Sobre un nuevo momento para el movimiento estudiantil

Por Luis Felipe Zúñiga

Militante Contra-Corriente Santiago

Tal vez para muchos esto pueda ser un escrito que sobrevalora las actuales fuerzas del movimiento estudiantil, que está cargado de una subjetividad propia de quien participa activamente en su orgánica o incluso por adolecer de faltas conceptuales. Sin embargo, cuando se es parte de un sujeto colectivo, aportar claridades políticas sin caer en tales detalles es un imposible metodológico, por lo cual prefiero precaver al lector, antes que omitir dicha información de forma hipócrita.

El jueves 19 de abril fuimos parte de un llamado a paro nacional emanado de la CONFECH, que puso en evidencia el déficit orgánico de nuestro movimiento: miles en las calles, pero con dirigencias deslegitimadas, asambleas a medio llenar y confusión total sobre el futuro de nuestra lucha. En ese escenario, pareciera que la espontaneidad de nuestro pueblo vuelve a golpear a nuestras lecturas políticas caracterizadas por un notable pesimismo -consecuencia quizás de una nostalgia por lo que fue el 2011-, lo que nos invita a recordar que las contradicciones producidas en la fase neoliberal del capitalismo siguen presentes aún bajo el bombardeo mediático de la concertación y la ultraderecha, que se empeñan en decirnos que se avanzó en la consagración de los Derechos Sociales – hoy se limitan a señalar que debemos “defender lo conquistado”- y que, por tanto, ya no habría razones para manifestarnos.

De igual manera hay que constatar que hemos avanzado como movimiento desde el 2011. Tenemos consensuado un programa que es imposible de ser procesado por las actuales instituciones y, sin embargo, no hemos trabajado en masificar su acceso, ni tampoco discutido sobre los puntos que más roce generan. Esta radicalidad programática, que hoy se encuentra en el olvido para las nuevas generaciones, tiene un filo que al parecer ha estado oculto para la izquierda que se autodenomina rebelde: la negación de las tesis sobre incidencia – que terminaron por revelarse ciertas en sus críticas – no derivaron en una propuesta política que las masas hayan podido cursar. Las posibles razones de lo anterior son múltiples, algunos han teorizado sobre la falta de madurez del movimiento social (o su inexistencia) que hacían imposible una salida por fuera de lo “institucional” y que, por tanto, lo que se debía hacer era unir a los diversos actores sociales organizados en miras de (a)saltar a lo institucional, pues la gran tarea del periodo es derribar el neoliberalismo con un proyecto que aún está por construirse, pero que, dada la correlación de fuerzas que se evidencia al interior del Frente Amplio, no sería distinto a una socialdemocracia de nuevo cuño -aunque quizás no tan nueva-.

Por otro lado, nuestra izquierda en su infinidad de variantes, pretendía -a grosso modo- tensionar la radicalidad de la masa no desde lo programático (nunca se mostró muy interesada en esto, salvo honradas excepciones), sino desde su accionar táctico; votar que sí al paro hasta que la reacción se vuelva mayoritaria; tomarse los establecimientos educacionales con acciones de vanguardia, esperando que el resto de las y los estudiantes se unieran en la lucha por una educación gratuita de calidad y no sexista, fueron algunas de las acciones que se vieron de parte nuestro sector desde el 2012 a la fecha.

Las insuficiencias anteriores tienen a mi juicio dos elementos en común: la falta de un instrumento político que organice nuestro actuar y; de un consenso estratégico sobre el cual obrar. Hoy, es la socialdemocracia renovada quien lleva la delantera en ambas determinaciones, siendo nuestro sector el más retrasado en la construcción de una “alternativa” revolucionaria. Sin entrar en ambas discusiones, que exceden por mucho las intenciones de este breve escrito, procederé a imbuirme en las preocupaciones inmediatas que, como dije en un comienzo, tienen a más de 200 mil estudiantes con la convicción suficiente de seguir luchando, pero que carecen de un plan de lucha para organizar su acción.

Notas para elaborar un plan de lucha estudiantil.

Breve repaso por el mapa político actual

Tras la llegada del piñerismo y su comparsa a la administración del Estado, las fuerzas políticas que otrora ocupaban dicho lugar, llámese Nueva Mayoría o exconcertación, hicieron un rápido viraje en su política hacia los actores sociales movilizados que, en tiempos de Bachelet, trataban de tensionar o denunciar las incapacidades de su coalición política. Sin embargo, la desaparición de la Nueva Mayoría dividió aguas en el centro político, la Democracia Cristiana – histórica representante de este sector- inició su nueva carrera en solitario para poder recuperar su rol protagónico en el desarrollo de la historia de nuestro país, pero las amenazas que se yerguen sobre ella no son menores. Tanto el Frente Amplio, como el PC -y algunas facciones del PS-, han tratado de volver articular un proyecto político cuyo principal objetivo es tensionar a ese “centro” hoy indeterminado, bajo la promesa de una salida institucional a la fase neoliberal que hoy vivimos, lo que se traduce en una necesidad de convocar o convencer a ese “centro”, por lo que es de esperar que la DC reaccione virando más a la derecha o termine por fraccionar las dos almas que dicen habitar dicho partido.

En ese escenario, la izquierda presente en el FA tiene bastantes complejidades. La disputa por la hegemonía de su sector amenaza los intereses burocráticos de una considerable parte de las organizaciones que componen dicha plataforma política, por lo que su tarea -nada de fácil- se ha traducido en: i) crear un polo de izquierda al interior de la orgánica y ii) disputar la organización de masas más grande de la coalición (RD) con un resultado que aún está por verse.

Por otro lado, la izquierda de intención revolucionaria sumida en un desorden teórico y orgánico ha vivido traumáticos procesos de convergencias fallidas, casos de acoso sexual mal llevados e indefiniciones políticas que la han deteriorado hasta quedar en las postrimeras del debate político. De las pocas definiciones que se han podido esbozar, nuestro mantra más sagrado ha sido que, la principal tarea para este periodo es la construcción de tejido social en los espacios naturales del pueblo, es decir – y para usar la metáfora preferida-, construir los pies de la organización social que servirá de base para un poder autónomo y con consciencia de clase, es decir, un poder popular que hará posible el desarrollo de una estrategia socialista para nuestro continente.

Dado el desorden de las izquierdas, y el mapa de proyectos políticos embrionarios que hay, la derecha política se siente más cómoda que nunca. Sus divisiones rara vez son tensionadas y su único flanco conocido ha sido la llamada “agenda valórica” pero, dado el uso constante del mismo, las divisiones no pasan de tensionamientos mediáticos que ya están controlados a las 24hrs de cualquier cuña. Saben muy bien que el consenso del poder vale más que cualquier división de esas características. Sin perjuicio de lo anterior, es posible señalar que su excesiva capacidad mediática es también un arma de doble filo de la cual adolecen, pues sus dirigentes políticos siempre procuran abrir flancos de críticas con declaraciones desafortunadas o con acciones poco éticas que siempre han caracterizado a dicho sector político.

El movimiento estudiantil: una fuerza sin claridad

Todo ese escenario de incertidumbre antes caracterizado tiene que ser comprendido no como un obstáculo que sortear, sino como una potencia que utilizar. La orgánica tambaleante del movimiento estudiantil, tiene a nuestro juicio una causa que a estas alturas es un poco obvia para cualquier persona que participe de ella, su articulación piramidal hace que toda síntesis emanada de la base social se vea irreconocible en las posturas políticas que llevan a cabo nuestras dirigencias. La CONFECH sigue agrupando universidades sin reflejar la realidad de las mismas, por lo que nuestras asambleas pierden relevancia en la determinación de la coyuntura. Prueba de lo anterior, es que las últimas movilizaciones exitosas o masivas han sido procesos locales en universidades movilizadas, tales como: Facultades de Derecho y Filosofía en la Universidad de Chile o procesos en las universidades privadas como la Andrés Bello. En todas ellas, el factor común es que la asamblea y el poder local tenían la relevancia absoluta en la determinación de la coyuntura.

El problema se traduce entonces, en que hoy tenemos un número no menor de estudiantes dispuestos a movilizarse, pero que carecen de toda posibilidad de articulación política, lo que termina separando cada vez más a nuestros dirigentes de las bases sociales. A tal punto ha llegado esa descomposición, que hay muchas universidades sin centro de estudiantes, y federaciones que a duras penas logran alcanzar el quórum de sus elecciones. Esto se produce a nuestro juicio, porque todos los espacios organizativos han perdido la capacidad política de transformar su realidad, cuestión que a escala macro se evidencia en que el propio movimiento estudiantil ha perdido la misma cualidad que lo tuvo marcando la agenda política durante gran parte del 2011 e incluso los años posteriores.

Existe una primera tarea entonces, la cual se traduce en reincorporar en la deliberación política, que es transformadora por antonomasia, a las y los compañeros que hoy se quieren movilizar y que se concretiza en cómo devolverle a la asamblea su necesidad o poder.

A nuestros ojos, la posibilidad de volver a pensar un movimiento estudiantil que dinamice el orden social pasa por transformar su actual geografía, es decir, por rehacer los lugares donde se sintetiza la política. Piénsese por ejemplo en el barrio bellavista o República en Santiago, lugar en el que residen al menos 6 universidades pertenecientes al CONFECH. Así, la riqueza de realidades que ahí habitan -a tan solo unos pasos de distancia- carecen de toda comunicación hasta que sus dirigentes llevan sus síntesis procesadas federativamente al plenario CONFECH. Que no se nos mal interprete: no estamos proponiendo la creación de asambleas paralelas al estilo del que hemos visto durante años por parte de algunas organizaciones políticas y que tienen como finalidad disputar la conducción de nuestras mismas federaciones, dividiendo fuerza y radicalizando sin ser eficaces. Lo que proponemos es una “territorialización” orgánica que opere en momentos de algidez, que transforme a las universidades, liceos y hasta consultorios en espacios permeables a la realidad variopinta del territorio circundante, donde se pueda acumular fuerza social y, por supuesto, tejido social nuevo y fogueado en movilización.

Lo importante de estos espacios, es que tengan la libertad de zanjar y aplicar una táctica adecuada a su realidad concreta, pero que sirvan al mismo tiempo de plataforma deliberativa para enfrentar el plano nacional que hoy se articula, lo que, sumado a su permeabilidad, nos permitiría sostener una movilización multisectorial si así lo estiman necesario nuestras bases. Sin embargo, existe un riesgo evidente al “comunalizar” la política, el cual se traduce en localismos exacerbados que sobreestiman los problemas internos que afectan a dichas comunidades. De ahí en más que sea absolutamente necesario volver a discutir y masificar nuestro programa estudiantil, para que ningún proceso local pierda de vista los pilares sobre los cuales hemos establecido la transformación de la educación en Chile y, con ello, la sociedad en general, pues, tal y como aprendimos el 2011, no hay otra alternativa posible.

Desde una nueva geografía, preparar la articulación del nuevo movimiento popular.

Hemos escuchado desde el PC hasta la izquierda rebelde, sobre la necesidad de comenzar una articulación de los actores sociales organizados que permita tensionar el escenario político desde un programa mínimo. Sin embargo, la forma en que ha operado esa articulación se ha remitido a la coordinación de dirigentes o a procesos congresales incapaces de formar la estructura de un movimiento que sintetice la realidad compleja que vive nuestro pueblo. Lo cierto es que cada actor social organizado y dividido en “sectores”, ha elaborado a lo largo de estos años su propio programa político, con algunos vasos comunicantes entre sí. Ejemplo clásico es la coordinadora No+AFP que, tras el resurgimiento del movimiento feminista en nuestro país, ha respondido visibilizando la particular situación de precariedad que tienen las mujeres en lo que pensiones se refiere, cuestión que involucra una crítica al mundo del trabajo en general.

Lo que planteamos es que nuestras dirigencias sectoriales tienen la potencialidad de establecer el marco en el cual empecemos a trabajar en la concreción de un programa mínimo, pero que requiere de una infraestructura distinta si se quiere poner en movimiento la articulación completa y sincronizada de dichos actores. Somos conscientes de que dicha articulación corre el mismo riesgo que el movimiento estudiantil del 2011, es decir, el de ser coaptado por una expresión política que nuevamente redirija los esfuerzos por constituir un movimiento social hacia lo institucional, delegando su política, vaciando sus asambleas y constituyendo una representación que frena su avance antes de favorecerlo. Pero la política se trata de apuestas y sobre todo mucha audacia para pensar el presente y hacer el futuro.

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