rompió que esta tradición “productiva” de la izquierda chilena.

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